Me lo enseñó todo

Lulú Petite
27/03/2018 - 09:23

Querido diario: ¿Cómo te explico querido Diario? De entrada, te digo que es guapísimo y muy inteligente. Hombre de mediana edad, ojos joviales, como el mar Caribe, una sonrisa capaz de domesticar huracanes, manos hábiles para las caricias, labios hechos de besos y una inteligencia abrumadora. Entre él y yo, toda la complicidad del mundo.

Él es ¿Cómo decirte? Aunque sabe que es guapo, hay en él una timidez encantadora. Es de esos chicos inteligentes, que se la pasa todo el día metido en sus números, haciendo cálculos y descifrando los misterios de la galaxia. De vez en cuando, sale de su cubículo y carga pila dando clases. Se para frente a un auditorio y, con sesudas diapositivas, que explican a detalle los enigmas de su ciencia, se pone a hablar y hablar sobre cosas complejísimas, de modo que se vuelvan entendibles.

Algunas mujeres, lo miran hablar y no pueden ocultar que les gustaría secuestrarlo un rato. Lo conocí hace poco. Ya había escrito algo de él, pero para no entrar en detalles, no te voy a decir qué. El caso es que nos seguimos viendo y resulta que hoy cumplimos una fantasía. Llegamos a un buen acuerdo para dedicarle toda la tarde y me fui a su conferencia. Temprano me fui a arreglar muy bonita y me senté, a una distancia razonable, a escucharlo.

Lo miraba con cierta cachondería. Distante, como si no nos conociéramos, como si estuviera allí por el conocimiento, pero ¿Te cuento una cosa? Sus palabras, elocuentes y claras, me ayudaban a entender, a medias, cosas que me parecían de lo más incomprensibles. Escuchar su voz me seducía, imaginaba que hablaba solamente a mí y ponía toda la atención posible. Por momentos, lo recordaba desnudo, amándome, poniendo sus manos sobre mi piel, sus labios devorando mi boca. Imaginaba a ese Hombre-León que reinaba en su selva de conocimiento, poseyéndome como salvaje, haciendo de la cama el jardín de nuestras delicias.

Cuando llegamos, el sol quemaba la piel, cuando salimos la noche ya dejaba sentir una brisa refrescante. Seguimos fingiendo que no nos conocíamos. Él atendía a sus colegas, que lo felicitaban por la ponencia. Yo salí, caminé hasta su coche y me paré a un lado de la puerta. Cuando se acercó, lo felicité hablándole quedito, al oído. Unas pocas almas lo vieron abrirme la puerta de su coche. Me senté en el asiento del copiloto sonriendo. Él dio la vuelta, se subió y arrancamos. Hasta entonces soltamos la carcajada.

Pero la risa era nerviosa. Íbamos a nuestra guarida. A convertir esas horas de espera en algo pasional. Cuando me puso la mano en el muslo, sentí un subidón increíble. De esas veces que estás tan cachonda que puedes perder el control. Quise lanzarme sobre él, abrirle el pantalón y comerle el sexo allí mismo, mientras manejaba. Pero me contuve. Estaba en mi papel y debía esperar un poco más.

Cuando llegamos a la habitación era imposible aguantar más. Nos desnudábamos en el camino, la ropa volaba y las caricias eran salvajes. Me cargó de pronto con una fuerza animal y me llevó a la cama. Todo el deseo contenido explotó en ese momento. Me dio un beso de esos que te hacen replantearte los secretos de la naturaleza. Sentí cada molécula de mi cuerpo excitada, escuché los ríos de sangre corriendo por mis venas, llevando la adrenalina y el placer a cada rincón de mi anatomía. Entonces gemí. No me había tocado aún el sexo y yo ya había tenido mi primer orgasmo. ¡Así! ¡Sólo con el beso!

Quisiera contarte los que vinieron luego, fueron varios, pero era tanto el gozo que me perdí. Cuando abrí los ojos, ya era otro día y yo, supongo, ya era otra. Una más feliz que ayer y muy, muy satisfecha.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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