Tuve placer zapoteco

"Sus gemidos varoniles invadían mis oídos. Sus manos fuertes aferraban mi cadera y me jalaban hacia él. Se afincó con potencia y su ingle rebotó en mis nalgas"
Lulú Petite
24/05/2016 - 05:00

Querido diario: Hace poco fui a Oaxaca. La ciudad estaba bonita, como siempre. Y como siempre, me la pasé de lujo. De gira me siento a gusto, me doy la oportunidad de trabajar y de conocer un poco.

Me fui a almorzar al centro, en un restaurancito con mesas al aire libre en los Portales. Creo que ahora hay un plantón de profes, pero mi última visita fue antes de que se instalara. Alcé la vista. Las nubes amenazaban con chubasco.

El mesero trajo mi desayuno y miró el cielo.

—Espero que no se le agüen los planes.

—Los que tengo en mente no —dije.

Entonces volteó a verme y, casi accidentalmente, clavó sus pupilas en mi escote. Me dio risa su cambio de actitud. La cara se le estiró y los ojos le saltaron como platos, pero se apenó mucho cuando lo descubrí, dio media vuelta y caminó de prisa de regreso a la cocina. No sabía si llovería o no, pero por lo menos me hizo reír.

Almorcé con calma. La comida oaxaqueña es, sencillamente, deliciosa. Solté una buena propina y me fui a mi hotel para prepararme. Ya tenía algunas citas en agenda, así que no había tiempo que perder. Me di una ducha y me puse mi vestido favorito. Estaba revisando mis redes sociales cuando me llegó el mensaje de mi cliente.

Estaba en una habitación del mismo hotel donde me quedo. Caminé hacia allá. Una señora empujaba un carrito con una torre de toallas y me sonrió con un saludo pícaro. Mis tacones resonaron el pasillo. Me paré en la puerta y toqué con los nudillos.

Abrió un hombre bajito y de huesos anchos en cuyo rostro eran evidentes los rasgos indígenas. Ojos marrones, como gotas de miel iluminadas por una vela, piel oscura, color de barro, sonrisa amable, manos grandes y fuertes.

—Soy Francisco, soy zapoteco —me dijo como subrayando que las dos cosas forman parte de su identidad.

Puso su celular en silencio y se acomodó en la cama. Dio una palmadita al colchón invitándome a estar más cerca de él. Dejé la bolsa sobre una silla, me quité los zapatos y gateé hacia él. Mi cabello lo cubrió como un manto. Él aspiró su fragancia y fue siguiendo la estela hasta mi cuello.

La piel se me puso de gallina cuando empezó a besarme y lamerme. Nos desnudamos mutuamente. Sus manos estaban frías y palpaban mi espalda con una firmeza que me excitó muchísimo. Arqueé la espalda. Él acarició mi pecho y estómago y fue transitando sin dudar jamás hasta llegar a mi entrepierna, calientita y húmeda. Dos dedos gruesos penetraron mi vagina. Llegaron hasta el fondo, luego salieron y volvieron a entrar. Me mordí los labios, extasiada.

—Quédate así —dijo él entonces.

Se colocó detrás de mí. Tomó un condón del tocador y se lo puso. Primero tanteó el camino, como si tocara un botón. Luego metió la cabecita para avisar lo que venía y luego me lo encajó hasta la raíz, empujando lenta pero constantemente.

El embate impactó todos mis sentidos. Un espasmo de electricidad recorrió todas mis terminaciones nerviosas. Lo podía sentir muy dentro de mí. Apoyé los codos en el colchón y hundí la cara en la almohada, que mordí con toda mi fuerza para no volverme loca gritando.

Él empezó a moverse cada vez más rápido y más fuerte. Las rodillas me ardían y con cada arremetida la madera de la cama rechinaba haciendo cuic cuic.

Sus gemidos varoniles invadían mis oídos. Sus manos fuertes aferraban mi cadera y me jalaban hacia él. Se afincó con potencia y su ingle rebotó en mis nalgas. Él estaba a puntito, podía percibirlo en la forma como su cuerpo temblaba. Su pene duro como piedra, haciendo estragos dentro de mí, emitía vibraciones que se transmitían hasta mis entrañas.

—Dámela —le supliqué.

Puso su mano en mi hombro y jaló para apretar más mi vulva contra su sexo. Ni muy duro ni muy suave. Lo suficiente para que sus bolas golpetearan suave y rítmicamente mi clítoris y él pudiera definir mejor cómo recibía yo las embestidas de su empuje. Por poco sentí que perdía el conocimiento. Abrí la boca en busca de una generosa bocanada de oxígeno y entorné los ojos. Con la otra mano hurgó entre mis piernas y con la punta húmeda de su índice, tocó mi clítoris.

Fue un éxtasis en todas sus formas de expresión. Apreté los párpados, pero empecé a ver colores. Sellé mi boca y apreté la mandíbula, pero no podía parar de gruñir. Me sentía ligera, como expulsando toneladas de mi cuerpo empapado en sudor, pero sentía la necesidad de estrujar con mis uñas la sábana y la almohada.

—No pares —le pedí—, por favor no pares.

Lo sentí explotar. Bombeando su lechita dentro de mí. Se detuvo, con la estaca clavada en mí hasta lo más hondo. De pronto, todo era silencio y se resumía a ese instante preciso en el que la cabeza ya no obedece a nada que no sea el placer en bruto. No sonaba ni la cama, ni nuestra respiración. Cualquiera diría que nuestros corazones también se habían detenido, pero cuando cayó encima de mí y yacimos largo rato así, pudimos constatar, por medio del contacto de mi espalda con su pecho, que seguíamos vivos. Entonces escuchamos la lluvia caer.

Un beso,

Lulú Petite

 

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