Viejo, pero sabroso

"Empapadita ahí abajo, no hice más que disfrutar. Gemí y balbuceé con los ojos cerrados, el placer que su miembro me producía”
Lulú Petite
14/06/2018 - 05:18

Querido diario: Francisco es médico y estuvo dos veces casado. Reincidente, dice él. Es alto y muy velludo, con un mentón pronunciado y una nariz imponente. Tiene una mirada de una masculinidad tremenda, como de fuego. Me habló el lunes al caer la tarde.

—Estoy libre y quiero verte —dijo, con voz profunda.

Quedamos de vernos en el motel de siempre. Francisco tiene el hábito de llamarme siempre en 

lunes. Me avisa con tiempo, llega temprano, se da un baño, toma una siesta y para cuando llamo a su puerta, él ya está muy relajado y listo para el amor. Me recibe en su habitación con una sonrisa y, sin decirnos más palabras, entramos y él cierra la puerta detrás de mí.

Francisco es muy caballeroso, siempre me dice algún piropo elegante antes de servirse. Tiene entre 50 y 60 años y, aunque sigue siendo un hombre atractivo, se ve que más joven fue un galanazo.

Me contó que está pensando en jubilarse y quedarse sólo con la práctica privada. Después de una vida de trabajo institucional, quiere disfrutar la paz del retiro, cuando todavía tiene energía para gozarla.

—¿Me veo viejo? —preguntó mirándose al espejo.

—Te ves precioso, viejos los cerros, y reverdecen —le dije abrazándolo por la espalda. Cuando lo hago, me siento como en presencia de un árbol que da energía.

Su respiración se hizo más amplia, como un suspiro, y él dejó caer su cabeza para apoyarla sobre la mía. Estiró sus brazos y me rodeó por la espalda, rozando con sus dedos la curvatura de mis nalgas.

—Lo importante es cómo te sientes. Y yo te siento divino —agregué tocando su bulto, que creció de inmediato.

Entonces se dio media vuelta y me clavó esa mirada lujuriosa que pone cuando ya las ganas lo rebasan. Alcé la vista embobada, como adivinando sus pensamientos y él los míos. Nos besamos apasionadamente y desde ahí todo se encauzó hacia lo que deseaban nuestros cuerpos. 

—Hazlo —susurré entonces.

Francisco me despojó de la falda mientras yo me quitaba la blusa.

—Déjate los tacones puestos —murmuró a mi oído.

La piel se me puso chinita. Estaba a punto de responder cuando sentí sus labios sellar los míos con un beso. Algo hizo clic en nosotros.

Su torso desnudo se posó sobre mi pecho y todo él invadió mis sentidos con su virilidad. Sentí el punzón ardiente de su miembro erecto, palpando con su corona prensada el umbral húmedo entre mis piernas. Su respiración en mi cuello, sus dedos en mis pezones, sus labios ardientes en mi pecho.

—Dámelo —gemí.

A veces olvido que soy yo quien cumple las fantasías. Le puse el condón a prisa y su miembro tieso entró en mí con astucia.

Comenzó a menearse, clavándome y desclavándome su pieza. 

—No pares —gemí.

Y Francisco no paró hasta que se descorchó. Tal vez así es esa juventud que no se mide en años, sino en ganas, en potencia.

Hasta el martes, Lulú Petite

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