“La China”, por Lulú Petite

Lulú recuerda a una de las compañeras de oficio más singulares que ha tenido
Lulú Petite
25/09/2014 - 03:00

Querido diario: 

¿Crees que lo que te he contado hasta ahora está grueso? No, ahorita ya soy fresita. En otra época el negocio estaba más rudo. No te imaginas ¿Te cuento de mis colegas en la agencia de El Hada?

Carmen, La China, era una mujer guapa, pero rústica. Creció en Iztapalapa y hasta antes de comenzar a trabajar con El Hada, vivía en Tepito. Era muy guapa, alta, delgada, morena como un trocito de canela en champurrado, con el cabello negro y rizado como sopa ramen, de senos medianos, un trasero espectacular y unos ojos de tormento. Era brava y hablaba de un modo, que era imposible ayudarle a esconder el barrio, además, se le botaba cañón la canica en asuntos de galanes.

Según yo, sexo, alcohol, drogas y dinero son las principales trampas con las que una prostituta puede perder el piso, pero cuando te digo sexo no me refiero sólo al que tenemos con clientes. El peligroso es el que tenemos por amor al arte.

Como cualquier persona con un corazón en el pecho, las prostitutas queremos amar y ser amadas. Más allá del sexo, sentimos la necesidad de encontrar a alguien con quien compartir nuestra cotidianidad, hacer proyectos, coger por calentura, como todo el mundo. El romance es el motor de muchas cosas en la vida. Siempre estamos pensando en alguien que nos complemente, que nos haga sentir bonito y, claro, que nos coja rico. Así es el espíritu, dispuesto a dejarse querer, pero sobre todo, ansioso de querer, de entregarse.

El caso es que hay quienes no saben manejar sus relaciones. En el negocio conocí a muchas chicas que no podían estar solas. Para sentirse completas necesitaban tener un galán, alguien que se las estuviera parchando de a grapa. Carmen, La China, era así. Y tenía unos novios espeluznantes. No lo digo por feos, que a fin de cuentas eso era su bronca, sino porque eran unas fichitas. Andaba con uno, lo declaraba el amor de su vida, hablaba de él todo el tiempo, lo mantenía, se peleaban, lo mandaba al carajo y nos presentaba al siguiente. Desde chavitos más jóvenes que ella, hasta señores que podrían haber sido sus papás. No podía estar sin novio, sin alguien a quien mantener y con quién echar pata.

La mayoría de los novios que le conocí eran de Tepito. El problema con La China es que traía el barrio bien arraigado, hablaba como cargadora de la Merced y tenía modales de chiva loca. El prestigio de El Hada se basaba en presentar a sus chavas como niñas bien. Putitas complacientes tirándole a fresitas. 

 

Con semejante pantera, aunque estuviera buenísima, desentonaba con el resto. Era como si ponías medio kilo de tacos de tripa en un bufet de cortes finos. Igual iban a estar sabrosos, pero todo mundo se preguntaría qué pedo.

De cualquier modo, una de las especialidades de El Hada era domar fierecillas. Todas llegábamos con ella, en mayor o menor grado, como diamantes en bruto. Trabajaba con puras chavitas jóvenes y guapas. Mujeres delgadas, con buenas curvas, sin cicatrices y con rostros bellos. Igual, cuando empezábamos, llegábamos sin conocer el oficio. No es lo mismo saber coger que atender a un cliente. Sexo se consigue en cualquier lado y por mucho menor precio, El Hada nos enseñaba a vender fantasías. A ofrecerle a sus clientes la idea de que se estaban tirando a pura niña bien. Que imaginaran, no sé, que se cogían a las amiguitas de sus hijas o las vecinitas sexys, chavas de su mismo círculo social ¿sabes?

Para eso no basta la percha, para pasar por niña bien hay que parecerlo, hay que domesticar los instintos. El Hada nos enseñaba a maquillarnos, a comprar ropa, zapatos, lencería, a elegir accesorios, nos presentaba a quien nos cuidara la cara, el cabello, las uñas, la piel. Tiene un gusto exquisito, sabe qué le queda bien a cada persona y cómo hacer que cualquiera luzca como si hubiera nacido en sábanas de seda.

Nadie empezaba a atender a sus clientes hasta que no pasaba por ese proceso de sofisticación. Quienes veníamos de clase media pa' arriba, no nos costaba tanto trabajo, pero había otras a las que por más que sacabas a la chavita del barrio, lo que estaba canijo era sacarles el barrio a las chavitas. Carmen era así, arisca como ametralladora.

Cuando llegó desentonaba, parecía algo así como una muy bonita y adornada tiendita de discos piratas adentro del Palacio de Hierro. O sea, por más que la arreglaran, por más linda que estuviera, se notaba que nos la habíamos pepenado de un mercado sobre ruedas.

A los tres meses era toda una dama, había cambiado casi por completo su forma de hablar. Para disimular su acento chilango, hacía un tonito como de norteña, decía que era de Culiacán y se controlaba antes de meter la pata. Con los arreglos que le hacía El Hada a su peinado, maquillaje y ropa, se veía muy bien, se parecía mucho a la negrita de las Spice Girls, y cogía riquísimo, no sabes, tenía una forma de menearse que volvía locos a sus clientes, pero de eso te sigo contando luego, hoy ya dije mucho.

Hasta el martes,

Lulú Petite 

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