No es lo mismo invocar al diablo que verlo venir

Creo ciegamente en Bukowski cuando asegura que “el infierno es una puerta cerrada…/ Pero algunas veces sientes al menos/que echas una mirada a través del ojo de la cerradura”
Roberto G. Castañeda
03/09/2015 - 16:00

 

Así más o menos me sentía aquella tarde mientras observaba desde la distancia la cúpula del Palacio de Bellas Artes. Elizabeth estaba sentada frente a mí, con una taza de café. Yo intentaba no bostezar. Los silencios eran tan incómodos que estuve tentado a checar mi Facebook en el celular. “Estoy embarazada”, fue lo primero que me dijo Elizabeth.  Y yo que no llevé serpentinas para festejarlo. “Hola. Bienvenida al mundo real”, intenté ser sarcástico pero ella no estaba para sutilezas. Ella y yo habíamos terminado un par de meses antes, pero insistió en que nos viéramos. “¿Qué vamos a hacer?”, respondió con frialdad. “Mira, yo sé que es algo que no estaba en tus planes”, manifesté, “pero al menos podrías ser un poco más cálida que mi refrigerador”. Me miró con odio. “¿Siempre tienes que ser tan irónico?”, reclamó.

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Meses atrás Elizabeth pidió tiempo “para replantear la relación”, aunque yo sabía por una amiga en común que ella estaba entusiasmada con un chico que la cortejaba. Es lo malo de no ser un cursi:  faltan  tarjetas de aniversario y siempre sobra un tipo que es más atento que tú, alguien que “enamora” para lograr lo que todos buscan. Ya lo dice una canción: “Era sólo sexo. ¿Mas que es el sexo? Una actitud, como el arte en general”. Así es. Y también una finalidad. Todos suelen confundir el deseo con el amor. Tú no quieres amor: tú deseas algo, alguien. “Las mujeres necesitamos sentirnos halagadas, siempre”, me dijo alguna vez una amiga. Y yo nunca he sido un romántico, lo siento. Nada de tarjetitas cursis u osos de peluche envueltos en celofán.  Hay maneras más elegantes de seducir. Pero estaba en que Elizabeth buscó un pretexto en forma de tregua: “Es mejor que nos alejemos un tiempo, para pensar si vale la pena seguir”. No había por qué pedir explicaciones. Mucho antes, ella había dejado a su novio para andar conmigo. Así que me pareció justo que me hiciera a un lado y se refugiara en otros brazos. Pensé que me había olvidado, hasta que me citó en este lugar. Si me hubiera citado en la puerta del infierno al menos habría un cartel de bienvenida. 

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Allí estábamos, separados por los silencios. Pedí un café. “¿Cómo ves?”, preguntó Eli. La mesera me trajo el capuchino y me sonrió con amabilidad. Le respondí con un guiño en la mirada. “Carajo, ¿tienes que coquetear con esa zorra?”, reclamó Elizabeth, como si yo fuera de su propiedad. “Sólo estoy siendo amable”, aclaré para evitar una escenita. “¿Podrías ser amable conmigo y decirme qué chingados vamos a hacer?”, se manifestó harta. Entonces, le recordé una de mis frases favoritas: “No es lo mismo invocar al diablo que verlo venir”, la miré con firmeza, “¿verdad?”. Hizo un gesto de sorpresa. “A mí háblame en español, deja tus tonterías para otras estúpidas”, ni cuenta se dio que ella misma se flageló.

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“Querida, lamento informarte que se me acabaron las solicitudes para procrear hijos”, señalé con toda calma. Ella hizo una mueca horrible. “¿Qué, eso qué?”, lucía contrariada. “Si estás embarazada no soy yo a quien deberías convocar a una reunión urgente”, traté de ser claro, “porque hace rato me hice la vasectomía”. Elizabeth no lo podía creer. “Pero tienes dos hijos…”, intentó convencerse a sí misma. “Por eso mismo me operé, porque con dos era suficiente”, detallé. Maldito, era lo que dictaba su mirada. “¿Entonces por qué siempre usabas condón?”, aún no estaba convencida. “Porque cuando tú y yo empezamos a andar aún te acostabas con tu ex. Y yo sé con quién me voy a la cama, pero no sé con cuántas viejas se revolcaba él”. Su mirada fue fulminante. “Tú no eres humano”, soltó hecha una furia. “De hecho, estoy esperando a que venga la nave nodriza por mí”, se me escapó la ironía. “¿Por qué eres así, por qué?”, el coraje apenas la dejaba hablar. “Eso no importa, es secundario”, traté de sonar pausado, “lo relevante ahora es que encuentres al padre de tu hijo”. Sus ojos lanzaban fuego. “¡Estúpido!”, estoy seguro de que se contuvo para no darme una cachetada. Se marchó como una diva en una pésima película. “Uuuy, tu chica se fue molestísima”, me comentó la meserita guapa. Sólo levanté los hombros. “¿Se te ofrece algo más?”, su tono era más que amable. “Claro, ¿podrías darme tu número de teléfono?”. Tocó mi hombro y soltó un “¡eres tonto!” de lo más prometedor. Miré una escultura de mármol sobre el techo de Bellas Artes y recordé aquella frase mágica: “No es lo mismo invocar al diablo que verlo venir”. No, en definitiva no lo es. Díganmelo a mí. Y abrí mi libro de cabecera para retomar la sabiduría bukowskiana: “Alguna gente es joven y nada más,/ alguna gente es vieja y nada más./ Y alguna gente está en medio, sólo en medio…/ Los pocos diferentes son eliminados bastante rápido/ por la policía, por sus madres,  por sus hermanos,/ y otros por sí mismos./ Lo que queda es lo que ves. Y es terrible”.

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