Hell and Heaven

Yo gemía y con mis manos anudadas en su cuello, le sujetaba y lo usaba como palanca para mover la cadera y sentir a mayor profundidad la delicia de su penetración
Lulú Petite
25/03/2014 - 03:00

Querido diario: 

Mientras se la chupaba, no me quitaba la vista de encima. Él me miraba y yo a él. Devorando su erección cruzamos miradas un buen rato, casi sin parpadear, disfruté la delicia de sus ojos, vidriosos por el placer, que me vigilaban sentada a la orilla de la cama, con mis manos en sus muslos y metiéndome en los labios su trozo de carne rígida. De pronto cerró los ojos y trató de escapar echando hacia atrás la cadera.

—Pérate, pérate, pérate… no quiero acabar tan rápido. Suplicó, sacando su miembro de mi boca antes de venirse.

—Quiero al menos metértela, agregó. (¡Qué romántico!, pensé)

Lo miraba desde la cama, semidesnuda. Antes de pedirme que le hiciera sexo oral, me había sacado el vestido. Sentada, me le quedé mirando sin decir nada, esperando su reacción, midiéndolo.

Era un muchacho de unos 25 años, de cabello largo, lacio y muy bien cuidado. Vestía camiseta negra con el emblema de un grupo de heavy metal (de cuyo nombre no puedo acordarme). Unos jeans bien cuidados, tenis tipo converse más viejos que Chabelo (si eso es posible), una muñequera de cuero y el tatuaje de algo parecido al esqueleto de una cucaracha en el brazo derecho.

La cosa es que de primera impresión, por el atuendo y juventud, imaginabas a un rebelde sin causa, entre aspirante a guitarrista y entusiasta contingente para una marcha contra la reforma energética, sin embargo, lo mirabas a su cara y veías en ella más desconcierto que rebeldía, un brillo en los ojos como el de un conejito a media carretera a punto de darle un buen mordisco al fruto prohibido. Algo más parecido a un personaje de la Teoría del Bing Bang que a un fanático de Megadeth.

Se quitó la camiseta frente a mí con más prisa que pudor, bajo su ropa había un cuerpo muy delgado pero marcado. No esperaba encontrarme músculos tan bien definidos.

—¿Haces ejercicios?, le pregunté, imaginando que tenía una rutina de gimnasio.

—Pues… la patineta y me gusta caminar, respondió con timidez.

A veces se subestiman las ventajas de una vida saludable. Lo jalé de los jeans y, desabrochándole el botón que los mantenía en su cintura, comencé a acariciarle y besarle el abdomen, volví a chupársela un poco, mientras con mis dedos apretaba sus tetillas. 

Su pantalón cayó al piso y él se apuró a quitárselo junto con sus tenis, calcetines y trusa. Se sentó junto a mí sin más ropa que la pulsera de cuero en su muñeca y, con una mano en mi espalda y la otra jugando con mis senos, me dio un beso tan tierno que parecía un beso de amor.

Después de varios meses había ahorrado para el Hell and Heaven Metal Fest, que habría de celebrarse la semana pasada en el estado de México. Cuando se resignó a la cancelación definitiva decidió hacer la catafixia y sustituir dos días de música metalera por una hora cogiendo conmigo.

Me tumbó de espaldas sobre la cama y siguió besándome los labios, mientras restregaba suavemente su cuerpo contra el mío. Besó también mi cuello, mis hombros, mis senos y, apuntando con cuidado su erección entre mis piernas, se fue clavando hasta incrustárseme dentro. Entonces comenzó a moverse.

Sus besos eran desorganizados, sus manos torpes, sus movimientos bruscos e inexpertos, sin embargo tenía un miembro tan sabroso, que lo sentía palpitar y embonar en mis entrañas con un ritmo y una potencia tan apasionada que resultaba una delicia. Yo gemía y con mis manos anudadas en su cuello, le sujetaba y lo usaba como palanca para mover la cadera y sentir a mayor profundidad la delicia de su penetración.

—¡Me vengo!, gritó de pronto, y clavándose lo más profundo que pudo eyaculó apretando las sábanas como para no comenzar a flotar. Se quedó unos segundos sobre mí. Recobrando la respiración, repartiendo besos en mi cara, labios, clavícula, senos.

El chavo resultó un estuche de monerías. Además de caminar todos los días varios kilómetros, ser un experimentado patineto y fino conocedor de música rockera, toca la guitarra y estudia una maestría en física.

—Pues a tus méritos, corazón, puedes agregarle que tienes una cosota bien rica, le dije en tono bromista, acariciándole el bulto que reposaba bajo la sábana. Él se sonrojó, pero besándome inició de nuevo el juego de caricias que nos llevarían a un segundo rato de amor.

Su plática, sus caricias y su forma de ser me encantaron. Estuvimos juntos en esa habitación desde las cuatro de la tarde hasta las siete de la noche. Me contó que, aunque no era quinto, tenía muy poca experiencia amorosa, que le costaba mucho trabajo tratar de seducir a una chica, era tímido y no sabía ni qué decirles ya no para llevarlas a la cama, sino al menos para invitarlas al cine.

Antes de despedirme, le dije que tuviera más confianza y, agarrándole de nuevo el bulto por encima del pantalón, le aseguré que la que decida andar con él va a ser una suertuda, di media vuelta y me fui, segura de que al menos en esas horas le di su infierno y su paraíso, su hell and heaven.

Hasta el jueves 

Lulú Petite 

 

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