'Regalo de Fin de Año', por Lulú Petite

Su sudor se confundía con el mío. La cadena que colgaba de su pecho me hacía cosquillas en el cuello. Él se aferró a mi cintura, empujando su virilidad hasta el fondo
Lulú Petite
29/12/2015 - 10:25

Querido diario: Luisa , mi amiga, disparó la primera imprudencia: —La otra noche los escuché —dijo maliciosa— Puede que hasta hayan despertado a otros vecinos. Carolina, mi otra amiga, no se quedó atrás: 

—Lulú nos contó que está contenta. Para ponerla así definitivamente hay que tener muy grande el… talento.

Gozaban como si tramaran travesuras. Las muy mulas lo hacían por venganza, yo les he hecho lo mismo con sus romances. Querían avergonzarme frente a Miguel . Lo estaban logrando.

Miguel sonrió y, sin inmutarse, dijo que él también estaba contento con mi talento.

—Uuuuuuh— dijeron mis amigas al unísono. Él no se dejó intimidar y eso les apagó el apetito de agarrarnos de botana. Me encantó su temple.

Nos reunimos para ir al teatro. Se apagaron las luces y subió el telón. Estábamos en el medio de la sala. Un tipo vestido de jeans, tenis y camiseta negra entró al escenario arrastrando una silla de madera. Ese look solamente le queda bien a alguien si ese alguien se llama Steve Jobs. El tipo se sentó y comenzó su monólogo. El actor era amigo de Carolina y más o menos por esa razón fuimos a verlo.

A mitad de obra pegué un brinquito que hizo voltear a Carolina y Luisa. Era mi celular de trabajo en modo silencioso ¡Carajo! Olvidé apagarlo. Cuando estoy con Miguel el teléfono de trabajo se apaga. Punto. Se trataba de Ricardo, un cliente adinerado que atiendo desde los tiempos de El Hada. Quería confirmar nuestra cita de esa noche. Apagué el teléfono sin contestar. Miguel me había puesto la mano en la rodilla y me acariciaba mientras se desarrollaba el monólogo en tarima.

Rato después estábamos saliendo del teatro y se nos había unido el protagonista del monólogo. Carolina traía alguna especie de romance con el amigo-actor. Caminamos media cuadra hasta donde habíamos dejado los coches. 

El frío pelaba las mejillas. Miguel me dio parte de su calor rodeándome con su brazo. Nos adelantamos algunos pasos y me preguntó si quería ir a un restaurante italiano.

—Tengo trabajo — le contesté.

—Puedes trabajar luego — insistió.

—Me encantaría, pero debo atender un asunto urgente. Si quieres te veo más noche en tu casa —dije.

Así eran las cosas. Me despedí pidiéndole que se imaginara lo que iba a hacerle luego en compensación.

 Ricardo me esperaba en el motel. Desde el ventanal se veían las luces decembrinas de la ciudad. Lo conocí de novata en la agencia de El Hada.

Atendíamos en un penthouse como de revista: con varios cuartos, sauna, bar, cocina con chef todo el día, una salota de estar, jacuzzi y hasta gimnasio. Varias chicas hacíamos vida ahí. Como todos los clientes que asistían a la agencia, catálogo exclusivo del hada, Ricardo presenció nuestro pequeño desfile. Luego regresábamos a la salita de estar, donde esperábamos a que decidiera a cuál quería en la cama. Ricardo me eligió a mí. Todo era exprés, simple y profesional. Era un caballero.

Ahora tiene más canas y probablemente más trabajo y negocios. Ricardo está pornográficamente forrado en billete, pero no es presumido. Poco a poco me convertí en su favorita y me citaba con regularidad. Luego, cuando me independicé, nos fuimos distanciando un poco porque pasaba mucho tiempo viajando. Un día las coincidencias de la vida nos pusieron en el mismo camino y volvimos a vernos. Desde entonces volvió a convertirse en un cliente asiduo.

—En dos horas me monto en el avión —dijo acostándose encima de mí.

Teníamos que aprovechar los minutos. Me besó plácidamente y acarició mis senos con sus dedos fríos. Mi piel se puso de gallina. Se puso el condón y entró en mí.

Su mejor cualidad es lo bien que se mueve y lo divino que me lo hace. Respira como si estuviera bajo el agua, soltando burbujitas de aire tibio en mi cuello. Esto hace que me encienda más. Me puse en cuatro y él me agarró por la cadera. Estaba en el éxtasis pleno. Su pene se hundía hasta la base y su ingle hacía temblar mis nalgas cuando chocaban las arremetidas. Me sobaba el arco de la parte baja de la espalda, me apretaba los tobillos, olía mi cabello y me decía cosas en la nuca.

Tenía los pezones erguidos y duritos. Volvió a ponerse encima, en posición de misionero, y lo enrollé con mis piernas. Su sudor se confundía con el mío. La cadena que colgaba de su pecho me hacía cosquillas en el cuello. Él se aferró a mi cintura, empujando su virilidad hasta el fondo, y estalló a chorro. Me mordí los labios al mismo tiempo que él se corría como un volcán en erupción.

Se levantó y estiró su brazo para tomar un sobre de la mesa de noche.

—Un placer, Lulú —dijo entregándomelo.

—Siempre a la orden —dije acostada boca abajo. El sobre era gordo y tenía lo que me imaginaba. Ricardo siempre fue así, en diciembre acostumbra dar sobres con mucho más que el sueldo regular.

Y ¿Por qué no? Regalar es bueno y, si se puede, es una forma de agradecer la lealtad. Así que ahora me toca a mí. Voy a regalar una cita. Eso sucederá del jueves 11 al domingo 14 de febrero de 2016. Si te interesa sigue pendiente los martes y jueves y sígueme en Twitter (@lulu_petite) o mándame un correo a [email protected] diciéndome que quieres participar. ¿Te late?

Un beso

Lulú Petite

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