“Pedro y Pablo”, por Lulú Petite

Lulú recuerda a dos hermanos con los que pasó grandes momentos
Lulú Petite
26/02/2015 - 04:30

Querido diario: Parte del encanto de la prostitución es que, de una forma u otra, justifica ciertos actos promiscuos que de otro modo no cualquiera puede experimentar en la vida y que, para mucha gente, no pasan de ser fantasías, cosas que se leen en libros eróticos, en películas porno o que inspiran alguna bonita masturbación.

Trabajando, muchas de esas historias de cuento erótico me ha tocado experimentarlas en carne propia. Hace algún tiempo, cuando trabajaba con El Hada, conocí a un par de hermanos. Digamos que se llamaban Pablo y Pedro. Eran dos hombres preciosos. Pablo tenía veintitantos y Pedro treinta y pocos.

Físicamente se parecían mucho, como una gota de agua a otra. Eran apiñonados, con grandes ojos color miel, brazos fuertes tupidos de vello, sonrisa Colgate, delgados (sin llegar a flacos), de cabello negro perfectamente peinado, anchos de espalda y altos (sin ser gigantes). Recuerdo que les crecía rápido el vello facial. A pesar de que en la mañana tuvieran la piel del rostro como nalga de bebé, en la noche ya parecía papel de lija, aun así siempre estaban escrupulosamente afeitados. Eran unos muñecotes.

Eran hijos de familia, vivían en Las Lomas y tenían un titipuchal de varo. Se llevaban con pura gente de esa que ves en las revistas de sociales y se daban la gran vida, todo el tiempo en la fiesta, con buenos coches, ropa de lujo, relojes finos, viajes a todos lados y, desde luego, se daban a las chicas de El Hada un día sí y el otro también. Eran divertidos y juguetones. Tenían un depa en la mera Zona Rosa, de los poquísimos edificios en esas calles que todavía eran exclusivamente habitacionales. Lo tenían nomás para echar relajo, era su guarida, un lugar dónde seguir la fiesta y ponerle con las chavitas que se ligaban o con las que contrataban. En ese tiempo, yo andaba tirándomelos a los dos.

Claro, no es que fuera su novia. Para nada. Hasta donde sé, ahora ambos están felizmente casados, pero en ese entonces eran un par de chivitos descarriados (ovejas no, más bien tenían temperamento de cabras) incapaces de andar de novios con nadie. Ellos nomás cogían y, como eso era lo suyo y les encantaba compartir la parranda, no tenían inconveniente con que hiciera el amor con uno y luego con otro.

Claro, tampoco yo lo hacía por amor al arte. Podrían ser lo guapos y divertidos que quisieras, pero yo no estaba allí por puta (bueno, sí, pero no de a grapa), sino por chamba. Al principio, cuando empezaron a llamar a El Hada, pedían a varias chicas y nos fuimos conociendo. No sé por qué, pero con el paso del tiempo me agarraron cariño.

Supongo que porque me veían muy chavita o porque aunque era más bien tímida, me salía lo pantera nomás me picaban tantito. Igual porque en el fondo también tenía alma de chivita en cristalería y nuestras vocaciones caprinas se sintonizaron, el caso es que me agarraron cariño y comenzaron a pedirme en exclusiva. A pesar de lo pachangueros y desordenados que eran, siempre fueron extraordinariamente caballerosos, no te imaginas, me trataban con mucha delicadeza.

Algunas veces me llamaba Pedro, algunas Pablo, otras los dos juntos. Yo cobraba por hora y por cliente, así que dependía de cuánto tiempo estaba y con cuántos me acostaba, el monto de lo que habría que cobrar. Ellos nunca tuvieron broncas con el pago.

A veces me llamaban sólo para que fuéramos a cotorrear. Íbamos al antro o agarrábamos la fiesta en su depa. Otras era un asunto romántico, nos metíamos a su cuarto y hacíamos el amor.

Pablo era un espléndido amante, Pedro no tanto. Los dos le echaban ganas, pero Pedro era más bien rutinario, me pedía que me desnudara, me acostaba boca arriba y me cogía de misionero. Se movía bien, pero no era creativo.

Pablo en cambio era un malabarista. Me ponía de todas las formas posibles y era tan intuitivo y generoso en el sexo que sabía cómo fabricar los orgasmos más intensos antes de llegar al suyo. Cogía delicioso.

Sólo una vez en todo ese tiempo estuve con los dos el mismo día. Generalmente, cuando me llamaban sólo era la noviecita de uno de los dos, sólo él podía meterme mano y el otro estaba simplemente como un amigo. En la siguiente ocasión era la novia del otro y así, dependía de quién me había pedido con El Hada y, claro, de quien estuviera pagando.

Esa tarde, sin embargo, los dos andaban calientes. Estábamos en su depa y una cosa llevó a la otra. Cuando nos dimos cuenta ya los dos me estaban metiendo mano. Hubiéramos terminado improvisando un trío a no ser porque uno de ellos se sacó de onda y propuso que lo hiciéramos por separado. Sortearon con un volado quién iba primero, pero al final terminé acostándome con los dos.

Pasado un tiempo dejamos de vernos. Yo dejé a El Hada, comencé a anunciarme por mi cuenta y ellos hicieron su vida. Lo cierto es que como una experiencia erótica eso de andar con dos hermanos calienta y mucho. Aún me mojo recordándolos.

Un beso

Lulú Petite

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