'Lo tiene tremendo', por Lulú Petite

Lulú Petite
22/12/2015 - 03:00

Querido diario: Recientes experiencias me confirman que el tamaño no es lo que se ve sino lo que se palpa. En Puebla atendí a un cliente que, por decirlo de alguna manera, podría contar por dos. Tiene un pene tremendo, como de caballo.

—A mi esposa le entra sin problema —me contó un poco apenado, cuando vio que me lastimaba.

—Pues estará grandota o ya se habrá acostumbrado —le respondí, señalando lo obvio.

Él enrojeció y recogió los hombros. No estaba orgulloso. Ciertamente, su esposa es muy alta, pero al resto de las mujeres de talla promedio, les duele mucho cuando trata de meter su animalote en una vagina digamos… humana.

Entendí su expresión. Un tamañote jurásico no es lo más sexy del mundo. Es sobre todo incómodo. La mayoría de los hombres con penes de medianos a grandes están orgullosos de su tamaño, basta que alguna vez una chica les haya dicho que lo tienen grande para que se les hinche el orgullo para siempre, sin embargo, quienes realmente lo tienen enorme saben las dificultades que representa.

Este hombre la tenía así, inconmensurable, así que su expresión me pareció normal. Supongo que no es fácil cargar entre las piernas tanta… responsabilidad.

Porque a ver, hay una gama de dimensiones promedio que satisfacen perfectamente. Muchos creen que no dan la talla con sus 14 centímetros, pero la verdad es que esa es la medida promedio global y cualquier mujer puede satisfacerse con ello. Y sí, bueno, el tamaño sí puede importar, pero eso es relativo. Hay que destacar el grosor, por ejemplo. O cómo lo usa el hombre, que según mi juicio es lo más relevante. La personalidad, el meollo detrás del aparataje.

¿El talento es del títere o del titiritero? He tenido sexo con hombres modestos, anatómicamente hablando, y puedo dar constancia de que en muchos casos no tienen nada que envidiarles a los de más voluminosas proporciones. Citando a un cliente bajito y de brazos cortos: “El truco es pensar en grande”.

Lo de mi cliente poblano fue bien raro, no voy a mentir. No hay espacio en ninguna mujer para él. Al menos no para todo. Esa es su tragedia. Es un hombre muy dulce y cariñoso, la verdad. Froté el tronco hasta que se puso duro y prensado. Le puse un condón y me monté encima. Lo hicimos con sumo cuidado, lentamente, dejando descender y ascender mi cuerpo sobre el suyo, empalándome poco a poco, parcialmente, en su asta. Con sus manos, también enormes, me sostenía las pompas por debajo y me apretaba muy rico. Cuando acabó, erupcionando en la punta del condón su lava blanca, se sintió finalmente aliviado. Me eché a su lado y vi cómo sostenía su inmensidad erecta.

—Me están entrando ganas de izar allí una bandera —le dije para hacerlo sonreír.

Pasamos una hora maravillosa acariciándonos y hablando de todo un poco.

—Gracias, Lulú —dijo con las manos detrás de la cabeza, admirando el techo como si fuera el cielo. Se veía contento y satisfecho y yo, al menos, había podido cogérmelo sin ser partida en dos.

Dos horas más tarde estaba otra vez en cueros, filosofando con otro cliente. Tuvimos que conformarnos con otras cosas para quedar contentos, pues el asunto se tornó un poco penoso porque no logró poner en pie su maquinaria.

Era un hombre guapo y con pinta de saber cómo complacer a una dama. Lamentablemente algo pasó y mis expectativas se hicieron añicos al ver que después de todas mis movidas y experticias, seguía blandito. Él estaba muy avergonzado. Ya no hallaba qué hacer. Saqué el arsenal y nada. Estoy hablando de cosas que harían estallar hasta al más apagado.

—Es la primera vez que me sucede —dijo con una mirada de… pues sí, de impotencia.

Tengo años en ésto. He escuchado todas las excusas. “Cansancio, preocupaciones, el estrés, bebí un poco de más”, pero todos dicen lo mismo “es la primera vez que me pasa”.

—No te preocupes, baby. A todos les puede suceder —dije imprimiendo un beso en su boca bigotuda.

Honestamente no me importaba. Era un poco decepcionante no poder entrar en materia, pero qué se le podía hacer. Sería injusto achacarle la culpa a él, que de por sí ya tenía el orgullo molido. Se tendió boca abajo y yo me puse encima para hacerle un masajito en la espalda.

—Cuando las cosas no pasan es por algo —le susurré al oído—. Además, siempre tendremos otras oportunidades.

 

A pesar del fracaso, con el masajito él se veía contento. Estuvimos charlando muy a gusto.

En la noche, cuando volví a casa después de un rato en carretera y el interminable tráfico de la ciudad en estas fechas prenavideñas, me encontré con una grata sorpresa. Miguel preparaba mojitos vestido únicamente con un bóxer. Tenía ese look despeinado que me mata y la luz filtrada por la lámpara lo hacía ver más misterioso y apetecible. No pude ocultar mi alegría. Estaba donde quería estar y con quien quería estar. Hicimos un desastre con el azúcar y la yerbabuena en la cocina cuando me le lancé encima para sellar el día como dos buenos amantes saben hacerlo. Enervada por la excitación, palpé su miembro. A éste sí podía poseerlo a gusto: Tamaño perfecto, erección inmediata, disposición y exquisito sabor ¡Qué rico!

Hasta el jueves

Lulú Petite

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