Hay que ser un tonto para recordar

Cuando has sido educado por los folletines de "Lágrimas y risas" las cosas nunca cambian: el drama siempre es el mismo. El amor es como una pésima telenovela
Roberto G. Castañeda
01/05/2014 - 05:00

“Hay que ver que pronto se puede olvidar,/ hay que ser un tonto para recordar,/ pero yo, yo no puedo evitar pensar en ti”. Duncan Dhu acompaña los silencios de una mujer que fuma ansiosa. 

Aquella mujer se siente incómoda. Su marido está tirado en la cama. Ella está de espaldas. Malditos sean los silencios. Afuera es de madrugada. Adentro no hace tanto frío. Y sin embargo, sabes, ella siente un escalofrío. Desnuda, se viste de humo. El color negro no le sienta, reflexiona. El rojo tampoco le atrae. Piensa eso mientras observa las sábanas teñidas del color de la desgracia. Alguna vez amó a ese tipo que se desangra de manera escandalosa. Tendré que comprar otro colchón y tirar las sábanas, piensa ella. “En algún lugar de un gran país/ olvidaron construir/ un hogar donde no queme el sol/ y al nacer no haya que morir”,  dicta otra canción. Patricia está en shock, parece no entender lo que acaba de hacer. Ella sólo piensa que esa mancha oscura, dramática, no será tan fácil de lavar. El tipo sobre la cama suelta un último estertor, como un eructo pero más feo. Y un último borbotón de sangre escupió esa boca grosera, esa boca que siempre ha roncado de fea manera. 

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“Creo que Jorge me engaña”, soltó Patricia como quien pide unos molletes con doble queso. Su amiga se sorprendió. “Paty, ¿estás segura de lo que estás diciendo?”, preguntó su amiga Wendy. Y Patricia tomó un pedazo de pan, le untó mantequilla. “Ayer recibí una llamada, era una mujer que me dijo que no me hiciera pendeja y que le diera el divorcio a Jorge, porque él ya no me quería”, soltó con tono de mujer ofendida. “¿Qué quieres que piense, Wendy, dime, qué quieres que piense?”, se quejó. Ay wey, su amiga sólo abrió los ojos. Intentó decir algo, pero Paty siguió su monólogo. “Ya sospechaba algo, pero me dije ‘Paty, tú estás loca, cálmate’, no lo quería creer. Más bien me negaba a aceptarlo, pero ya había visto cosas…”, hizo una pausa. “¿Qué cosas?”, Wendoline hizo un gesto de interrogante mientras sorbía un trago de café. “Ay, es horrible que no te dejen fumar aquí, me urge un pinche cigarro”, se quejó Patricia. “Cuéntame”, Wendy estaba intrigada. A grandes rasgos, Paty le contó de los mensajes en el celular, de las cuentas de bares “a los que nunca me lleva”, de las manchas de maquillaje en la camisa, de las servilletas con rastros de carmín, de las llamadas a las dos de la madrugada que ella contestaba y en las que nadie hablaba. “Pero la idiota de Paty creyendo que sólo eran tonterías, que él era diferente, que nunca me engañaría”, Patricia le quitó el jitomate al sandwich. Debí pedir unos huevos revueltos, reflexionó. El amor apendeja. “Yo no lo quería creer, pero cuando le reclamé a Jorge sólo agachó la cabeza, me pidió perdón y me dijo que se había equivocado”, casi sollozó Patricia. “¿Y sabes qué hizo?”, se recompuso, “me dijo que se iba a casa de su hermano”, Paty soltó una lágrima. “Ni siquiera tuvo el valor de enfrentar las cosas, salió huyendo”, agregó al borde de la histeria. Wendy quiso pararse y abrazarla, pero su amiga se disculpó, fue al baño. El espejo le devolvió una imagen que detestó: maltrecha, vulnerable, enferma de dolor y celos. 

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Patricia y Yorch (como le dicen sus cuates) se reconciliaron igual que sucede en estos casos: él, con demasiadas dudas, le pidió otra oportunidad. Ella, con mayores dudas, aceptó con la condición de que todo iba a cambiar. Pero cuando has sido educado por los folletines de “Lágrimas y risas” o “El libro semanal” esas cosas nunca cambian: él no se esforzó demasiado por reconquistar a su esposa y además ya le interesaba otra mujer. Y ella le recriminaba a la menor provocación cosas como “seguro que se atravesó alguna puta y por eso llegas tan tarde”. Y así se fueron demoliendo la paciencia, como hábiles destructores de lo cotidiano. Hasta que llegó lo inevitable. “Quiero el divorcio”, soltó Jorge con ansiedad. Patricia volteó a mirarlo sin creerlo. “Tengo que lavar los trastes”, acababan de cenar y ella fingió no escucharlo, así que se paró y fue hacia la cocina. “Quiero que hablemos”, insistió él. Ella no hizo caso. Tengo que lavar los trastes, tengo que lavar los trastes, parecía un mantra. Lo que ella ignoraba o no quería saber es que Jorge se había enculado con su nueva secretaria: 23 años, buena figura, bonita a más no poder, y fácil de llevar a la cama. “Paty, tenemos que hablar”, repitió Jorge. “No tengo nada de qué hablar, tuve un día difícil”, pretextó ella. Jorge no insistió, se fue al baño y se lavó la boca, se puso la pijama, encendió la tele en la recámara y se quedó dormido a la media hora. Paty fue al armario, sacó la pistola que Jorge había comprado “por si se ofrece, por si alguien te quiere hacer daño”, había argumentado. Paty sintió el peso del arma y le pareció tan ligero. Lo miró acostado, tan tranquilo, tan cínico, tan comodito. No era ella, fue algo tan inesperado. Sintió odio, sintió nervios, pero apretó el gatillo, una, dos veces, en el estómago y en el pecho. Jorge sólo brincó y abrió los ojos, sorprendido. Soltó un ligero quejido. Ella se sobresaltó, pero no soltó el arma. Se desvistió. Quedó desnuda, a merced de sus nervios. Prometiste que nunca me dejarías, recitó, prometiste que nunca me dejarías, prometiste que nunca me dejarías. Buscó un cigarro. Lo encendió. Pensó en las sábanas manchadas de rojo. Tendré que lavarlas con cloro, se dijo mentalmente. Y quién sabe si queden limpias. Luego se desmayó. Despertó queriendo que todo fuera un mal sueño. Vio el cuerpo de Jorge y supo que él había llegado antes a un lugar donde ella no imaginaba que llegaría. El amor a veces es una mala telenovela. Y escasean las heroínas, las Cenicientas modernas. Lo que sobran son los malditos-hombres-todos-iguales. Y en el estéreo un tal Mikel Erentxun no deja de cantar:  “Hay, hay que ver que pronto se puede olvidar,/ hay que ser un tonto para recordar”.

 

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