El amor genera intereses y recargos

Mientras los hombres vemos el futbol o bebemos cerveza, las mujeres están decidiendo si aceptarnos, descartarnos, cambiarnos, matarnos o simplemente abandonarnos.
Roberto G. Castañeda
03/03/2016 - 00:05

Sí, Bukowski tiene razón. “Al final no importa, hagan lo que hagan ellas, acabaremos locos y solos”. Siempre sucede, empiece como empiece la historia. Lo tengo claro. Como en la escena de una mala película, todo inicia con una mujer hermosa y un hombre solitario. Llamé al mesero y le dije que llevara a aquellas dos chicas “lo que estén bebiendo”. El tipo fue a la barra para pedir las bebidas y luego lo vi encaminarse a la mesa de las guapas con dos martinis. Ellas aceptaron y miraron hacia mi mesa cuando él sujeto les comentó, seguramente, “se las manda aquel caballero”. A la distancia yo podía parecer un caballero, desde luego, así que ellas hicieron una señal de aprobación y entonces levanté mi vaso para decirles “salud” con un ademán. Media hora más tarde ya estaba yo sentado con ellas, explicándoles que al parecer un amigo mío me había dejado plantado. La chava guapa comentó algo como “ay, estamos igual, porque mi novio me acaba de avisar que no vendrá, que tiene mucho trabajo”. Lamenté que tuviera novio y por unos instantes traté de ajustar la estrategia para caerle mejor a su amiga, que tampoco era fea. Pero yo siempre me empeño en mis terquedades. Durante un buen rato reímos mucho y platicamos de trivialidades. Cuando Karen se disculpó para ir al baño, su amiga Luzma me preguntó sin rodeos: “¿Te gusta mi amiga, verdad?”. Uhhh, pude mentir y guardar ambas cartas, pero no lo pude resistir: “¿A poco soy tan obvio?”. Luz María se rió y luego comentó que “se te nota a leguas. Pero no te preocupes, a ella le pareces atractivo”. Vaya, respiré aliviado. Me aconsejó que no me detuviera “además su novio es un patán y siempre la deja plantada”. Luego me tuve que chutar los clásicos consejos: “pero por favor, sé lindo con ella, lo que menos necesita en su vida es otro idiota”. Uuuuy, la típica amiga protectora. “Sólo tengo la cara de cínico, porque en realidad soy buena persona”, solté la broma y a ella le hizo un poco de gracia. “No, en serio”, hizo una pausa para voltear al baño, “mi amiga se merece a alguien que la trate bonito”. Justo iba a aclararle que puedo ser un caballero pese a mis defectos, pero entonces regresó Karen con esa sonrisa como faro en la neblina. “¿Todo bien?”, cuestionó al tiempo que yo notaba que se había retocado los labios. Nos emborrachamos un poco, les sugerí que fuéramos a otro lado. Luzma puso de pretexto que tenía que levantarse temprano, así que pedimos la cuenta y salimos. Pregunté a Karen que si quería tomar otra copa. Ella aún traía pila, “pero ¿a dónde vamos?”. Sugerí un barecito en el Centro Histórico “o si lo prefieres vamos a mi casa”. Optó por lo segundo y yo supe que aquella noche el diablo sería el barman en aquella fiesta particular. Y el brillo del deseo se instaló en mis ojos, mientras yo recordaba una canción que contaba que: “tus caderas serán mi naufragio,/ tus besos mi balsa de madera y/ alcanzaremos la frontera/ de un océano de sol”. De camino a mi casa, ella no escapó a los tópicos: “¿Oye, pero qué vas a pensar de mí” o eso de “no acostumbro hacer esto con desconocidos”. Reí para mis adentros.

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“Océano de sol, por ti alcé la voz./ Sin ‘dónde’ ni con ‘quién’, sin ‘luego’ ni ‘también’./ Buceo en la razón,/ estrella de carbón./ Dejé en la orilla un hola y un adiós”, sonaba Antonio Vega en el altavoz mientras yo le servía un whisky en las rocas a Karen. Me preparé un ron con coca. “Me gusta ese poster, ¿es Bruno Mars?”, preguntó. Ajá. No quise hacerla sentir incómoda. Aunque en realidad era Andrés Calamaro con sombrero. Un par de tragos después nos besamos. Ella se abrazó a mí como si escasearan los afectos. Acaricié su cabello, descubrí con los dedos su oído, mi lengua encendió el fuego. Mordisqueé suavemente su cuello y ella se cimbró. Mi mejor consejero, que es el deseo, me hizo conducirla a la puerta de la recámara. Karen iba a girar la perilla, pero la detuve con delicadeza. Coloqué sus manos contra la puerta y mis labios recorrieron su nuca. Ella se dejó llevar. Acaricié sus senos y luego mi mano derecha bajó hasta su cintura para desabrochar el pantalón. Hurgué con suavidad en su sexo y la humedad de un trópico infernal nos recorrió de pies a cabeza. Ella no pudo más, giró sobre su eje y su boca buscó la mía. Entonces musitó “quiero que me hagas el amor” y su voz era entrecortada. “Karen, eso es precisamente lo que estoy haciendo”, la miré a los ojos. “Sí, sí, pero quiero que estés dentro de mí”. La conduje al interior de la recámara. La desnudé por completo, ella me desnudó a mí. Con suave firmeza la hice girar bocabajo y mi lengua recorrió su cuello, su espalda, su trasero, hasta que no pudo más. “Hazme tuya, por favor”, suplicó. Ya no argumenté nada, sólo encaminé mis dedos largos a lo más profundo de sus deseos. Luego la penetré de una forma pausada. Sus gritos fueron subiendo de tono mientras el vaivén se volvía más frenético. Yo sabía que no era el hombre de su vida, pero difícilmente me olvidaría.

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Karen estaba exhausta, aunque no tanto como yo. El sudor aún poblaba mi frente y ella se acurrucó en mi pecho. Su pierna sobre las mías, mis latidos resonaban en su oído. “Me encantó, tú me encantas”, musitó. La cobijé entre mis brazos y le dije muy quedito, al oído, “hay tres maneras de hacer las cosas: mal, bien y como yo las hago”. Obvio, ella no sabía que estaba citando a Robert De Niro en la película Casino. “Eres muy lindo”, me halagó entre suspiros. “¿Crees que llegarías a amarme?”, preguntó como si estuviera husmeando en su futuro. “Cualquier hombre se enamoraría de ti”, no quise mentirle aunque yo fuera partidario de los mandamientos de Bukowksi: “¿Amor? La gente no quiere amor. Lo que la gente quiere es triunfar. Y una de las cosas en las que puede hacerlo es en el amor”. Así que no comulgo con esa zona de guerra, la lucha de poderes, esa jaula imperfecta que es el amor. Y en efecto, no me enamoré de ella ni de sus caprichos o sus senos perfectos. Pero Karen era un torbellino de deseos. Y tuvimos momentos magníficos y demasiados desacuerdos, hasta que aquello se acabó de la manera en que suelen terminar las cosas buenas: con dudas y reclamos. Así es la pasión, cuando se empieza a confundir con amor: genera intereses y recargos. Será por eso que “prefiero la angustia, a una vida en paz que me pudra”, como escribió alguna vez Antonio Tabucchi. Sí, soy un necio y un idiota, lo sé y no dejo de repetírmelo.

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