Las nalgas de la suegra

Se aplicó un chorrito de lubricante y me enfundó la macana hasta la médula
Lulú Petite
27/09/2016 - 05:00

Querido diario: El miércoles me habló Juanjo, un cliente de Ixtapa Zihuatanejo, es moreno con chinos castaños y ojos color miel. Lo conozco desde hace tiempo. Estaba con Luisa y Carolina tomando mojitos en un bar por la Condesa cuando sonó mi cel y vi su nombre en la pantalla.

—A poco ya te vas —reclamó Carolina.

—Déjala —salió Luisa a mi rescate— Ya está grandecita.

—Por eso —insistió Carolina —Ni que se le vaya a hacer calabaza la carroza— Me reí y le hice unos caracolitos con los dedos a modo de despedida y de desaire. Creo que no le pareció mi escapatoria y empieza a chocarle que, cada vez que suena mi celular, si es trabajo, las abandono . 

Para ser justa, Carolina estaba contándonos algo serio. Bueno, es de esos chismes serios que dan un poco de risa. El tema era algo así: está saliendo con un chavo, Mateo. Y no es que estuviera loca por él, pero la estaban pasando muy bien. Entonces hubo alguna fiesta familiar en la casa de un tío de Carolina. En fin, no sé a ciencia cierta por qué ella invitó a este chavo. Mateo no se puso nervioso por saber que conocería al papá, mamá, hermanos, primos, tíos y demás tribu de Carolina. Iba sin preocupaciones. Todo iba bien, hubo una carne asada en un patio, mucha familia, chiquillos corriendo, adultos pisteando, todos en la pura fiesta. De repente Carolina ve a Mateo, con el tenedor sostenido en alto, masticando como si rumiara pasto, mirando algo fijamente. Carolina volteó a ver y vio las redondas nalgas de su mamá, quien estaba inclinada juntando hielo en un vaso. Pero lo más chistoso no termina ahí. Carolina le propina un codazo y el fresco ni se inmuta, sino que le dice que su mamá está bien buena. Carolina, ni modo, también se pone a admirar el panorama y ambos se sienten hipnotizados por el tambaleo de la retaguardia materna.

Los hombres y sus fantasías. El caso es que en eso sonó mi cel y no pude seguir escuchando lo que vino después. No supe si se fueron a los putazos o si se amaron locamente. Estábamos recién desempacados del puente anual de septiembre, cortesía de Don Miguel Hidalgo, pero yo no estaba para andar perdiendo tiempo. Todo lo que sé es que mi adorable cliente esperaba por mí en el cinco letras de siempre.

Ya en el motel caminé hacia el ascensor. Dos chicas de cabello muy corto detuvieron la puerta para que pudiera entrar. Se me quedaron viendo el escote. Les sonreí y me sonrieron. Luego se agarraron de manos y se bajaron en el mismo piso que yo. Me dejaron salir primero y caminaron detrás de mí. Se detuvieron frente a una puerta y yo seguí mis pasos hacia mi destino.

Le toqué la puerta al Juanjo. Lo escuché gritar desde el baño:

—Espera tantito, Lulú, voy para allá.

Sonreí y volteé hacia el fondo del pasillo. Una de las chicas me veía mientras la otra introducía la llave en el picaporte. Finalmente se abrió y una de las chicas entró, pero la otra se me quedó mirando. Alzó su mano y me dijo hola. O pudo haber sido adiós. No sé. La mano de la otra chica apareció y la jaló por el brazo hacia dentro. Su puerta se cerró cuando se abrió la de Juanjo.

Se había cortado el cabello al estilo militar y olía a colonia robusta.

—Tiempo sin vernos, querida Lulú —dijo frotándose las manos.

Nos pusimos rápidamente al día. Le di un fuerte abrazo y luego agarré delicadamente su rostro entre mis dos palmas y lo besé en los labios. Entonces me puse más cómoda. Dispuse el lubricante y los condones en la mesa de noche y me quité los tacones mientras él se desvestía.

Cuando me incliné para sacarme los zapatos, sentí el arrimón.

—Mucho tiempo sin vernos —dije yo gimiendo.

Juanjo está rellenito y es más bajito que yo, pero no se intimida. Su pene estaba durito entre mis nalgas. Podía sentirlo a través de mi calzón, a través de su bóxer, pulsando y endureciéndose.

Me agarró los senos y pellizcó mis pezones. Luego me tomó por la cintura y me dobló de frente sobre la cama. Apoyé mis manos en el colchón. Miré nuestro reflejo en el espejo de enfrente. Él acariciaba mi espalda, sobaba mi cabello y restregaba su miembro erecto en mis muslos. Le dije que no aguantaba más, que por favor me cogiera. Él tomó el preservativo, se aplicó un chorrito de lubricante y me enfundó la macana hasta la médula. Puse las rodillas sobre la cama y arqueé la espalda. Dejé tumbar mi torso sobre la almohada y hundí la cara entre mis brazos. Sentí las arremetidas de su ingle en mi cadera. Mis senos se tambaleaban, su respiración agitada me hacía humedecerme más. Sentí que él empezaba a calentarse más y más, a gemir y gruñir. De pronto le dio un espasmo, tembló y así fue cómo lo puse a gritar.

Cuando volví al bar, Carolina y Luisa seguían allí, pero se había unido Mateo. Resulta que salió bien de aquello con la suegra.

—No es falta de respeto —dijo con toda calma —Pero las suegras son como una bolita mágica: te ayudan a ver el futuro y, corazón, me gusta lo que veo— Remató agarrándole una nalga a Carolina. Se rieron.

Hasta el jueves, Lulú Petite

 

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