“ESTRENANDO”, por Lulú Petite

Lulú recuerda una ardiente cita con un joven que aparentaba ser muy inocente
Lulú Petite
25/06/2015 - 03:00

QUERIDO DIARIO: Llevo días pensando en hombres vírgenes. En primaria tenía un profesor de matemáticas que solía decirnos, entre ejercicios de divisiones fraccionadas, que cuando hablábamos de chicos que aún no habían tenido sexo, debíamos decirles castos y no vírgenes, pues este último término estaba reservado únicamente para las chicas. A mí se me hacía que eso de vírgenes estaba reservado para pastorelas, pero en fin. Ya ves que vivimos en un mundo donde todavía se le da cierta importancia, casi ritual, a ese pedazo de pellejo.

Igual a mí eso de la virginidad me sonaba a lección moral enlatada. La castidad es más una decisión que otra cosa. Es guardar el cuerpo y los pensamientos y concentrar la energía en otros propósitos. La virginidad, en cambio, es la condición con la que se nace. Todos venimos al mundo así. No es cuestión del himen, sino de haber vivido la experiencia, haber o no disfrutado las mieles del cuerpo.

De lo que quería hablarte es de lo que me pasó hace unos días, cuando conocí a Julián, el más reciente virgen (o casto, quinto, puro, pollo, inocente, inmaculado, mancebo o como quieras decirle) con el que he estado.

Es normal en este negocio atender clientes sin estrenar, aún envuelto en su empaque de fábrica. Hace poco atendí, como si fuera película, a un virgen de más de 30 y con una falta de pericia para los asuntos amorosos, que yo ya no sabía si me quería coger o aplicar una llave de lucha libre.

Julián, en cambio, fue otro pedo. Es de Querétaro y tiene 25 años. ¡Un cuarto de siglo caminando por este mundo y sin probar los placeres más esenciales de la vida! Estaba nervioso. En vez de aceptar que vio mi anuncio en internet, me inventó el ‘cuento chino’ de que ‘el tío de un amigo de su hermano’ le había dado mi número… ¿qué diablos importaba? Estaba ahí y me estaba pagando por eso. De cualquier modo hay a quienes les gusta inventarse coartadas y contármelas.

—¿Ni siquiera te han hecho un ‘guagüis’? —le pregunté, quitándole los zapatos.

Sus piernas se mecían en el borde de la cama. No era pequeño, pero por alguna extraña razón, sus pies no tocaban el piso. Yo me había desabrochado el sostén y mis senos temblaban dentro de la prenda aflojada. Él intentaba meter una mano para pellizcar uno, pero era muy torpe y tímido.

—Nunca —respondió—. Jamás he tenido novia.

—Pues no hace falta una novia para que te den una buena mamada —seguí yo, terminando de desvestirlo.

Era muy delgado, pero no de una forma esquelética ni enfermiza. Su cuerpo era pura fibra, sin un gramo de grasa. Los rasgos de su cara mantenían el asombro de un adolescente que entra en la adultez y la expresión de incipiente sabiduría que tienen los adultos que recién abandonan la adolescencia. Y estaba guapo, para ser honesta. Era, además, un geniecillo de la informática con mucho talento y simpatía, pero no se había preocupado por satisfacer la necesidad esencial de metérselo a alguna mujer. Cómo llegó hasta mí este chico, perdido y sin haber tenido la dicha de hacer el amor, es un verdadero misterio.

—Digo, por lo menos te harás justicia por propia mano, ¿no? —le dije para ‘romper el hielo’.

Evidentemente avergonzado, se quedó estático sin responder.

—Cuéntame, ¿cómo llegaste a esta edad sin haberlo hecho? —lo interrogué, más como un ‘bullying’ juguetón que con legítima curiosidad.

Alzó los hombros y dijo:

—Nunca me atreví.

Cada vez que hablaba, marcaba las frases con unas aspiraciones espontáneas. Algo parecido a una risa nerviosa.

—Relájate, estás muy tenso —dije yo, acostándolo. 

—Deja que me encargue de ponerte al día.

El primer round fue un fiasco. Me puse de rodillas, me hice una cola en el cabello, agarré su miembro con una mano, le puse el condón con la otra y me lo metí hasta el fondo en la boca. Entornó los ojos como un poseso, entró en trance de espasmos e hizo sonidos de placer, con la cabeza echada hacia atrás. Dijo oh, oh, oh y en cuestión de segundos se vació en el preservativo.

—Qué pena. Por favor discúlpame. No fue mi intención —decía poniéndose de pie.

Le quité el condón, lo tiré al cesto de la basura y encontré a Julián en el borde de la cama, meciendo sus piernas en el aire.

—No te preocupes  —dije— Eso pasa. 

¿Quieres intentarlo de nuevo?

Julián se miró a sí mismo. Vio a su pequeñín, aún hinchado y duro como un taladro hidráulico.

—¿Eso se puede?

—Es tu hora, si tú puedes, yo también.

La pasamos de lo lindo haciéndolo. De perrito, a lo misionero, el martinete, la vaquera invertida. Nunca debe tomarse en broma el impulso de alguien que está descubriendo el sexo. El chico de Querétaro no quería parar. Pagó dos horas durante las cuales descendimos por una espiral de sexo enérgico. Había tiempo que recuperar. Con cada round se iba haciendo más experto y entraba en dominio de sí mismo. De la nada se transformó en alguien más seguro, más abierto. Se había desahogado. Una sonrisa se dibujaba ahora en su cara. La sonrisa de las personas que entienden algo importante de la vida. Me dio las gracias y me dijo que volvería a llamar pronto.

—Cuando quieras —respondí.

—Cuando regreses a Querétaro —dijo él sonriendo.

Me vestí y salí del hotel con la sensación de haber ayudado un poco a la humanidad.

Un beso

Lulú Petite

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