“Acá entre nos”, por Lulú Petite

Bombeabas como un animal en celo, una fiera, un semental. Me vine exquisitamente
Lulú Petite
31/03/2015 - 03:00

QUERIDO DIARIO: Me puse ‘de perrito’ en la orilla de la cama, levanté las nalgas arqueando la espalda, apreté la cobija con mis puños y pegué mi rostro al colchón mientras me penetrabas lentamente.

Tu miembro es grande, pero me tenías tan caliente que entró con relativa facilidad, aun así cerré los ojos y apreté la colcha con más fuerza cuando sentí el dolor que tu herramienta provocó al clavarse, me mordí el labio inferior, pero ni así pude evitar gemir.

Tus manos jalaban mi cuerpo hacia el tuyo para penetrarme agarrado por la cintura, lo hacías tan bien que me ponía más cachonda en cada embestida. Sentía tu miembro moverse con tan buen ritmo que me provocabas una especie de placer culpable.

¿Qué te puedo decir? No eres un hombre guapo. Al contrario, si nos vamos por la idea generalizada de belleza masculina, debemos reconocer que eres (por decir lo menos) un galán atípico. A ver si no me ‘paso de lanza’ al describirte: Mides más o menos un metro noventa de estatura ¿cierto?, tienes estructura gruesa, más corpulento que obeso, cabeza grande, casi sin cuello, espalda ancha, ojos chiquitos, un poco rasgados, ceja poblada, nariz ancha y redonda, labios delgados coronados por un bigote que crece más en las comisuras que al centro. Tienes algunas cicatrices de acné en tus mejillas y corte de cabello estilo militar. Desnudo pareces un toro o un rinoceronte, eso sí con un miembro colosal que sabes mover con maestría.

No te enojes. Describiendo cada parte no te favorezco, el caso es que al verlo todo en conjunto resultas muy atractivo, especialmente por esa masculinidad brava que desbordas, una virilidad que impresiona y, como mujer, desarma. ¿Cómo te lo explico? Supongo que es algo químico o biológico, quizá un asunto de feromonas, pero pareces un semental y se antoja ‘coger’ contigo.

Claro, no te voy a decir mentiras. Cuando me abriste la puerta no puede evitar sentirme intimidada por tu corpulencia, la ‘neta se me hicieron yoyo los calzones’. Pasé y te saludé con un beso en la mejilla. ¿Qué te digo? Tú fuiste quien no me besó los labios, allí estaban, disponibles para tu boca, pero fuiste prudente, no sé, tal vez notaste que me habías apantallado con tu tamaño de muralla.

Entré y recorrí la habitación como de costumbre, midiéndote con cuidado, escaneándote discretamente: Tu forma de verme, de pararte o tus reacciones. He aprendido en el oficio el arte de irme formando ‘a ojo de buena cubera’ una idea de la personalidad del cliente. No es una ciencia, sólo es cosa de maña y de ser observadora. Por eso cuando entro recorro la habitación como si fuera mi primera vez en ella. Siempre uso ese intervalo para tantear el terreno y echarle un ‘oclayo’ al cliente.

Te quedaste quietecito, con una sonrisa en los labios, me viste las nalgas cuando pasé a tu lado y creíste que no me daba cuenta, pero cuando volteé sostuviste tu mirada en mis ojos. No sabías cómo ‘romper el hielo’. No puedes evitarlo, eres un hombre tímido, pero ‘no te hagas de la boca chiquita’, tienes experiencia contratando chicas. No soy la primera mujer de paga en tu cama ni seré la última. En el tocador pusiste los billetes ordenados junto a las botellitas de agua, en el lavabo había un cepillo de dientes recién usado y una botellita de enjuague bucal. Te encontré además recién bañado, oliendo rico, creo que usabas perfume Bleu, de Chanel.

Me encantó conversar contigo. Eres un hombre inteligente, sensible, generoso y divertido. Me pediste que cerrara los ojos y fue entonces cuando sentí tu mano en mi pierna y tu boca en mis labios.

¡Caramba! Qué buen besador resultaste. Sentí entonces tus dedos servirse de mi cuerpo, trepar por mis curvas, hurgar bajo la tela de mi vestido, meter los dedos en mi lencería, y acariciar mi sexo provocando que comenzara a mojarme.

Besándote llevé también mi mano a tu entrepierna y te rogué que nos desnudáramos. Como un par de cómplices traviesos nos quitamos la ropa y brincamos a la cama para seguir besándonos desnudos, descubriendo con caricias la geografía de nuestros cuerpos y con besos sus sabores. Te agarré entonces el miembro y comencé a jalarlo. Moría de ganas de que me la metieras.

Los condones estaban en el tocador y, caballerosamente, te levantaste por ellos y me los diste. Te quedaste de pie, junto a la cama, mientras sacaba uno y te lo ponía, entonces lo empuñé y me lo llevé a los labios chupándolo por un buen rato, hasta que me rogaste que me pusiera en cuatro.

Te obedecí encantada, ya quería sentirte dentro. Me puse ‘de perrito’ en la orilla de la cama, levanté las nalgas arqueando la espalda, apreté con mis puños la cobija y pegué mi rostro al colchón mientras me penetrabas lentamente. Bombeabas como un animal en celo, una fiera, un semental. Me vine exquisitamente.

Después de nuestros orgasmos, la plática siguió por casi dos horas. Nos despedimos prometiendo que sería la primera de muchas. No sé, igual nunca volvemos a vernos, pero acá entre nos, eres un feo muy guapo y, ‘neta’, ‘coges’ divino.

 

 

Un beso

Lulú Petite

 

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