“Ella y él” Por Lulú Petite

Jala el miembro, se arrodilla y, después de acariciarlo y ponerle el hulito, se lleva a la boca el miembro endurecido. Él disfruta mucho
Lulú Petite
28/10/2014 - 03:00

Querido diario: 

Un hombre llama por teléfono y se pone de acuerdo para ver a una chica en un hotel. Él es un hombre con mucho trabajo, casi sin tiempo libre, cincuentón tirándole a los sesenta, no es feo ni guapo, pero tiene algo que llama la atención. Le va bien en la vida y sus finanzas son más que sanas. Le gustan las mujeres jóvenes y guapas, por eso contrata prostitutas. Las que cogen gratis siempre le traen líos, si lo quieren porque les gusta, seguramente tienen un conflicto no resuelto papá-hija, si lo quieren por su lana, pues la tiene, pero es más barato contratar profesionales. Como buen hombre de negocios sabe que no existe nada gratis, así que prefiere pagar por cuota fija para coger con mujeres como las que le gustan, que apostarle al Don Juan y terminar gastando más y cogiendo menos. Lo tiene muy claro, los romances quitan tiempo y el tiempo es dinero. No vale la pena. Él va a lo suyo, a lo que te truje Chencha, a coger y punto.

Mientras la chica llega el pide al bar una bebida, un gin-tonic. Alguien le dijo que esa era una bebida de viejitos, se lo dijeron como burla, pero a él le gustó la idea, le pareció bueno que lo reconocieran como un hombre maduro. Piensa en ella y repasa en el celular las fotos con las que se anuncia en internet, mira sus piernas y piensa en poner esos muslos alrededor de sus orejas. Lamer la piel salada y sentir el calor de la intimidad de esa chica que va en camino.

Ella llega al motel, bien arreglada: vestido blanco de falda corta arriba de las rodillas, escotado, con los hombros desnudos y zapatos de tacón muy alto. No es la primera vez que se ven y, confían que tampoco será la última.

Se pone cómodo, revisa correos en su teléfono, devuelve una llamada, se afloja la corbata y se mira al espejo. Su cabello ya tiene muchas canas, pero él se sabe joven. La edad no está en el acta de nacimiento, ni en lo que te traigan del bar, sino en los proyectos que tienes de frente y en mantener la agenda ocupada. Viejo es el que despierta y no tiene nada más qué hacer que esperar a que sea de nuevo la hora de dormir. Revisa su aliento.

La chica toca a la puerta, cuando él abre, ella pregunta ¿Room service? y jala discretamente su escote. Él se ríe de la broma.

Él la ve caminar por el cuarto, como si en él viviera, como si regresara a casa. Ella sonríe y lo mira de frente, sin decir palabras, sonríe y se muerde el labio. Clava sus ojos en las pupilas de ese hombre que de inmediato comienza a sentir bajo el pantalón las cosquillas de una buena erección.

—¿Dónde va a querer su almuerzo el caballero?— Pregunta ella de nuevo con esa coquetería cachonda que a veces le sale tan natural. Él sonríe y, sin saber, cómo seguir el juego, le dice que en la cama, pero no se mueve.

Ella mira la cama y piensa acostarse, pero se detiene cuando ve bajo el pantalón de aquel hombre crecer una enorme carpa.

—¿Qué es eso? ¿El caballero está contento?— Le ronronea al oído, acercándose a él, y acariciando suavemente la erección por encima de su ropa. Toma el zipper con el pulgar y el índice y lo baja con cuidado. Jala el miembro, se arrodilla y, después de acariciarlo y ponerle el hulito, se lleva a la boca el miembro endurecido. Él disfruta mucho.

Le encanta ver a esa chica de rodillas con su pito en la boca mirándolo a los ojos. Esa mirada cachonda que no le ha despegado desde que llegó.

Al fin se meten a la cama. El hombre desnuda despacio a esa chica de veintitantos, comienza por quitarle los zapatos repartiendo besos en sus pies y en cada uno de sus dedos, le saca después del vestido, lame sus pechos, su ombligo. Ella lo disfruta, le gusta sentir la lengua de ese hombre jugando en su vientre, él también lo goza, siempre le han gustado las mujeres delgadas, con el abdomen plano.

Recuerda lo que fantaseaba hace rato, mirando las fotos en el celular, mientras ella llegaba. Cómo quiere comerse su entrepierna. Piensa cómo agarrará las nalguitas redondas de la chica con la que se encuentra de vez en cuando, cada que él va a la ciudad.

Sonríe y pone sus manos bajo los muslos de la chica los levanta suavemente y le saca la tanguita. Aspira hondo cuando mete su cabeza en la entrepierna y comienza a lamer. Lo hace bien.

No aguanta mucho más. Quiere ya meter su sexo en el de ella. Clavarse y perderse entre besos y movimientos cadenciosos. La cortina está abierta, la habitación es una suite en un hotel de lujo, de esos a los que ella no va, pero como apenas ayer se había registrado junto con él como huésped, el personal se apresuró a abrirle el elevador y dejarla subir. Es tan distinto cuando vas como huésped. Apenas la noche anterior habían hecho el amor como dos enamorados. En la habitación aún habitaba el olor a sexo, cuando él decidió volver a llamarle. La noche no había sido suficiente, quería su mañanero y ¿por qué no? Trabajo es trabajo y, en casos como éste, no está peleado con el placer.

Hasta el jueves

Lulú Petite

 

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