Parado

Decidió seguirse con mi cuello, rozándome la piel juguetonamente con los dientes al tiempo que me acariciaba suavemente...
Lulú Petite
29/04/2014 - 03:00

Querido diario: 

—¿Te lo puedo hacer parado?

—¿Disculpa?, pregunté desconcertada, si no se le para va a estar bien canijo que “me lo haga”

—Que si podemos hacer el amor de pie.

—¡Ah!, claro, respondí aliviada. Ultimadamente mientras no quiera hacer alguna acrobacia propia del Cirque du Soleil, estamos para complacer sus apetitos sexuales.

Me giré después de dejar mi bolso en el tocador de la habitación. El cliente que me había tocado esta tarde era un cuarentón de piel muy morena y pelo negro rizado, muy alto y con el mentón quizá demasiado cuadrado.

—¿No te gusta coger en la cama?

—Me gusta, pero lo disfruto más si es de pie.

—Oh, me dio tiempo a exclamar antes de que me apretara fuerte entre su cuerpo y la pared, clavándome su erección en el vientre, y me besara… o más bien intentara sorber la boca. El galán no tenía lo que se dice talento para dar besos, pero poco a poco lo fui relajando con caricias para que fuera besando más como a mí me gusta, con calma y cariño, subiendo la llama de a poquito.

Me llevó de la manita, como dos niños pequeños, hasta una esquina de la habitación, entre un sillón y la televisión, buscó el lugar donde las paredes se unen y buscó mis labios. Respondí a sus apasionados besos mientras le desabotonaba la camisa sin mirar. Venía limpito y el pecho peludo le olía delicioso. Nos sacamos el resto de la ropa y apretándome el cuerpo me atrapó con la espalda contra la pared. Solté un chillido porque el muro estaba demasiado frío. Él se me pegó para compartir su calor conmigo.

Me aprisionó de nuevo contra la pared, frotando despacito su erección contra mí mientras con una mano me sobaba el pecho y con la otra me peinaba el pelo con los dedos. Noté que el muro por fin llegaba a temperaturas agradables en el momento en que le agarré el miembro para darle su buena dosis de luluterapia. Él, por su parte, metió un dedo en mi cuevita sin más ceremonia y pareció satisfecho con eso. Me aguanté el suspiro.

Me indicó que quería una ayudita de mi boca, así que tras ponerle la gomita me arrodillé como pude en esa esquina, como boxeadora acorralada... resbalando temerosamente, aunque me salvó que me agarrara del brazo.

Reímos y procedí. Primero me la metí entera en la boca, con lo cual gané un bonito jadeo de agradecimiento. Cuando ya había gastado la carta de Garganta Profunda, le estimulé el glande con la lengua, dándole vueltitas como si fuera un helado y jugando con los labios hasta que el galán dijo basta y me ayudó a ponerme de pie, dándome otro beso de tornillo de esos suyos.

Decidió seguirse con mi cuello, rozándome la piel juguetonamente con los dientes al tiempo que me acariciaba suavemente el clítoris con una mano... Cuando gemí, preguntó si estaba lista.

—Si me prometes que no me voy a romper la crisma, adelante, miré a mi alrededor, inquieta. Si perdía el equilibrio, bastaba con ladearme a la izquierda y caería en el sillón que, aunque no parecía el más mullido del mundo, al menos amortiguaría mi caída. Entonces me levantó una pierna y me penetró de una sola estocada. Me agarré a su cuello para compensar el equilibrio, bastante sorprendida.

Había empezado demasiado brusco y demasiado rápido, pero al poco me adapté y empecé a disfrutarlo también. Estábamos tan pegados que no podía ver algo que no fuera él, y el calor que corría sobre nosotros era como una caricia permanente en todas partes a la vez. Claro que temía resbalar y perder un diente; el miedo estaba ahí a cada embestida, pero el peligro de que sucediera y la adrenalina que recorría mis venas por ello me encantó.

Empecé a gemir de placer, notando que él estaba ya cercano al clímax. Me agarré a él con más fuerza; era lo bastante alto y grande como para aguantar mi peso sin problemas y con cada acometida contra la pared me levantaba un poco más, así que le rodeé las caderas con las piernas para facilitar el acceso, rezando por que no nos matásemos.

Era mucho más placentero así. El galán me abrazó con fuerza y le clavé las uñas en la espalda, estresada pero a punto de venirme. Cuando me llegó el orgasmo, gemí de manera particularmente alta, y me pegué más a él, intentando mitigar los espasmos posteriores. Por ellos fue que terminó él no mucho después de que yo lo hiciera.

Me besó de nuevo con uno de sus besos brutalmente invasivos.

Cuando nos despedíamos, entre anécdotas y bromas me contó que había tenido un largo historial de novias que, tarde o temprano, se habían cansado de su curiosa manía.

—Se ponían como leonas apenas sugería coger contra la pared, explicaba, sin entender en absoluto por qué. ¿Era tan difícil concederme un caprichito de vez en cuando?

—A lo mejor les daba miedo caerse, sugerí.

—No es para tanto, protestó de inmediato. ¡Ninguna resbaló más de una vez!

Hasta el jueves

Lulú Petite

 

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