¿Qué soñabas?

Lulú viaja hasta el Caribe para vivir una breve y apasionada experiencia
Lulú Petite
31/07/2014 - 03:00

Querido diario: 

Desperté a las cuatro y media de la mañana. Era hora de ponerme en marcha y salir de su departamento antes de que él despertara. Después de una bonita tarde y de una noche de amor me quedé a dormir en casa de César, pero ese día tenía muchas cosas qué hacer como para esperar a que despertase.

Me vestí de prisa y en silencio, mientras él yacía sumido en un sueño profundo que le hacía rebelar una pequeña sonrisa y una poderosa erección mañanera. ¿Por qué será que los hombres amanecen con el pene parado? ¿Serán sus sueños? Sería divertido saber qué está soñando un hombre cuando la tiene bien parada. Sonreí y salí sin hacer ruido.

Subí a mi auto y me fui a mi apartamento. Debía ducharme y prepararme para un compromiso. Quedé de ver a Alejandro uno de mis buenos clientes. Aclaro, no es que atienda tan temprano, el asunto es que debía verlo en Cancún. Era un negocio de ida y vuelta, pero tenía que darme prisa. Me dejó pagado un boleto para salir en el primer vuelo y alcanzarlo allá en el último día de un viaje de trabajo, un congreso o alguna cosa de esas que se inventan los profesionistas para irse a la playa de vez en cuando. Hice una maleta para un viaje relámpago, me puse un pants cómodo, pedí un taxi y salí de prisa rumbo al aeropuerto.

En el camino recibí un mensaje de César: “Amor, ¿a qué hora te fuiste? ¿Te alcanzo para desayunar?”

“Hoy no será posible, te llamo mañana”, respondí sin más explicaciones. No las necesita, ni me gustaría darlas. Basta con que sepa lo que hago, para además andar dándole santo y seña.

Llegué a Cancún a la hora planeada. El cielo no estaba soleado como de costumbre, aun así, nublado y con una llovizna moja tarugos, no deja de ser un paraíso. Cuando llegué al hotel, Alejandro estaba esperándome en la recepción. Tomó mi maleta, me dio un beso y me llevó a la habitación.

Yo estaba de rodillas. Su miembro completamente erecto olía un poco a aceite de coco. Puse las manos en sus muslos y sentí en ellos los granitos de arena que en las playas se atoran en el pelambre masculino.

—Así que ya estuviste en la playa.

—Un rato, en lo que llegabas. Con este clima traicionero, hay que aprovechar cuando sale el sol.

Apreté sus muslos, le puse el condón y comencé a chupársela. Hicimos el amor deliciosamente.

Después de ducharnos bajamos a almorzar al restaurante de la playa. Para ese momento algún viento condescendiente se había llevado las nubes aguafiestas y había un sol limpio calentando nuestro medio día.

El día fue bueno. Estuvimos un buen rato en la alberca y otro en la playa, conversando, nadando, tomando el sol. En la tarde, cuando volvieron las nubes de julio, fuimos al spa del hotel a que nos dieran unos deliciosos masajes. Antes de que anocheciera estuvimos un rato en el mar persiguiéndonos en jet skys  y terminamos cenando en una deliciosa terraza con vista al paraíso. Dimos un paseo por la playa y después caminamos a nuestra habitación. Fue un día divertido y muy romántico que merecía un buen cierre.

Entramos comiéndonos la boca. El balcón estaba abierto y la brisa entraba refrescándolo todo, en el horizonte el mar se comía las últimas luces del día. Las olas se escuchaban lejos. Ese ruido festivo que habita las playas llegaba hasta nosotros.

Seguimos besándonos camino a la cama. De repente se detuvo, me levantó con sus brazos y me sentó en el tocador separando mis piernas y metiéndose entre ellas. Puso sus manos en mi nuca con brusquedad y me besó apasionadamente, jugando su lengua con la mía, poseyéndome con la furia del océano.

Sentí su miembro endurecerse pegado a mi pubis. Sin dejar de besarme, alargó su mano y tomó la caja de condones que estaban en el tocador, sacó uno, se bajó la bragueta y se lo puso en el pene perfectamente erecto. Subió mi falda, hizo a un lado mi tanga y así, entre besos y brazos, me la metió toda de un empujón. Chillé y clavé mi boca en su cuello para ahogar un grito. Besé su oreja, me colgué de sus hombros y me moví al ritmo de sus embestidas. Metí las uñas en su cabello y lo dejé llevarme. Él se movía frenético, entrando y saliendo de mi cuerpo con una pericia que me hacía sentir delicioso.

De pronto puso sus manos bajo mis rodillas haciendo que mi cuerpo se fuera para atrás, con la espalda contra el espejo, algo en esa posición permitía que se metiera más a fondo, que tocara botones sorprendentes y deliciosos. Casi sin darme cuenta mi cuerpo fue inundado por una ola gigantesca de placer que superó al orgasmo. Estaba a medio grito cuando él acompañó el coro con su propio placer llenando el condón con su simiente.

Nos recostamos a ver la tele y me quedé profundamente dormida. Realmente estaba muy cansada.

A las cuatro y media de la mañana desperté, salíamos después de mediodía, así que no tenía nada qué hacer, pero la luz que entraba por la ventana iluminaba a Alejandro, que lucía una de esas erecciones mañaneras. Sonreí recordando mi mañana anterior. Le acaricié el muslo y comencé a jalar despacio su erección hasta que despertó sorprendido.

—¿Qué soñabas? Le pregunté sonriendo antes de acomodarme para hacerle el amor de nuevo.

Hasta el martes

Lulú Petite

 

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