“¡Motelazo!”. por Lulú Petite

Quiere jugar un poco con él. Lleva lencería, cuerdas y mordazas, quiere sentirse puta, putísima. ¿Dónde le pedirá que la lleve? Pues sí, ¡Motelazo!
Lulú Petite
24/03/2015 - 03:00

Querido diario: Me preguntó un cliente mi opinión de los moteles. ¿Qué puedo decir? Para comenzar son como mi oficina. Los conozco, los disfruto y me parecen cómodos. Además (aquí entre nos) saben guardar secretos. ¿Te imaginas cuántas historias se viven en cada cuarto de motel?

Están los novios que lo harán por primera vez. Están chavos y quieren que sea algo especial, no pueden hacerlo en casa de ella porque su suegro es capaz de cortársela al yerno si los cacha, ni en la de él porque su mamá es muy metiche ¿Qué hacen? ¡Motelazo!

Una pareja tiene un romance, quizá uno de ellos es casado, pero el romance es caprichoso y la calentura traviesa, ni modo, también tienen que buscarse un refugio clandestino ¿A dónde van? ¡Claro! ¡Motelazo!

Va otra pareja. Ellos tienen siete años de casados. El matrimonio va a todo dar: una bonita casa, un par de hijos y un perro, pero quieren ponerle picante a su romance y “les dijo un pajarito” que aquí la suite tiene un jacuzzi poca madre ¿Por qué no? ¡Motelazo!

Hay una chica que nunca ha ido a un lugar de esos. Hasta lleva lentes oscuros y ruega porque nadie la vea en un lugar donde a nadie le importa y todos van a lo mismo ¿dónde crees que está? Adivinaste: ¡Motelazo!

Llegan dos que se acaban de conocer en el antro y se gustaron. Bailaron, compartieron unos chupes y buscaron un rincón para besarse. A él se le sentía el bulto bajo su pantalón y ella estaba empapada. ¿Buscamos un lugar más cómodo? ¿Cuál? ¡A huevo! ¡Motelazo!

A él le basta la cama y la tele de su depa. Ambos viven solos, les va bien y no rinden cuentas a nadie, pero a su novia le gusta a veces dejar la rutina y coger en otro lado. Además dicen en una habitación hay tubo y le puede bailar. Quiere jugar un poco con él, lleva lencería, cuerdas y mordazas, quiere sentirse puta, putísima. ¿Dónde le pedirá que la lleve? Pues sí, ¡Motelazo!

Un hombre llega solo, trae la calentura a todo lo que da y lleva días dándole vueltas en la cabeza la idea de llamar a alguien que le alivie el deseo. Tiene esa fantasía de hacerle el amor a la chica de paga que vio anunciada. Le llama y se quedan de ver para coger como conejitos ¿dónde? Por supuesto: ¡Motelazo!

A mí me encantan los moteles. Me gusta su olor a pinol recién trapeado, sus botellitas de champú, su adrenalina con olor a rosa venus, la cremita para el masaje, las gorras para el baño, sus toallas con logotipo bordado, sus vasos en bolsita, sus botellitas de agua, sus camas pegadas al piso, sus cortinas indiscretas, sus canales porno, sus sonidos. Ese clima de seducción, de complicidad, de clandestinidad, de sexo, pero sobre todo, la vibra que tienen.

Soy de las que piensan que todos tenemos cierta energía. Cuando estamos contentos generamos buena vibra. Cuando la pasamos mal nuestra vibra es negativa.

Buena o mala, la vibra es contagiosa. No quiero decir que se transmita como una enfermedad, sino que se imita, o se carga, como energía. Supongo que, por eso, cuando voy a un hospital salgo con el alma apesadumbrada, en cambio, cuando voy a un parque de diversiones termino contenta.

Los moteles tienen una vibra especial. La mayoría de los que ocupan un cuarto están teniendo sexo. El sexo es placentero, sublime, divertido y maravilloso, capaz de producir una tremenda energía positiva, de hecho, la única capaz de engendrar una vida. Imagina la vibra de muchas personas amándose al mismo tiempo, acariciando sus cuerpos, besando sus labios y construyendo sus orgasmos, intercambiando saliva, semen, sudor y sexo. Es inevitable cargarse la pila al máximo en un lugar donde hay tanta energía.

Creo que por eso apenas entro en un motel, me siento cómoda, lista para consentir, deseosa de pasar un buen rato y dejarme amar. Es como entrar a mi oficina, me siento bien y muy segura.

Hace un rato, por ejemplo, estuve en un motel de Oaxaca, atendiendo a un cliente, me pidió que estuviera con él dos horas. En la suite había un jacuzzi y una cama muy amplia. 

Primero entramos al jacuzzi. Entre sus besos y los potentes chorros de agua caliente dando masaje a mi cuerpo, me hicieron pasarla delicioso. Después estuvimos en la cama, que tiene unos espejos en el techo excelentes para ver cómo me hacía el amor. Entonces, como te decía al principio, me dijo que le encantaban los moteles, me explicó sus razones y me preguntó si a mí también me gustaban. Y comencé a pensar en escribir sobre el tema.

—Pero lo mejor de los moteles— me dijo —no son sus camas, sus tinas ni sus espejos, no es ni siquiera el sexo, sino su complicidad.

Es cierto: Un motel es refugio para el amor. Un lugar donde no se juzgan gustos, preferencias, estilos, orientaciones, nada. Sólo vas a buscarte un rato de pasión, un deshago o, con suerte, a amar.

Cuando se fue, me dejó la habitación y me quedé aquí esta noche escribiendo esta historia y, claro, haciendo una de las cosas que, casi olvidaba, también puedes hacer en un motel: ¡Dormir! ¿Tienes sueño? Pues sí: ¡Motelazo!

Un beso

Lulú Petite

 

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