Esa de rojo

"Me lo metió sin más contemplaciones. Por poco me saca el aire. Lo tenía durísimo y se sentía inmenso dentro de mí"
23/06/2016 - 05:00

Querido diario: Tengo un cliente que se llama Edgar. Es de Nuevo León, aunque se considera chilango desde su época de universitario. Nunca le he preguntado de dónde viene su fantasía-fetiche del lápiz labial. De hecho, había pasado tantísimo tiempo desde la última vez que nos vimos que ya no lo recordaba a él ni su costumbre de pedirme ir con mucho lipstik del tono más rojo que tuviera. Se había ido al norte a sentar cabeza, según me contó, pero después de tantos años sin pisar su tierra defeña, la otra, ésta que ya cambió de nombre y ahora se llama Ciudad de México, decidió volver.

Me habló al celular ayer, poco antes del mediodía y quedamos de vernos en un motel de las afueras.

—Ya sabes —insistió—. Labial rojo.

Al final de la tarde estaba estacionándome en el motel. Me apliqué generosamente, delineando el contorno de mis labios, me lancé un beso al retrovisor para terminar de aplicar el labial solicitado antes de bajarme del coche.

Estaba más entrado en años de lo que recordaba. El tiempo lo había hecho engordar un poco y tenía entradas de vampiro en su cabellera gris. Sin embargo, conservaba una vitalidad viril propia de los cuarentones que saben apreciar la vida.

Nos abrazamos y tomamos de las manos. Me hizo dar una vuelta sobre mi propio eje para apreciarme el culo y las piernas. Aulló como un lobo y dijo que estaba mejor de lo que recordaba. Luego, con el dorso de su mano, acarició mi mejilla y apreció con detalle mi boca. Era como ver a un toro mareado por el rojo de una capa. “A ha, a ha, torito, venga”. Algo le atraía sobremanera del brillo incitante de unos labios brillantes y carmesí.

Nos ayudamos a desvestirnos. Le aflojé la corbata y lo jalé por el nudo hacia mí. Le estampé los labios en los suyos y una marca roja traslúcida cubrió toda su boca. Parecía que lo hubieran mordido.

De repente, estaba excitadísimo. Sus brazos me rodearon por la cintura y su lengua encontró la mía. Nuestro beso emitía miles de sonidos. Desesperado, hambriento, húmedo y jadeante, mezclado con mordisquitos y lamidas muy ricas. Más abajo, sus manos hacían maravillas en mis senos y en mi entrepierna. También acariciaba mi espalda, recorriendo con sus dedos tersos la curva de mi espalda.

Su pene de piedra pulsaba contra mi cuerpo, creciendo cada vez más como un animal ansioso y palpitante. Sus dedos se entrelazaron con mi cabello y caímos en la cama como en una trampa. Rápidamente alzó mis brazos por encima de mi cabeza y encajó su cadera en la mía. Estaba listo para penetrarme. Con una mano me tomó por las muñecas y con la otra, ágil y habilidoso, se colocó el preservativo y me lo metió sin más contemplaciones. Por poco me saca el aire. Lo tenía durísimo y se sentía inmenso dentro de mí. Empujó suavemente una, dos y tres veces. Empecé a lubricar, gimiendo despacito.

Acercó su boca a la mía y atajé su labio inferior entre mis dientes. Hundí los dedos en sus hombros y apreté mi cuerpo más contra el suyo, restregando mi clítoris contra su ingle, procurando aplacar la cosquillita que me producía.

Sus besos eran cada vez más apasionados, y yo procuraba corresponderlos con el ahínco y la emoción que se merecía. Lo rodeé con las piernas y las alcé para apoyar los talones en sus hombros. Él se afincó con todo el peso de su torso sobre mí y lo sentí como un taladro hasta el ardor de mis entrañas. Se movía como un balancín, bombeando y empujando una vara hasta lo más profundo, perforando hasta donde lo más húmedo de mi ser se derramaba desde adentro hacia afuera.

Enloquecida, comencé a besarlo en toda la cara, el pecho y el cuello. Sus orejas las lamí con sediento deseo, marcando con mis labios cada centímetro de su persona que se atravesara en mi camino.

Mi piel sudorosa se crispaba ante sus caricias, sus ruiditos de hombre al borde del placer y sus besos igual de intensos. Mis pezones rozaban su pecho velloso y mis manos buscaban asidero en su cuerpo. Me agarré en su cabeza y estrujé los dedos en su cabellera canosa.

—No aguanto, Lulú —anunció de pronto con tono desesperado.

—Vente para mí —le susurré al oído—. Dámelo todito.

Se vació con propulsión a chorro, con su miembro palpitando dentro de mi vagina apretadita, calientita y mojadita. Quería exprimir hasta la última gota de lo que quedaba de él.

Quedamos desperdigados por el colchón, recuperando oxígeno. Observé lo que quedaba de él. Estaba minado de manchones rojizos. Parecía que en vez de coger hubiéramos jugado con mermelada de cerezas.

Me fui al baño y me vi en el espejo. Parecía Harley Quinn, la socia del Guasón en las películas de Batman. Sonreí y comencé a lavarme la cara. 

Por fin, Edgar me explicó que le gustaba el sabor del lipstik y las marcas que dejaba sobre los cuerpos desnudos.

Entonces me retoqué el maquillaje y volví a acostarme junto a Edgar. Él abrió los ojos y vio mi boca roja. Le besé la punta de la nariz y la punta de su pene se alzó cual cobra hipnotizada. Fue increíble volver a hacerlo con tal delirio. Y todo gracias a un estímulo tan simple como un lápiz labial.

Un beso

Lulú Petite

 

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