'Si un hombre lee en la cama', Por Lulú Petite

Lulú descubre la placentera aventura que puede haber en la lectura
Lulú Petite
24/09/2015 - 04:00

QUERIDO DIARIO: Coger es una estupenda terapia. Cobrar por coger es, además, un negocio divertido. Claro, no siempre te toca la suerte de atender clientes buenos, pero mientras esté limpio y se porte amable, no hay pierde, la pasas rico y además cobras, no podría ser mejor. Digo, además, que es una terapia estupenda porque tanto el cliente como la terapeuta cogemos y, por lo tanto, los dos nos divertimos, quemamos calorías, hacemos ejercicios cardiovasculares, liberamos endorfinas, aliviamos nuestro estrés y, si las cosas resultan bien, ambos nos llevamos uno o más orgasmos y el recuerdo de haber compartido un rato de intimidad con otro ser humano. Al final, también queda en la memoria la experiencia de haber conocido en la intimidad a personas muy agradables.

Supongo que esa es una de las maravillas de este negocio. Conocer gente interesante, pero conocerla de verdad. Y es que, en pelotas, las cosas son tan distintas. En la vida cotidiana somos distintos, llevamos máscaras, asumimos poses, nos disfrazamos de la persona que pretendemos ser, pero al meternos desnudos a la cama con otra persona, el asunto es distinto, eres más sincero, no sólo te quitas la ropa, también tu personalidad, en muchos casos, queda al desnudo.

Hoy, atendí a un chavo. Joven, de mirada tierna, sonrisa amable, manos grandes y cuerpo como de refrigerador. Cuando me llamó, estaba lejos del motel, así que le advertí que si quería verme tendría que esperar un rato. La impuntualidad frustra, es mejor que sepa a lo que se atiene para que decida si espera o no. Él dijo que sí.

Cuando llegué lo encontré con un libro en el buró. Me esperó leyéndolo. Si un hombre lee en la cama, va por buen camino. Leer da tema de conversación, platicar con una persona que tiene el hábito de la lectura tiene la ventaja de que su charla nunca te va a aburrir. Lo sé por experiencia.

Eso sí, en cuanto entré se olvidó del libro, lo abandonó en el buró y me comió con sus labios. Sus besos, mientras fueron subiendo de temperatura, más nos iba poniendo a tono. Terminamos desnudándonos de prisa, aventando nuestra ropa por toda la habitación y haciéndonos el amor apasionadamente. Cuando terminamos me recosté junto a él y vi el libro, esperando en el buró.

Si un hombre lee en la cama, decía, va por buen camino, pero si lee en voz alta para ti, gana puntos, y en mi caso esos puntos pueden ser cambiados por sorpresas, hay que hacer volar la imaginación.

Después de hacerlo una vez, salvajemente y sin escrúpulos, la calma en la cama es deliciosa. La habitación estaba patas arriba, con ropa botada en los muebles, regada en el suelo, colgada en la esquina de una silla, entre las sábanas, por todos lados. Yo estaba boca abajo, reponiéndome, con la espalda bañada en sudor.

De repente, lo escuché moverse, estirar la mano y jalar del buró el libro con el que lo encontré. Me recompuse y lo vi metido de narices en ese libro. No suelo inmiscuirme en los asuntos de los clientes, ni mucho menos importunarlos, pero me dio curiosidad y no pude evitarlo.

—¿Qué lees?

Él volteó a mirarme y sonrió.

—Un libro —dijo haciéndose el tonto.

—Ya sé, ¿de qué se trata?

—Es una absurda historia erótica, más de sexo que de amor.

Afiné la vista y leí la portada. Un título en francés. De pronto surgió en mí este deseo inexplicable. Se veía muy sexy leyendo en la cama, concentrado, imaginando.

Me apoyé en su pecho y mis manos buscaron su pene. Recorrí con la punta de mi lengua el camino entre su cuello y su oreja. Él seguía con la vista fija en las páginas, pero su pequeño amigo fiel resucitaba a mi tacto.

—Lee para mí —dije.

Ni siquiera lo pensó. Con perfecta entonación y con soltura, leyó. Su voz hacía pausas y subía dramáticamente, dándole un toque histriónico a su lectura. Como leía en francés yo no entendía un carajo de lo que decía, pero igual me parecía divertido y erótico.

—Sigue —dije cuando su miembro llegaba a la cúspide. Lo podía sentir palpitar entre mis dedos, ensanchándose, prensándose.

Él leía relamiéndose los labios, con una expresión de rapto pasional. Le coloqué el condón y a horcajadas me encaramé encima de él.

—No pares —dije.

Descendí justo cuando decía palabras en francés que desconozco. Una bella y cristalina sarta de vocablos ininteligibles, absurda como todos los pensamientos que corrían por mi mente. Leer y coger. Dos placeres en un solo acto, en un solo momento. La mezcla perfecta. Él apoyó el tomo en mi estómago, sin parar de leer, y apretó mis senos. De pronto me sentí en trance. Era como si pudiera entender todo lo que pasaba en la historia.  Agité mi cabello y comencé a moverme de arriba abajo, haciéndolo entrar hasta los cimientos. Mi piel se erizaba, mi boca se entreabría sin poder contener mis gemidos, mis exhalaciones. Nuestras partes húmedas generaban fricción, estrujándose. Él compactó sus músculos en un gesto de divina tortura. Hizo una pausa y estalló dentro de mí gritando una palabra que no entendí, pero fue como sí, sí.

Si un hombre lee en la cama, decía, va por buen camino, pero si leyendo llega al orgasmo, alcanzó el cielo.

 

Un beso

Lulú Petite

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