Cada cuatro años

Lulú vive un apasionado encuentro para calentar ánimos antes de que la selección venciera a Croacia
Lulú Petite
26/06/2014 - 03:00

Querido diario: 

—¡Hola M!, respondí con cachondería al ver su nombre en la pantalla de mi celular.

—Hola muñequita, te he echado de menos.

—Yo también te he echado de menos corazón, me has tenido muy abandonada.

M es un cliente asiduo y hacía más de un mes que no me llamaba, además de extrañar nuestros eróticos encuentros y fascinantes conversaciones, también echaba de menos su generosa contribución a mi quincena.

Es un hombre que me gusta ver y consentir. Vive en Monterrey, pero tiene negocios en el Distrito Federal y viene varias veces al mes. Generalmente se hospeda en un hotel de Reforma que le queda cómodo para las cosas que debe atender. Generalmente nos vemos en el lobby y subimos a la habitación, es un hombre maduro, de corte intelectual, delgado, serio y muy bueno para hacer el amor.

—¿Nos podemos ver temprano?

—Claro ¿Qué tan temprano?

—¿Qué tal a las tres de la tarde? Te invito a comer.

—¿A las tres?

—Sí

—Qué ¿No vas a ver el partido de la selección?

—Podemos verlo juntos.

Busqué en mi armario algo lindo que ponerme, elegí un vestido corto plateado y tacones negros. Salí a tiempo de mi casa rumbo a Reforma.

Como siempre, nos encontramos en el lobby, aunque sólo para enterarnos de que el restaurante estaba hasta el copete de aficionados robándole un par de horas a la oficina para ver en las pantallas del lugar el México-Croacia, no cabía un alfiler, así que la única opción disponible para comer y no perdernos el partido era el room service. En la tele el árbitro daba el pitazo inicial (sin albur).

Cuando, entramos a la habitación el árbitro le mostraba a Rafa Márquez la tarjeta amarilla ¡carajo! El partido iba avanzado y seguíamos 0-0. Afortunadamente la habitación tiene una mesa cómoda como para pedir lo que se nos antojara. La comida llegó justo en el medio tiempo. Supongo que el camarero se esperó hasta entonces para subirla.

M, fingiendo una innecesaria caballerosidad separó la silla, aunque antes de que me sentara me acarició el trasero.

—Te ves preciosa, me dijo clavando su nariz en mi cuello provocativamente, ya quiero tenerte.

—Más despacio tigre,  respondí. ¿No será mejor que esperemos a después de comer? Muero de hambre.

Parecía que no quería esperar; me dio un beso en el cuello y, poniendo sus dedos en mi entrepierna, sobre mi falda, me susurró: ”Lo único que quiero comer ahorita es a ti”.

Sentí la calentura palpitar entre mis piernas y su respiración tibia en mis oídos. Deslizó su mano por debajo de mi vestido, separó mis piernas que temblaban a su toque y trazó con sus dedos sobre mis muslos un camino hasta mi sexo encendido. Acarició mi clítoris con movimientos suaves.

—¿De verdad no prefieres comer? Pregunté nerviosa.

—Shhh, mientras más pronto mejor, muero de ganas de hacerte mía.

Llevó su dedo medio a la boca, lo humedeció y lo puso en mi vagina. Eché el cuello para atrás, consciente de que era hora de trabajar, cerré los ojos y gemí con la caricia.

Continuó, hundiéndose en mi sexo una y otra vez, perdido en su placentera tortura. La magia de sus dedos sobre mi clítoris me tenía extasiada. Sensaciones abrumadoras iban y venían, como si él tuviera un manual y supiera exactamente qué botones oprimir para volverme loca. Todavía de pie, con sus dedos invadiendo mis partes íntimas, me recargué en la mesa, era tanto mi descontrol que casi caigo en la comida.

—¿Segura que todavía prefieres comer primero?, dijo en voz canalla.

—¡Cógeme ya!, le contesté.

Me dio la mano, retiró de nuevo la silla en la que no me había siquiera sentado y me jaló con cortesía hasta la cama, donde me levantó el vestido, lo sacó de un tirón y empezó a devorar mi sexo con tanto apetito como si realmente fuera su alimento. Me retorcía y gemía deseando que esa sensación nunca terminara.

Se detuvo sólo para ponerse el condón y comenzar a taladrarme con tal fuerza que no paré de gemir. Lo hacía bien, bombeando deliciosas embestidas que me tenían temblando sobre el colchón.

No podía esperar más, las sensaciones se acumularon en mi cuerpo hasta que no pude evitar estremecerme en un orgasmo brutal, cuando, de pronto, un tiro de Andrés Guardado en el área chica, era gol, pero un defensa croata lo detuvo con las manos en un brinco que habría envidiado el propio San Memo Ochoa. La neta no sé si gritamos con el orgasmo o con el coraje.

Después del sexo nos aseamos y justo cuando estábamos sentándonos a comer (con los platos suficientemente fríos por la cogida), aquel tiro de esquina se convirtió en gol: Rafa Márquez, Guardado y el Chicharito. Cada uno de sus goles retumbaba por el hotel entero. Entre vivas y cláxones se escuchaba ya ánimo de fiesta en la Ciudad de México.

Al final, bajo un paraguas, M y yo caminamos por Reforma, rumbo al Ángel, para celebrar esperando que Holanda siga la suerte de esos europeos a los que les ha venido mal “la calor”. Después de todo, la alegría se contagia y ésta sólo se vive cada cuatro años.

Un beso 

Lulú Petite 

 

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