Aprecia lo que tienes

"Sus dedos serpentean por mi cuerpo, acariciando, arañando, pellizcando plieguitos de piel engrinchada y crispada. Mi respiración se suspende cuando abre la boca y atrapa mi cuello"
Lulú Petite
24/03/2016 - 05:00

Querido diario:  El viernes fui a un bar con mis amigas y sus novios. Luisa fue con un médico veracruzano que se dedica a la política, muy moreno y con marcado acento jarocho. Carolina estaba acompañada por su instructor de yoga. Un argentino flaquito con caireles como los de Memo Ochoa, nariz pronunciada y muy buena onda.

Tanto nos había contado Carolina de las proezas sexuales de ese hombre que, debo admitir, me desilusioné un poco al conocerlo. Probablemente hace el amor deliciosamente, pero no es del tipo de instructores de yoga que salen en televisión, con cuerpo hermoso y posturas perfectas, él más bien es un flaco correoso, más del tipo gurú de Hare Krishna que un atleta del estiramiento. Igual, es un argentino simpático, risueño y humilde. Una combinación difícil de encontrar.

Yo iba solamente un rato. Tenía una cita programada a las once de la noche y había quedado muy formal en ir, pero Luisa me convenció de acompañarlas al menos con unas copas. Luisa sabe bien los detalles de mi negocio, pero a Carolina no le tengo tanta confianza, así que siempre me invento cualquier pretexto para escapar.

Con una botella de vodka en la mesa, discutimos sobre Trump, el Chapo y Kate del Castillo y la visita de Obama a Cuba. Yo tenía un ojo al gato y otro al garabato, porque en la mesa de enfrente había un tipo con los ojos más hermosos que puedes imaginarte. Guapísimo, pero indiferente al entorno, platicaba con un amigo.

En nuestra mesa, el veracruzano estaba haciendo un chiste sobre el avión que no tiene ni Obama, cuando Luisa nos pidió que la acompañáramos al baño. Me pareció estupendo, era la mejor oportunidad para mi graciosa huida.

La estaba pasando bien, pero ya casi eran las once y no tardaba en recibir la confirmación de la habitación donde habría de ver a mi cliente. En cuanto entramos al baño, Carolina comenzó a hablar sobre las proezas sexuales de su novio.

—Lo tiene torcido, como un búmeran —dijo retocándose el delineador frente al espejo.

—¿Será por el yoga?—dijo Luisa.

—Eso no lo hace el yoga —contestó Carolina—. Eso lo hace el amor.

Las tres hicimos silencio, nos miramos por el espejo y soltamos una carcajada.

—El mío se queda dormido después de coger, —dijo Luisa.

—Eso lo hacen todos, —dijo Carolina.

—Pero éste ronca como microbús.

Luego empezaron a comparar los hábitos y particularidades sexuales de sus respectivos galanes. Se estaban poniendo crueles cuando la puerta de uno de los cubículos se abrió con un chirrido. Salió una chava gordita y dijo que deberíamos apreciar lo que tenemos. Se lavó las manos y salió. Nos cayó mal por metiche, pero tenía un punto.

En eso recibí el mensaje. Debía partir. Me despedí prometiendo volver. Llamé un taxi y pedí que me llevara al motel. Durante el camino me quedé pensando en las palabras de la gorda.

El cliente se llama Germán. Es bajito, un poco regordete, de mirada tierna y sonrisa cálida, como un osito de felpa. Le va bien en la vida, digamos que lo tiene todo. Solamente sé que carece de dos cosas: de tiempo suficiente para una relación seria y de uno de sus testículos. Un cáncer que padeció hace unos años le descompletó el par natural.

¿Lo afecta? Ni en lo más mínimo. Apenas entro en la habitación, me desnuda como un regalo y me aprieta bien quedito contra su cuerpo. Su erección crece puyando mis muslos con su cabeza dura como piedra. Sus labios son tiernos y dulces, y me besan suavemente. De pronto me encuentro boca arriba en la cama, con las piernas abiertas y esperando que se coloque encima. No termino de entender qué efecto alucinante ejerce en mí cuando me penetra, afincando su carne en la mía. Mis entrañas quieren devorar su miembro. Mi abdomen se empapa en sudor y fluidos. Sus gemidos retumban en la bóveda de mi paladar, ahogando mis suspiros.

Sus dedos serpentean por mi cuerpo, acariciando, arañando, pellizcando plieguitos de piel engrinchada y crispada. Mi respiración se suspende cuando abre la boca y atrapa mi cuello. Me aferro a su espalda y hundo las uñas. Su pene entra y sale rápidamente, balanceando su cadera, empujando hasta la médula. Rodamos por la cama, confundiéndonos con las sábanas. De pronto me desubico. Ya no hay norte. Solamente puedo ir hacia arriba, en vertical, como si algo muy dentro de mí hirviera en forma de espuma. Me muerdo el labio inferior y estrujo lo que sea que esté tocando. Él se viene a borbotones, pulsando su jugo de una sola fruta en el condón, que extrae llenito y prensado. Siempre me sorprende. Si eso hace con un huevo ¿Qué haría con el par?

De regreso al bar, mis amigas y sus novios me llevan varias copas de ventaja. Se acabaron la botella y ahora piden por copeo. Discuten acaloradamente sobre cine. Yo busco en la mesa de enfrente y allí sigue el hombre guapo, charlando con su amigo. A un lado, con ellos, mirándome con cierto desprecio está la gorda del baño. “Qué coincidencia”, pienso. Estoy a punto de desviar la mirada cuando el guapo y su amigo se dan un beso de lo más amoroso. Mira, sorpresas te da la vida. Regreso a la conversación con mis amigos, retumbándome en la cabeza la frase de la chica del baño “deberían apreciar lo que tienen”. No puedo evitar pensar en Miguel.

Hasta el jueves 

Lulú Petite

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