Que tus defectos se vuelvan en contra

La mirada de mi padre es la misma que hay en los hombres que no han sabido ser buenos. La sonrisa de mi padre es un monumento al cinismo.
Roberto G. Castañeda
02/06/2016 - 05:00

La mujer  de mi padre es un poco extraña. Bueno, en realidad es muy extraña. Casi no habla, sólo me mira con el rabillo del ojo. Y me ofrece una cerveza a las diez de la mañana. Supongo que es mera cortesía, porque una chela es justo lo que le sirve a mi jefe. Y José Antonio toma la bebida con una naturalidad estúpida. “Salud”, me dice. Yo sólo miro mi vaso con agua. “Mire hijo”, mi padre siempre me habló así, de “usted”. Prosigue: “lo mandé llamar porque necesito hablar con usted”. Eso ya lo sabía, pero él es un tipo muy básico y ordinario. “Ya estoy viejo y no creo aguantar mucho”, siguió con los lugares comunes, “así que antes de irme tengo que resolver mis asuntos”. No mames. Como si fuera una película del tipo Asuntos pendientes antes de morir. José Antonio ni siquiera me mira a los ojos. No sé qué chingados le atormenta o si algún cura le sugirió que buscará el perdón, pero a mí sus palabras me parecen huecas. “Yo ya estoy muy mal y solamente quiero irme en paz”, añade. Entonces él da otro sorbo a su cerveza, reclinado en ese sillón con manchas de borracheras pasadas. Yo estoy frente a él, tentado a sacar un cigarrillo y con ganas de estar en otro lado. Pero él siempre ha sido manipulador, así que no me extraña que tome una actitud dramática. Aunque la cerveza en la mano delata su cinismo. “Yo sé que no he sido un buen hombre”, añade con su voz rasposa por el alcoholismo, “pero usted no sabe por lo que he pasado”. Sí, cabrón, supongo que has sufrido mucho, asiento mientras recuerdo que han transcurrido décadas desde que nos abandonó para irse con su amante. “Mi vida no ha sido fácil”, agrega como si eso lo eximiera, “los remordimientos me han perseguido”. No resisto más y enciendo un cigarrillo. No estoy cómodo allí. Su mujer se apresura a traerme un cenicero. “Pero estoy tranquilo porque usted y sus hermanos han sabido salir adelante”, ese tipo extraño no deja de hablar. Yo lo interrumpo para aclararle que “somos el legado y el reflejo de mi madre”. Ni siquiera debo remarcarle qué clase de mujer ha sido Alicia. “Claro, lo sé. Su madre siempre fue una gran mujer”. Cuando intento dejar las cenizas alcanzo a leer la leyenda “Cantina La Victoria” en el cenicero. Que cagado, no puedo evitar una sonrisa, “La Victoria”, una cantina para los derrotados de antemano.

***
 
Cuando reacciono, José Antonio sigue hablando de “esos años en que tanto los extrañé, pero ya era tarde para buscarlos”. Vaya, qué se puede esperar de un culero que se roba los ceniceros de las cantinas. Qué se puede esperar de un tipo que se larga con el segundo frente y deja de pasarnos pensión durante años. Qué se puede esperar de un imbécil que nunca llamó para preguntar cómo estábamos. Qué se puede esperar de un extraño que ni siquiera en Navidades brindó por nuestra ausencia. Pero él insiste en que “ha sido muy duro para mí vivir con esto”. Yo lo quiero es largarme de allí. Mi padre tiene una barba áspera de tres días y usa esa camisa exageradamente arrugada. Además, su mirada es la de los hombres que no han sabido ser buenos y su sonrisa es un monumento al cinismo. Lo que más me perturba es que tiene demasiados rasgos semejantes a los míos. “...yo no espero que me entiendan, porque a veces ni yo mismo me entiendo”, José Antonio se acerca más a esa parte culminante en que dirá “tampoco pretendo que me perdonen”. Pero en lugar de eso suelta: “Le mandé llamar porque quiero pedirle un favor”. Vale madres. Seguro me va a pedir dinero o algo a cambio de su “sincero arrepentimiento”. Enciendo otro cigarrillo, aspiro, exhalo. “¿De qué se trata?”, cuestiono. “Bueno, si se puede. No quiero que se sienta comprometido”, el cretino todavía se atreve a poner a prueba mi paciencia. “Por cierto, usted se ve muy bien, se nota que la vida lo ha tratado a todo dar”. Pendejo, como si crecer sin un padre fuera un campamento de verano. Al grano. Como no encuentra respuesta a sus comentarios fuera de lugar, me pide el favor por el que me mandó a llamar: “Necesito que se haga cargo de su medio hermano”. ¡¡¡Queeé!!! Este wey está bien pendejo. Justo en ese momento giro la cabeza un poco y la mujer de mi padre sale de la recámara con alguien tomado de su mano diestra: es un enanito, vestido con un smoking demasiado raído, de presentador de circo, y una mueca pintada con exageración. Lo alarmante es que su cabeza es idéntica a la de mi padre, con la barba resacosa, la sonrisa cínica. Y encima de todo me extiende una figurita absurda hecha con globos de colores.

***

Y es entonces que despierto agitado, con sobresalto. Pinches sueños absurdos, pesadillas estúpidas. Mi padre ya ha sido un fantasma recurrente en mi vida como para que todavía tenga que poblar mis sueños. Será que José Antonio no tarda en morir y me avisarán que será velado en una funeraria a la que no pienso asistir. Será que los dioses más bipolares me están asesorando. Será que soy el reflejo de mi padre y me niego a aceptarlo. Será que tal vez, sólo tal vez, mi padre alguna vez soltó una lágrima pensándome. Será que a lo mejor yo acabaré un día como él, con más deudas que herencia, sepultado en el rencor de los que no he sabido querer. Será que quizá ya sea hora de perdonarle. No lo tengo claro. Lo único cierto es que una parte de mí está construida con rencores. Y por eso le dedico estás líneas de Dante Guerra: “Que te devoren las dudas,/ que te carcoma la vergüenza;/ merecido lo tienes,/ te lo has ganado a pulso,/ con el sudor de tu frente./ Que te corroan las culpas,/ que te gane el remordimiento,/ que te flagelen los miedos,/ que nunca te perdonen los dioses,/ porque no has sabido/ hacer las paces a tiempo”. Sí, una tremenda penitencia para todos los Antonios que nos han relegado, a ti, a mí y a tantos niños huérfanos de abrazos. Que esos  Antonios no encuentren la paz, en ningún lado: “Que todos tus defectos/ se te vuelvan en contra/ porque nos has logrado/ reconciliar tu pasado/ con tu maldito presente./ Que todos tus pecados/ se pongan en huelga,/ que agiten las banderas,/ que te pasen la factura,/ mientras intentas negociar/ algún castigo llevadero/ en cualquiera de los infiernos/ que te hayan sido reservados”.

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