¿Quieres con el viejito?

Me quité los zapatos y atraje a Carlos hacia mí jalándolo por el cinturón. Le desabroché el pantalón, se lo bajé hasta los tobillos e hice lo mismo con su bóxer
Lulú Petite
26/05/2016 - 05:00

Querido diario: En los moteles, siempre discretos, impersonales y acogedores, puede reinar la confusión. Todo error es humano, especialmente cuando todos los pisos son iguales: Elevador, pasillo, alfombra y puertas; cada piso, una reproducción idéntica del otro. Pero algo hay que entender y asumir como un credo de vida: lo bueno de equivocarse es que luego te puedes reír de tu propia metida de pata.

Me había llamado Carlos, un cliente nuevo. Nos pusimos de acuerdo por teléfono y salí rumbo al motel cuando me dijo que estaba instalado en la habitación 417.

En menos de veinte minutos estacioné mi coche, eché un último vistazo al espejo, me retoqué el maquillaje, arreglé mi cabello y me bajé. Puse el seguro a mi puerta, subí al ascensor y oprimí el botón del cuarto piso. El elevador se abrió en la recepción. Allí se subió un hombre joven y de buena apariencia que me vio de arriba abajo como queriendo encuerarme con la mirada. Seguramente había ido de putas y sabía que yo era una, pero no se animó a preguntarme. Probablemente ya había quedado con una colega. Cuando la puerta del elevador se abrió, entró una parejita y salí yo.

Caminé por el pasillo, busqué la puerta indicada y justo cuando iba a tocar se abrió de un soplido. Un viejito de lo más mono asomó su calva brillosa y sus ojitos pequeños, me miró de pie a cabeza, con su respectivo detenimiento en mi escote.

—Hola —dije.

—Pasa —respondió sonriendo antes de salir, mirar a ambos lados del pasillo y cerrar la puerta tras de sí.

—Bien —dije sentándome en el filo de la cama.

Pero el hombre me observaba con cierta duda, como si algo no cuadrara. Era difícil descifrar sus pensamientos.

—¿Y la otra chica? —preguntó entonces.

¿Otra chica?, pensé. Su voz sonaba distinta a como la había escuchado por teléfono. La voz en el teléfono se oía de un hombre joven, él en cambio tenía una voz acorde con su edad…

—¿Qué otra chica? ¿No eres Carlos? —le pregunté.

Resulta que aquel caballero, ciertamente, había contratado un servicio y esperaba que llamaran a su puerta, sólo que no era a mí a quien había llamado. Él había hablado a otra chica y había pedido un servicio de trío, con lesbian show. Ah qué viejito más chistoso. Cuando me di cuenta del error me disculpé y caminé hacia la puerta. El señor trató de pedirme mis datos, para llamarme luego, pero yo estaba muy apenada para dárselo, así que preferí quedar como una despistada anónima que despejarle la incógnita, quizá, si el destino lo quiere y lee esto, sabrá dónde encontrarme. Condenado viejillo. A sus años y no se despacha de a una, sino de a dos. Bien por él. Salí al pasillo y vi que no me había equivocado de número de habitación, sino de piso. Toqué en la 317 y Carlos estaba un piso arriba. Todo por bajarme del elevador sin ver en qué piso se había detenido. En el pasillo me encontré a las chicas que, seguramente, iban a la habitación del viejito.

Al final toqué en la 417. Carlos era un hombre simpático y le pareció muy graciosa mi anécdota. Venía de una reunión de trabajo y un amigo le había recomendado que me llamara. El nombre de su amigo me sonaba de algo y dije que sí lo recordaba, pero francamente no. De cualquier modo, no quería ser ese tipo de mujeres que se equivocan garrafalmente dos veces en menos de cinco minutos, así que cambié de tema.

Me quité los zapatos y atraje a Carlos hacia mí jalándolo por el cinturón. Le desabroché el pantalón, se lo bajé hasta los tobillos e hice lo mismo con su bóxer. Tomé su maquinaria con las dos manos y empecé a frotar con paciencia. Alcé el rostro y lo miré, estaba con los ojos cerrados y la cara levantada hacia el techo, extasiado y perdido en sus pensamientos llenos de deseos. Algo en esa imagen me puso muy cachonda.

Terminé de desnudarlo y me puse a cuatro patitas en la cama. Me llevé su pene a la boca y me lo chupé hasta la raíz. Sacaba la lengua para lamerle las bolas, rechonchas y jugosas. Él se deshacía en gemidos muy ricos. Me acariciaba el cabello, peinándolo con sus dedos, rascando suavemente mi cabeza, mi nuca, mi cuello. Con la otra mano me sobaba las tetas, apretando delicadamente y pellizcando mis pezones. Podía sentir su pene palpitando, endureciéndose y prensándose cada vez más entre mi paladar y mi lengua.

Luego lamí su ingle, su ombligo, su pecho, su cuello. Él fue cayendo sobre mí en la cama. Estaba más que listo.

Me penetró al instante. Primero empujando con delicadeza y luego, a medida que se iba humedeciendo mi vagina, imponiéndole más ritmo, más fricción. Era riquísimo.

El buen ritmo de nuestra unión fue esparciéndose por nuestros cuerpos acoplados, apoderándose de nosotros como un hipnótico escalofrío. Un chispazo recorrió mi columna cuando no pude aguantar más. Fue exquisito. Acabamos al mismo tiempo.

En el estacionamiento me encontré de nuevo con el viejito. Me despedí de él con una sonrisa.

 

Un beso,

Lulú Petite

 

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