“Cuidado con el oso”, por Lulú Petite

Lulú Petite
30/06/2015 - 03:00

QUERIDO DIARIO: Escribo esto en mi cuarto,  hipnotizada por los ojos de plástico de un osito de peluche que reposa en la cómoda. No soy amante de los juguetes, a menos que vibren y provoquen espasmos, pero cuando un cliente me da un detalle, lo agradezco mucho. Éste en particular tiene algo especial que me obliga a mirarlo, apreciar su expresión inanimada, su textura de felpa. Se llama Erik y me lo regaló un cliente nuevo.

—En mi familia tenemos la costumbre de dar regalos a las personas que vamos a conocer  —me dijo cuando nos vimos.

Para describirlo podría decirte que llevaba camisa azul cielo y traje negro, que olía delicioso y tenía una mirada encantadora, pero si lo que quiero es que te hagas una idea de cómo es, basta con decirte que parecía primo lejano del Abominable Hombre de las Nieves, por ejemplo.

Como podrás suponer, se llamaba Erik y tenía el cabello castaño y muy rizado. En los laterales le sobresalían unos mechones rojizos y ensortijados. Semejante combinación de hebras la he visto únicamente en algunas de esas mezclas de colores que tienen por dentro las canicas de vidrio. Sus cejas son pobladas, muy gruesas. Era de esperarse que su boca prácticamente desapareciese entre un bigote tupido y una barba tan espesa como un coral. Frondosa, le nacía en los pómulos y le llegaba hasta la garganta. Sin embargo, no lucía desarreglado. Cada pieza estaba en su lugar, perfectamente peinada.

El osito guarda cierto parecido con él. Erik era grande y ancho, el tipo de hombre con el que quisieras acurrucarte para dormir junto a la fogata, en una noche de invierno.

—Ponle un nombre —me ordenó amablemente.

—¿Un nombre?

—Sí, al oso. Bautízalo para que sea tuyo.

Me quedé observando a lo que tenía en mis manos. Un oso de peluche, simple y llanamente eso. Algo inerte, pero que contenía una especie de augurio. Una premonición de lo que se avecinaba.

—¡Erik! —dije entonces, casi sin pensarlo, sólo para complacer a quien me lo había regalado. —Así me acordaré de ti.

Puso cara de satisfacción y dijo:

—Pues Erik es.

No sé si estarás de acuerdo, pero desde hace tiempo, se ha instaurado un culto en torno a los cuerpos lampiños, sin un milímetro de pelo. En anuncios, revistas, programas de televisión, cine, en casi todo, el modelo masculino es, generalmente, un hombre sin vello facial y corporal, pero con cabelleras más cuidadas que la de Rapunzel en un comercial de Pantene.

Desde luego, una norma de aseo y estética personal para un hombre es que, si tiene tupido vello, lo mantenga siempre limpio y bien recortado, pero puede verse muy bien un hombre peludo. Es común hoy en día encontrar a mujeres y cada vez más hombres que se depilan del cuello para abajo. La mayoría hemos sido influenciados por este estilo, a muchas personas les gusta disfrutar de una vagina lisa como una cuchara de plata, pero si he de serte franca, cuando me toca un cliente que se depila las piernas o peor, que se depila aquellito, me da un sacón de onda tremendo. No es por prejuicios, pero no me gusta, es como ver a un pollo desplumado, colgando del aparador de una pollería. No le saco, pero no me prende.

Creo que si mantienes el pelaje bien podado, limpio y en su lugar, como Erik, puedes tener experiencias maravillosas, sin prejuicios, sin la necesidad de lucir lampiño como nalga de bebé.

Erik era testosterona pura. Bastaba con echarle un vistazo a sus poros, donde se asientan sus fecundos folículos pilosos, para saber de qué estoy hablando.

La mejor parte es que era un excelente amante. Una bestia cariñosa que sabía usar cada centímetro de su cuerpo para dar y recibir placer.

En el hotel, cuando nos desnudamos, pude comprobar que tenía una densa película de vellos pardos.

—Supongo que nunca te da frío, ¿no? —dije, tomando confianza.

—Tengo un suéter incorporado en el torso —respondió el, aceptando mi chiste como un cumplido.

No sé cómo explicarlo. Creo que es cuestión de textura. Su barba raspaba mi cuello y los pelos de su pecho me hacían cosquillas en los senos. Sentía que estaba abrazando una alfombra que me penetraba hasta lo más hondo de mi ser. Acaricié su pelaje y me dejé hacer de todo. En pleno acto, volteé la cara y me encontré con los ojos de Erik, el de peluche. Dos luceritos de plástico color caramelo, fijos y atentos. Comencé a excitarme mucho y ya no pude dejar de verlo. Ahora que escribo esto tampoco lo puedo evitar.

Erik hacía retumbar mi pecho con su risa. Él boca arriba, extendido como un cromañón, y yo encima, acariciando la pradera vellosa de sus brazos, manos y nudillos. Me contaba chistes y anécdotas después del amor. Tiene un maravilloso sentido del humor y cuenta unos chistes fantásticos. Ni cuenta me di cuando terminó la hora y seguimos desnudos y abrazados, con mi cabeza en su alfombra de pelo y llenando la habitación de carcajadas entre chiste y chiste.

El oso, su tocayo, seguía inmóvil en su lugar, como si esperara su turno.

 

Un beso

Lulú Petite

 

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