Con todo y tacones

"Me lamió el cuello y luego me susurró al oído, haciéndome desearlo aún más”
Lulú Petite
04/09/2018 - 05:18

Querido diario:  Me gusta que me llame Ricardo. Me gustan sus labios apetitosos, sus cejas pobladas, su estilo varonil. Hacía  cuatro meses que no lo veía y me emocionaba el reencuentro.

En la habitación,  platicábamos cuando me dijo que viendo un video  en mi cuenta de Twitter, le entraron ganas de jalársela.

—¿Y lo hiciste?

—¿Tú qué crees? — respondió risueño, como si ese hubiera sido el santo y seña que activara sus manos y labios para comenzar con lo que nos había llevado a un motel en una tarde tormentosa.

Nos desnudamos mutuamente. Cuando me iba a quitar los tacones, me detuvo.

—No, no, no —dijo de pronto Ricardo—. Esos déjatelos.

—¿Las zapatillas?

—Sí, me prende vértelas.

Me gusta ese hombre: guapo y tosco, que sabe lo que quiere. 

Se me acercó bien quedito, con las venas de su cuerpo terso y desnudo, tan calientes como su pecho palpitante. De pronto, sentí el corrientazo tibio de su saliva, su lengua húmeda seduciendo a la mía. Nuestros labios danzaban en un torbellino de pasión creciente.

Sus manos encontraron el camino, con agilidad descubrió mis senos. Los tomó con suavidad, sosteniéndolos como burbujas. Se inclinó y hundió su rostro en ellos, aspirando el aroma de mi piel chinita. Estrujé su cabello con mis uñas, empezando a sentir el impulso animal que nos convocaba.

Me tomó por la cadera y me reubicó en la cama. Me lamió el cuello y luego me susurró al oído, haciéndome desearlo aún más. Con el deseo enardeciéndole las pupilas, me miró fijamente, apuntó su miembro, tremendo, enorme, bien erecto y ya enfundado hacia mí y me lo incrustó como en cámara lenta. El tiempo se detuvo cuando metió hasta el último tramo de palo tieso y palpitante en mí, empujándolo primero despacito y luego más al fondo.

Entrelazamos los dedos y nos apretamos, batiéndonos en un duelo riquísimo. Sentía la textura de su miembro tieso dentro de mí, haciéndose más grande, más grueso, más potente. Empapada y derretida, sentía que se me estiraba la vagina y le cedía el campo que reclamaba con sus arremetidas viriles. Abrí más las piernas y estiré los brazos por encima de mi cabeza, aferrándome al tope de la cama.

Apreté la cobija sobre la que estábamos y gemí esta vez con los ojos desorbitados, mientras él expulsaba a chorro toda su leche dentro de mí.

Extenuados, muertos de placer, permanecimos en silencio, dejando colar el leve bullicio de la lluvia en que se había transformado la tormenta. Hasta el jueves, Lulú Petite

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