'El sexo en viernes'

Un plan inesperado hace que Lulú descubra que se pueden tener sensaciones intensas más allá de la intimidad
Lulú Petite
26/11/2015 - 08:57

Querido diario: Esperaba el desayuno, mientras terminaba de leer correos electrónicos en mi teléfono y escribía uno para un cliente que de vez en cuando se pone romántico y quiere que nuestra saludable relación de negocios se turbe con un intento de romance. Llegó mi jugo energético y fruta con yogurt. Ni pedo, por mi gusto me zampaba un plato de chilaquiles con dos huevos estrellados, pero en el gimnasio sólo sirven omelettes de puras claras ¿qué es eso? Es como sexo sin besos ¡No sabe!

Miré el reloj en el teléfono después de mandar el correo, eran las 12:00  del día. Viernes y no tenía más cosas planeadas que esperar a que llamara algún cliente. Fui a mi casa y me puse linda. Vestido coqueto, lencería seductora, maquillaje, peinado y perfume en las áreas estratégicas: detrás de las orejas, en las muñecas, una gota abajo del ombligo y entre mis senos. Atendí una primera llamada a la una de la tarde.

 

Era Roberto. Un buen cliente. Lo conocí hace unos tres años y me llama más o menos seguido. La cosa con él es que, lo suyo, lo suyo, es ‘la chaqueta’. Se masturba mucho. Tanto, que ya le cuesta trabajo venirse cogiendo.

—Lo que tienes tú es que estás muy pinche amañado —le dije cuando de plano se rindió conmigo, se acostó viendo al techo y se la comenzó a jalar como si estuviera tratando de arrancársela. ¡Flap, flap, flap, flap! A toda velocidad, con el puño en su sexo jalando con potencia.

Eso pasa porque se la jalan un día sí y otro también y no es lo mismo la manita que la panocha, sencillamente no es lo mismo, por más que una la sepa mover muy bien y haga mejor twerking que Hannah Montana o más perreo que reguetonera, no hay cadera humana que supere la velocidad de una puñeta. Y cuando lo hacen tan seguido se quedan muy amañados y, pues ni modo, deben terminar a mano. 

Hasta el hombre más infiel se vuelve ‘leal a Manuela’, cuando de plano no deja de ‘jalarle el pescuezo al ganso’. Después aunque quiera, no puede.

Ese viernes atendí otros dos compromisos. Uno con un señor medio peloncito que insistía en enseñarme a jugar ajedrez y pasó más tiempo en eso que el rato que cogimos. Al final creo que tampoco yo lo convencí de que mejor él jugara Candy Crush. Me despedí de él con un besito en los labios y declarándome en jaque mate.

Atendí después a un muchacho joven, recientemente casado, que venía conmigo para vengarse porque su esposa ‘le puso el cuerno’.

—¿Estás seguro? —le pregunté. Luego hay gente que da por ciertas las sospechas o los rumores.

—Los caché —dijo mirando al piso.

—¿Besándose? ¿Saliendo?

—Cogiendo —interrumpió sin querer dar más detalles. Lo dejó claro cuando calló mi siguiente pregunta con un beso.

Nos desnudamos, le hice sexo oral un rato, le puse el preservativo, me la metió y comenzó a moverse bien.

Lo hacía rico, pero de pronto, de la nada, en un cambio de posición se le bajó todita. No sé si haya sido remordimiento de conciencia o qué onda, pero fue imposible volvérsela a parar.

Terminamos la hora abrazados platicando. Se fue sin saber qué hará, dudando entre pagar el precio del perdón o sufrir el dolor de un divorcio, tan pronto.

Era viernes y después de tres clientes adorables, era buena hora para cerrar el changarro. A las 11:00 de la noche llegué al antro. Hacía rato que no iba, pero los ex compañeros de la escuela insistieron.

Karla, una chica de la escuela con quien me llevo poco, llevó a su novio, un chavo entre guapo y sin chiste, que se la pasó con cara de notario público en audiencia testamentaria, pero que llevaba a un primo de lo más lindo: Guitarrista en sus tiempos libres, platicador, bohemio y con un buen trabajo en una constructora o algo así.

Como los dos íbamos solos terminamos siendo pareja involuntaria.

Se llama Miguel. Me dio risa cuando me dijo que se apellida Hidalgo. Es como llamarse Simón Bolívar, Emiliano Zapata, Francisco Villa. No sabes si se identifican con credencial del IFE o con una estampita de la papelería. El caso es que me hice amiga de nada más y nada menos que del Padre de la Patria ¡A huevo! ¡Viva México!

Don Miguel Hidalgo resultó, además, ser encantador. ¿Qué te digo? Está guapo, moreno claro, mirada pícara, cabello poco, pero bien cuidado, una incipiente barba y bigote de tres días, cara de inteligente y los comentarios más sarcásticos y cagados, de esos que me hacen reír.

Cuando nos despedimos me acompañó hasta que el valet me entregó mi carro. Cuando me ofreció la llave, él se adelantó a recibirla y le dio la propina al muchacho. Antes de dejarme subir a mi coche, me tomó del brazo y con una violencia cachonda, me jaló hacia él y me dio un beso de piquito.

Sentí que las piernas se me hicieron de champurrado. Me metí al coche y, antes de encenderlo e irme, le pedí su aparato celular, apunté allí mi teléfono privado y me marqué.

—Ese es mi número, llámame —no había llegado a mi casa cuando recibí el timbre de un mensaje de texto. Era él:

“Me encantas, ¿te puedo ver mañana?”, decía.

Un beso

Lulú Petite

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