Me tocó el gemelo

Lo hicimos otra vez de pie y salvajemente, mientras sus besos trazaban mapas en mi espalda como una línea de caricias
Lulú Petite
23/02/2016 - 10:33

Querido diario: Tengo un cliente que vive en Vancouver, Canadá. Se trata de uno de esos mexicanos que con mucho esfuerzo y todo el ánimo para salir adelante, hace tiempo agarró ‘sus chivas’ y migró para probar suerte. Tiene un buen trabajo y su residencia allá ya es legal. Supongo que los trámites son menos complicados que en Gringolandia.

Nos conocimos por internet. Me cayó bien cuando, a media conversación sobre el clima allá, me mandó una foto con la leyenda “Se me congelan los huevos” con doble sentido, porque la imagen era de un plato con una omelette que se veía francamente sabrosa, pero en la que, ciertamente, el frío podría cobrar estragos.

Me sorprendió. No imaginaba que me leyeran tan al norte, pero resultó que va y viene por aquí cada cierto tiempo, y por nostalgia o para no ‘perder el hilo’ de lo que pasa en su país, lee mucho la prensa de acá. Así se topó conmigo, nos hicimos amigos y se prometió a sí mismo que cuando viniera me iba a llamar. Así me lo dijo en Twitter y quedó como esas promesas abiertas que, aunque pueden no suceder, ahí están para cuando los planetas se alineen.

Un día me avisó que venía y que quería verme. Tal como lo programó, me llamó a las pocas horas de haber aterrizado en México para darme los detalles del hotel y número de habitación donde se había hospedado. Una hora después, estaba a su puerta para calentar la omelette.

El mexicano-canadiense tenía buen porte y una barba poblada que me dio cosquilla cuando me dio un beso en la mejilla. Iba vestido muy cómodo. Era ese tipo de hombres de buena presencia, tipo varonil, moreno claro, mirada expresiva, pelo en pecho y tupido vello facial. Tenía ese ‘look’ de leñador que en algunos hombres queda muy sexy. Le calculé 35, pero tenía 42. Un cuarentón superguapo y con un cuerpo exquisito.

No necesitábamos más presentaciones. Me tomó por la cadera, me alzó sin esfuerzos. Su lengua experta tenía un regusto fresco, como a yerbabuena. Mordisqueé su mentón de peluche, lamí su manzana de Adán, aspiré su aroma viril. Su ropa empezó a rodar por el piso junto con la mía y antes de que pudiéramos darnos cuenta estábamos enredados con nuestros cuerpos, aplacando un deseo que de alguna manera se había acumulado. La anticipación y la ansiedad florecieron en un juego profundamente sexual, de palpitantes cuerpos sudorosos, enardecidos por la intriga de la distancia. Sus músculos se tensaban ante mi tacto. Recorrí con la punta de mis dedos los recovecos de su pecho, coronado de vellitos rizados y me aferré a su espalda esbelta, mordiéndome el labio para que mis gemidos no se transformaran en gritos de placer.

—Valió la pena la espera —dijo él recuperando el aire, conmigo aún encima, igual de extasiada.

Luego lo hicimos otra vez de pie y salvajemente, mientras sus besos trazaban mapas en mi espalda como una línea de caricias y él se corría apretándome por la cadera, empujando su ingle cual poseso.

Se despidió diciendo que volvería a contactarme cuando estuviera de nuevo en México. Siempre tomo esas promesas como una cortesía. Un “hasta pronto”, un “te llamo”, un “ojalá volvamos a vernos” en muchos casos es una manera amable de despedirse de alguien con quien acabas de coger, pero no siempre significa que realmente vuelvan a llamar, así que no esperaba que llamara de nuevo. Eso sucedió hace unos seis meses.

El caso es que, ayer en la mañana me llamó un cliente para confirmar una cita. Según me comentó por teléfono, hacía tiempo su hermano le pasó mis datos para que me leyera y, por fin, decidió darse un gusto. 

Así es la calentura, sabes que lo quieres y lo vas posponiendo, pero llega un día en que tu cuerpo sabe qué necesitas y llamas.

No demoró mucho. Cuando me dijo en qué habitación estaba, volé para allá. Toqué la puerta que me había indicado y… ¡sorpresa!

Mi primer impulso fue sonreírle y saludarlo con efusividad.

—¿Te afeitaste? —pregunté. Era el mexicanadiense.

La confusión minó su cara y me dijo que se afeitaba todos los días. Me dejó pasar y se sentó en la cama. Hablaba poco, lo que me pareció muy raro. Le pregunté si aquello era una broma, pero me miraba como si estuviera loca.

Cuando nuestros cuerpos se acercaron y detuvo la confusión con un candente beso en los labios, comprendí qué ocurría. Abrí los ojos y la claridad entró en mi cabeza: ¡Gemelos!

Por más que dos personas se parezcan, todo mundo coge distinto. El gemelo también sabía lo que hacía. Era, por lo menos, distinto. Besaba con más fuerza, prefería hacérmelo de perrito y me pidió que gritara su nombre como si fuera el último hombre del planeta. Su voz se diferenciaba a la de su par a medida que se acercaba al clímax. Además, prefería concentrar sus caricias en mis senos. No sabía explicarlo. ¿Era una casualidad o ambos lo habían querido así? Por dejar que las cosas fluyeran cual iban, no comenté nada. Creo que fue lo mejor.

Cuando me iba, el gemelo dos me dijo que le contaría a su hermano de mí.

—Deberías conocerlo, pero vive en Canadá —dijo.

Me sonrojé. Me encantó ser dueña de este inofensivo secreto. Le guiñé un ojo y antes de cerrar la puerta le contesté:

—Me encantaría, aunque siento como si ya lo conociera.

Hasta el jueves

Lulú Petite

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