Parecía una locomotora

Lulú Petite
26/07/2016 - 03:00

Querido diario: Al estirar mis brazos, las puntas de mis dedos tocan la cabecera de la cama en una habitación de motel. La cama se mueve como si en ella golpearan las bravas olas de un océano furioso. Me miro en el espejo del techo, veo mis ojos perdidos, mi cuerpo desnudo, mis brazos extendidos, mis senos redondos, mi cintura.

Mis muslos están sobre los hombros de un hombre. Se llama Alberto, es muy alto y con brazos fuertes, tiene una cara muy masculina, casi tosca, pero a la hora de coger se pone bien chacal. Es además ágil y tiene imaginación. 

Mis piernas rodean su cuello y él lame, chupa, besa, mordisquea. Su lengua es altiva. Mi clítoris es una terminal nerviosa bombardeada de estímulos. Él está de rodillas, sosteniéndome por las nalgas con una mano y masturbándose con la otra. Las colchas hechas remolino son el respaldo de mi espalda arqueada. Me aferro como puedo a la almohada, la aprieto con las manos. Enloquecida de placer. Mi cabeza se tuerce. Cierro los ojos y me dejo llevar por la avalancha de sensaciones que me provoca este hombre rústico. Siento algo de vértigo, pero la adrenalina que me impulsa, aprieto mis muslos contra sus orejas, su lengua es implacable martillando mi clítoris. Me veo en el espejo, verme así, extraviada y vencida por el placer en los labios de ese extraño me calienta aún más. Él sigue comiéndome, bebiendo de mí. Me agarro de pronto a su cabeza. Siento los surcos de calvicie en su cabello. Me aferro a los costados, donde aún hay cabello. Entrecruzo los pies y aprieto la cadera. Estoy a punto cuando decide levantarme con sus dos brazos y ponerme boca abajo. Levanto las nalgas y empujo mi cadera hacia atrás. Me agarro a la orilla de la cama, con mis dedos entre el colchón y la cabecera y lo escucho abrir el paquete del condón.

Mi cabello barre mi espalda, acaricia el borde superior de mi culo. Él aparta un mechón suavemente, me besa en el hombro y me ensarta su pene inoxidable. Siento algo bullir dentro de mí. Un calor electrificante se construye dentro de mí átomo por átomo. Siento que empiezo a derretirme. Estiro mi mano hacia atrás por entre mis piernas y toco sus bolas, que rebotan en los labios de mi vagina. Acaricio y masajeo, con el ceño fruncido, la boca entreabierta, sin poder parar, sin procesar toda esta descarga de placer. Alberto aumenta el voltaje y se agita también, empujando con su cadera su pieza prensada dentro de mí. El sonido es como un batir de alas. De pronto se detiene, clavando su pene lo más hondo que puede. Pero no ha terminado todavía. Sin salirse nunca, se sienta con las piernas abiertas. Yo descanso con la espalda apoyada en su pecho y abdomen, los pies sobre sus rodillas. Todo el peso de mis nalgas es para incrustarme en su miembro palpitante.

Asciendo y desciendo. Mi centro de gravedad es cada vez más ligero. Nuestros fluidos se escurren y se mezclan con el lubricante del preservativo. Él me toma por la cadera y me ayuda a moverme, cada vez más rápido. Siento que me descoso. Estoy a puntito. Él también. Yo quiero gritar. Me esfuerzo por no hacerlo, pero es inútil. Exploto en el hemisferio sur y por mi boca sale un gemido que Alberto ataja tapándome con su palma abierta y salada de sudor.

Él se hinca en el aire, empalándome hasta el último tramo de cuerpo. Estoy desorientada. Me vine formidablemente. Me acuesto de costado junto a él. Alberto extiende los brazos boca arriba, atajando bocanadas de oxígeno. La punta del condón parece un dulce de leche. Su pene se distiende y va cayendo por su propio peso. Ha sido increíble.

Seco y agotado, no se le para más y pasamos lo que queda de tiempo hablando y acariciando nuestros cuerpos desnudos. De pronto se sienta en el filo de la cama y me pregunta por algunas direcciones y por cosas que hacer en la ciudad. Lo oriento un poco y le recuerdo que, si es por hacer algo, que me llame cuando ande caliente y con ganas de liberar tensiones.

Me da una propina y se despide soplando un beso desde la palma de su mano. Salgo del motel agotadísima, pero satisfecha. Las rodillas me tiemblan. Siento que no doy pasos sino tumbos. ¿Cogí con un hombre o con una locomotora? Tengo la mente en blanco. Alberto está recién llegadito a México. Vino de Costa Rica a trabajar durante tres años en un proyecto petrolero. Es viudo. Ironía: la terapeuta sexual, acaba de recibir una muestra de su tratamiento.

Conduzco a casa. Enciendo el radio y dejo lo que está sonando. En un semáforo en rojo cruza frente a mí mi ex, Miguel, quien me pidió matrimonio en enero, tomado de la mano de una chica muy guapa. No hay celos. No hay nada. Estoy como en un limbo de relajación, saliendo de un masaje profundo.  No me doy cuenta de que la luz cambió. El alboroto hace que los peatones volteen, incluidos Miguel y su chica. Acelero y le subo a la música.  

Un beso

Lulú Petite

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