¡Qué cosas!, ¿no?

Lulú Petite
27/03/2014 - 03:00

Querido diario: 

Hace algunos años, cuando todavía trabajaba con El Hada y estaba terminando la preparatoria, los compañeros de clase organizaron una ida a Cuernavaca.

Eran tiempos de las grandes fiestas: desveladas tremendas y orgías descomunales, de modo que aparte de la escuela, el tiempo que me quedaba libre lo usaba exclusivamente para descansar. Por eso, cuando se organizaban para algún tipo de salida social, yo inventaba cualquier pretexto y me zafaba del plan.

Aquella vez, sin embargo, los compañeros insistieron. Quienes irían eran de un grupo pequeño y no se trataba más que de pasar un fin de semana entre chupes, conversaciones, música y una bonita piscina. Recuerdo haber pensado que, si bien me la pasaba de fiesta en fiesta, lo cierto era también que casi nunca convivía con gente de mi edad.

En los compromisos de El Hada los clientes más jóvenes andaban en sus 40 y aunque eran fiestas animadas, para nosotras era trabajo y, aun disfrutándolas, reconocía que estaba fuera de lugar, viviendo cosas no acordes a mi edad ni intereses, siendo en esas fiestas más una golosina que una invitada. Por eso, aquella vez acepté ir a Cuernavaca.

Era una casa grande con cuatro recámaras (todas con una sola cama), un gran cuarto de juegos, jardín, asador y una preciosa piscina. El clima era estupendo y no había nada más qué hacer que ponernos los trajes de baño y acostarnos a tomar el sol.

Íbamos cuatro chavas y cuatro chavos. Andrea y Beto eran novios, y como la casa era del papá de Andrea, les tocó la habitación principal. Luis y Anna también andaban, así que igual les tocó habitación juntos. Los que íbamos sin pareja éramos Adriana, Memo, Pepe y yo, así que dividimos los dos cuartos restantes en de “niños” y de “niñas”.

La mañana estuvo divertida, en la tarde Beto encendió el asador y prepararon unas carnes deliciosas. Entre risas, comida, sol, alberca y mucho chupe, la tarde se fue consumiendo y la madrugada nos sorprendió alrededor de una fogata. Los primeros en despedirse fueron las parejitas, que se metieron a ponerle a sus respectivas habitaciones, yo aproveché la oportunidad y también me fui a dormir. Se quedaron en la fogata Adriana, Memo y Pepe, que ya traían un buen cuete.

Comenzaba a amanecer cuando abrí los ojos y vi que Adriana no estaba en la cama. Me senté y vi por la ventana un bulto hecho bolita en el jardín, a un lado de lo que quedaba de la fogata. Supuse que era ella y que, en la borrachera, se la siguió allí hasta amanecerse. Me levanté, me puse una bata y salí a ayudarle a levantarse.

Cuando me acerqué, descubrí que la bolita era Pepe, un chavo más grande que el resto, un poco gordito, pero de una timidez gigantesca. Él ni siquiera estaba con nosotros en la escuela, pero era el hermano mayor de Andrea y, aunque no encajaba, era su casa y se unió al grupo.

Durante todo el día, prácticamente no había pronunciado palabra, ya en la madrugada, poco después de que me metí a dormir, él hizo lo mismo, sin embargo, unos minutos más tarde entró Memo a su habitación y, como había convencido a Adriana de hacer el amor, le pidió a Pepe que les cediera el cuarto. Por eso, cuando desperté y el sol del día siguiente comenzaba a salir, a quien me encontré hecho bolita en el piso fue a Pepe.

Sentí feo cuando me lo contó. No sé si me enterneció su nobleza, su timidez o imaginarlo deseoso de vivir también las mieles del amor de fin de semana, en vez de tumbarse solo en el piso; el caso es que decidí hacerlo feliz. Le tendí la mano y, tal y como tenía pensado hacerlo con Adriana, lo invité a que se fuera al cuarto conmigo.

—Pinche Memo, mira que dejarte afuera, debes estar molido durmiendo en el piso, ¿te duele la espalda?, pregunté ya en la cama, al tiempo que comenzaba a sobarlo más como una caricia que como un masaje.

—Tienes nudos, le dije, se sienten duros.

Antes de que pudiera contestar o al menos reaccionar, le di un beso en su espalda desnuda, él se quedó quieto, apenas respirando y yo seguí repartiendo besos en su piel suave, fría, salada. Me pegué a él restregando mis senos en su cuerpo y, sin dejar de dibujar un camino de besos entre su cuello y sus hombros, rodeé su cintura con mi brazo y busqué en su bóxer el latir de su erección.

—Aquí está más duro que los nudos de tu espalda. Debo relajarte.

Entonces lo jalé despacio para que rodara sobre sí mismo y se pusiera de espaldas en el colchón, le di un beso en los labios y puse su mano en mis pechos. Él comenzó a moverla para hurgar por mi cintura, por mi vientre, por mis nalgas, por mis muslos, mientras yo seguía jalando su erección, primero despacio, después a toda prisa. De pronto, a medio beso, un chorro de leche tibia brincó hacia el pecho y vientre de Pepe. Me levanté, tomé un kleenex y lo limpié.

—Bueno, ya estás relajado, le dije. Ahora sí, a dormir.

Fuimos novios el resto del fin de semana, después, aunque me buscó varias veces, no lo volví a ver, hasta hace unos días, que coincidimos en el lugar menos pensado y supe que se había casado con Adriana, tienen tres hijos y son muy felices. ¡Qué cosas!, ¿no?

Hasta el martes

Lulú Petite 

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