Me toma muy rico

"Entonces él se rodó hacia abajo y comenzó a pasar la punta de su lengua por la parte interna de mis muslos"
Lulú Petite
31/03/2016 - 05:00

Querido diario:  En casos como éste suelo recordar lo que me dijo mi abuela cuando yo, en la flor de mi cada vez menos ingenua juventud, no entendía la vida y sus tramoyas: “Ay, mijita, si no estás confundida es porque no estás prestando atención”. La vida es muy confusa después de todo. En la confusión está el sabor, pero solamente a veces. No obstante, cuando las tramas de mi vida se confunden, el sabor puede ser agridulce. Y divertido, claro.

Esta noche, apenas un par de horas antes de encontrarme aquí, frente a mi computadora, ligerita de ropa y recién bañada, un cliente al que he atendido varias veces en los últimos cinco meses me cogió muy rico. Con tipos así vale la pena abrir los ojos todos los días. Más si van a pagar por hacerte el amor.

Es un hombre de mediana edad, entrándole a otoñal, es muy simpático y sabe hacerme reír. Para que te des una idea, se parece a Rafael Inclán, pero muy chaparrito. Otra diferencia es que en el bigote tiene un lunar de canas que le dan un toque malévolo a su mirada. Lo cierto es que es muy sexi.

Esta noche mi clon de Inclán me esperaba de traje y oliendo a champán y perfume de mujer.

—A mí me gusta que las fiestas terminen bien, —dijo tomándome por la cintura.

Ya me sabía su historia. A veces me llama con tragos encima y con antojo de no estar solo. Es un pata de perro que va de fiesta en fiesta (es el gerente de no sé qué en una empresa importante y, entre sus funciones corporativas está organizar eventos, lo que significa que le pagan por enfiestarse). A menudo se pone más ebrio que un gusano mezcalero y termina llevándose a la cama a alguna solterita en busca de una aventura, pero a veces el método no le funciona y ninguna cae ante sus encantos o no hay entre las presentes una que le encienda el motor. Hoy, según me contó, tuvo un evento.

—Pero había más hombres que mujeres. ¿Cómo lo ves, Lulú? Eso no se le hace a un hombre con necesidades —me dijo besándome el cuello.

Siguió contándome que le puso el ojo a una ejecutiva cuarentona, pero cuando se habían metido al baño y él estaba a puntito de meter el gol, la cómplice se arrepintió porque es casada. Un orgasmo más boicoteado por una argolla matrimonial. Ni modo. Y por más que el clon de Inclán expusiera sus contundentes argumentos sobre lo sobrevaluado de la monogamia y que la fidelidad sólo es cosa de autoestéreos, la mujer no quiso y punto, por lo que se quedó con las ganas en carne viva. He ahí por qué me llamó.

Acaricié sus hombros, sintiendo la suavidad de la tela de su traje. Si por mí fuera, que me lo hiciera con la ropa puesta. Me gusta cómo se ve de traje. Esta versión de la elegancia me prendía una llama de ansias por dentro. En breves instantes estábamos en cueros y con la piel de gallinas, mordisqueándonos despacito, anticipando lo que tanto queríamos. Entonces él se rodó hacia abajo y comenzó a pasar la punta de su lengua por la parte interna de mis muslos. Me humedecí rápidamente y lo que vino fue como si él bebiera de mí, chupando con suma delicadeza los labios de mi vagina, rozando con su bigote y nariz mi clítoris.

 De repente hundió las tres falanges de dos dedos y fue como si encontrara un nervio que había olvidado. Yo estaba por estallar, sintiendo sus dedos expertos dentro de mí, y su boca desbordándome por las paredes del placer. Ni se entera de lo que se perdió la ejecutiva casi adúltera. Mejor para mí.

—Házmelo ya—, le supliqué.

Lo recibí en el filo de la cama, con las rodillas en el pecho. Él, de pie, se afincó de un sólo guantazo. Se hundía en mí con cada una de sus embestidas. Ahogó su respiración en mi pecho, aspirando el aire entre mis senos, rozando con la textura mi piel enrojecida. Entrelazamos los dedos en un agarre de manos muy fuerte. El peso de su cadera ejercía la presión justa para dejarme boquiabierta, con los ojos muy abiertos, pero sin lograr enfocar nada, con una energía contenida en el ombligo, pujando por el gran orgasmo que tanto esfuerzo nos depararía. La confusión duró tres segundos eternos. Igual de confuso es cómo este hombre tan bueno en la cama y tan seductor sigue siendo un empedernido soltero amante de la fiesta y la aventura, nadie lo ha cazado.

Exhaustos, nos quedamos echados y a punto de colapsar, respirando agitadamente uno al lado del otro. Ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que en el pasillo dos voces, un hombre con voz jarocha y timbre de megáfono y una mujer borracha, discutían, se reían y traían una especie de fiesta privada que interrumpía la paz de cogedero ajeno.

—¿Qué haces? —le pregunté al clon de Inclán cuando entreabrió la puerta para echarle un ojo a la pareja enfiestada, pero me cubrí con la sábana para ver también. Entonces mi curiosidad se tornó en la más grande confusión. Me quedé helada: el veracruzano aquel que me había presentado Luisa hace unos días era el hombre. Pero lo peor, Carolina, no Luisa ¡sino Carolina! era la chica. Se perdieron sin vernos en un beso mientras entraban en una de las habitaciones.

Un beso

Lulú Petite

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