A darnos... aliento

Lulú Petite
26/09/2017 - 10:06
 

Querido diario:Desde el 19 de septiembre cerré el negocio. Has de entender que no tenía cabeza para trabajar. Había muchas otras prioridades antes de pensar en seguir vendiendo caricias. Después de ponerme a salvo, el primer impulso, como seguramente te sucedió a ti, fue llamar lo más pronto posible a las personas amadas para saber si no les había pasado nada; si en el grupo más cercano de quereres no había tragedias.

La calle era un mar de corazones asustados, como hormigas, la mayoría mirando hacia arriba, buscando como quien pesca en el cielo, un lugar dónde agarrar señal, para alcanzar la llamada esperada y oír la voz que buscas, saber que todo está bien, que sólo fue el susto. Conforme las llamadas se lograban, o llegaban por mensaje las confirmaciones de los seres queridos, los rostros de angustia comenzaban a convertirse en rostros de asombro.

Una mujer, sin embargo, mantenía en su cuerpo los temblores que hacía unos minutos cimbraron la tierra. Entró en pánico porque no podía comunicarse con su hija. Un vecino se acercó y le pidió el número. Le mandó un Whats y la muchacha contestó. La mujer sonrió aliviada, mientras sus ojos se anegaban.

Sin teléfono, los mensajes en WhatsApp fueron el mejor medio de muchos para hacer contacto y encontrar alivio. Mientras confirmábamos que nuestros seres queridos estaban bien, también veíamos los videos que comenzaron a circular. Sorprendidos por la magnitud de lo que pasaba apenas a unos metros de nuestros pies. Sólo al ver esas imágenes caímos en cuenta de que estábamos en una de las zonas más afectadas.

En la calle, azorados, los vecinos narrábamos nuestras historias. Anécdotas de lo recién vivido y recuerdos de otros tiempos. Era inevitable, para quienes lo vivieron, hablar del 85. Las cosas que han cambiado, las que siguen iguales. Compartir nos hermanaba.

Entonces comenzó a llegar más gente. Al principio, nos quedamos afuera de nuestros edificios, después comenzamos a caminar. A falta de transporte, recorrimos la calle como un éxodo de hormigas. Primero civiles, vecinos de los sitios críticos que nos acercábamos, con miedo e incredulidad, al polvo y cascajo de los edificios colapsados.

Y nos sumamos como pudimos. No había cabeza para otra cosa, era nuestra responsabilidad. Llevar, traer, mover, cargar, apoyar, comunicar, rescatar. Todos nos hicimos uno.

Las primeras horas fueron las más difíciles. Después de poner a salvo a nuestra gente, regresamos al barrio. Cada hormiguita tomó una tarea, algunos comenzaron a levantar piedras, otros a organizar el tráfico. Mi primera reacción cuando supe que era posible entrar a mi edificio, fue vaciar la alacena, sacar todos los víveres: Latas, leche, cereales, croquetas para perros, juguetes, ropa, enseres. Lo que fuera de utilidad. Desnudamos la casa, metimos todo al coche como pudimos y nos movimos apenas unas calles, al centro de acopio más cercano, que estaba instalándose.

Después de la gente llegaron los especialistas: marinos, soldados, médicos, rescatistas, topos y bomberos, que no han parado un minuto de darlo todo. Nos pusieron orden. Explicaron cómo hacer las cosas, cómo no poner en mayor riesgo a las víctimas ni a los voluntarios. Hicieron del puño en alto un símbolo que hoy comprendemos todos. El símbolo de un silencio que llena de esperanza. Aprendimos también cuánto ayuda el que no estorba.

Ha pasado ya una semana desde el desastre y el aire sigue tenso. A mí me tocó involucrarme en el acopio. Ya en los grupos nos conocemos. La Ciudad es tan diversa, pero está colaborando gente de todos lados y estilos. Lees en las redes sociales información tan difusa.

Lo que yo he visto es amor. No tengo para los marinos, soldados, topos y policías, más que frases de reconocimiento. ¡Claro! ¡Están haciendo su trabajo! Pero su trabajo es arriesgar la vida, meterse a donde para la mayoría de nosotros sería imposible. Ordenar, organizar, rendir cuentas y lidiar con información contradictoria. Ese es el trabajo de un héroe.

Nosotros, los espontáneos, actuamos por instinto; pero la experiencia y entrenamiento de ellos ha hecho eficaz el trabajo de todos. Si vemos y admiramos a esos perritos hermosos que han salvado tantas vidas, no podemos olvidar al marino que los entrenó y los guía en el rescate.

Desde el 19 de septiembre cerré el negocio y ahorita, al terminar de escribirte, voy a seguir preparando unas tortas para los amigos del centro de acopio.

Hasta el jueves, Lulú Petite

 
 
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