Igual de caliente

Se puso el condón y me dijo que me volteara. Apuntó su pene con una mano y me lo empujó hasta dentro, me taladraba por dentro de una manera deliciosa
Lulú Petite
26/01/2017 - 05:00
 

Querido diario: Arturo es de esos clientes que atiendo desde hace mucho. Desde antes de comenzar a escribir esta columna. Cuando lo conocí, era soltero. Entonces era muy fiestero y mujeriego. Todos los fines de semana estaba de farra y, cuando no la cerraba con alguna chica que ligaba, llamaba a una profesional.

En una de esas nos conocimos y se hizo mi cliente fijo. Arturo me gusta. Es guapetón y tiene, además, un estilo para vestir que me fascina, y  hace el amor muy rico. Siempre que me recibe, me toma en sus brazos y me da unos besos exquisitos. Es de esos hombres que no sólo saben besar, sino que saben prenderte con los labios. Esa perfecta sincronía de caricias, corazón y boca que puede hacer de una sesión de besos la antesala perfecta para el sexo más cachondo.

Durante un tiempo nos veíamos muy seguido. Luego consiguió novia. Cuando me lo dijo, supuse que era un aviso de que nuestra relación de trabajo había llegado a un final feliz, para él, ya tenía domadora, podría calmar sus pasiones con ella y, bueno, yo tendría que extrañarlo, pero no. Lo hacía menos a menudo, pero seguíamos cogiendo. Ya sabes, una escapadita de vez en cuando. Una golondrina no hace verano. Un acostón no hace cornuda. Si el sexo se paga, no cuenta como infidelidad. En fin. Me explicaba sus teorías y, claro, yo las aceptaba. Ultimadamadresmente, no era la agraviada.

Pero de pronto, me citó y con una solemnidad de agente funerario, me explicó la sentencia, claro antes de ponernos a coger como conejitos en celo, se puso serio y me dijo que esa sería su despedida de este deporte extremo. La última cogida de paga. Después de esta, se iba a casar y ¡punto final a la vida libertina! Desde entonces sería otro.

Tenía casi un año sin saber de él. A pesar de que es de los clientes que una va conociendo tanto que ya hasta nomás por saludar escriben. Y cuando nos vemos, hablamos un poco de todo. Él, por ejemplo, me escribía mensajes a menudo, para saludar, salíamos, era un buen cuate. Pero se casó y puso fin también a eso. 

—No sabes cómo extrañaba tu cuerpo, —me dijo el jueves, quitándose los zapatos. 

Sonrió y se acostó a mi lado, encajando su pierna entre las mías. Apoyó su rodilla y presionó suavemente. Sus manos se hincaron en mi piel. Me sentía cubierta por un manto cálido y vibrante. Me besó sin siquiera apagar la luz. Sentí el aliento tibio y húmedo impregnar mis labios. Mi lengua recorrió la suya. Poco a poco, algo prominente apareció en su entrepierna, pujando a través de su bóxer contra mi vulva. Empecé a calentarme. Apreté sus nalgas y lo atraje hacia mí para que me restregara la cabeza hinchada de su miembro ansioso.

Abrí las piernas y me agité suavemente, masajeando su pieza con mi vagina, que se humedecía. Sentí una cosquillita que me brotaba de lo más hondo del interior y se concentraba en el eje de mi umbral del placer, cálido como una fruta tropical por dentro.

Arturo metió su índice en mi boca. Con la otra mano acariciaba mi cuerpo, recorriendo cada curva con una diligencia increíble. Le dejé el dedo mojadito y lo metió en mí de un zarpazo. Sentí que me tocaba el clítoris por dentro, acariciando con los dedos que quedaban por fuera mis labios inferiores. Empapada y al borde del delirio, me aferré a su espalda y lamí su cuello, el filo de su oreja. Percibí el momento justo en el que sus nervios crisparon su superficie. Estaba engrinchado, a toque, gimiendo fuera de sí.

Esto no podía esperar más. Se puso el condón y me dijo que me volteara. Me puse en cuatro y lo miré por encima de mi hombro. Apuntó con una mano, apoyó la otra sobre la curvatura de mi espalda y me lo empujó hasta dentro. Me agarré a la sábana y hundí la cara en la almohada al recibir el primer empujón. Su cadera era sólida, contundente, y me taladraba por dentro de una manera deliciosa.

De repente, Arturo me agarró por la cadera,  delicadamente, acercó su cara a la mía y, mientras me cogía, me besó como un desesperado. Sentía su ingle golpeando mis nalgas, su pecho en mi espalda, su aliento en mi oreja, su respiración agitada. Estiré los brazos y me agarré al tope de la cama, que brincaba al mismo ritmo de nuestro movimiento.

Arturo levantó una pierna y se aferró con más ganas. Sentí el peso de su ingle sobre mi culo levantado. Metí una mano entre las piernas y empecé a tocarme. Se aferró a mis pechos cuando estaba por vaciarse, apretó sus gemidos, tensó sus músculos y dio una última estocada, que prolongó en cuanto chorreaba su leche.

—No sabes cómo extrañaba tu cuerpo, —repitió como si no lo hubiera oído antes.

—¿Y tu esposa? ¿Te divorciaste? —Pregunté con malicia.

—No, seguimos juntos —Respondió.

—¿No que eras otro?

—Soy otro, pero igual de caliente— Dijo, como chiste de Polo Polo.

Un beso, Lulú Petit

 
 
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