Sigue, no pares

Dulce y duro, como un caramelo, me lo llevo a la boca. Primero poso los labios en su cresta, hinchadita y sensible
Lulú Petite
22/11/2016 - 05:00

Querido diario: No soy distraída, pero el trajín del día le gana a la memoria. A veces, en medio del ajetreo, me pasa que no sé ni qué día de la semana es. Es normal, trabajo de lunes a domingo, así que pierdo la orientación que mucha gente tiene con los días de descanso para saber qué día es. No se trata de estar distraída, sino de estar ocupada. Por ejemplo, lo de Saúl. Hace unos días me desperté con un mensaje suyo en mi cel: “¿Estás viva?”. Así mero. Categórico y sin anestesia. Estaba medio enfurruñado porque lo dejé plantado. Aunque no precisamente. Nunca le confirmé que nos veríamos. Simplemente le prometí que le hablaría equis día y no lo hice. Se me pasó, lo archivé y lo olvidé.

En fin, así es la vida. Necesito trabajar para pagarme los gastos y los gustos. En una economía tan caprichosa, un cliente siempre está en la lista de prioridades, así que, frente al trabajo, los galanes deben esperar.

El día que vería a Joel estuve con Pablo. A él lo conocí el año pasado. He de aclarar: Pablo no es su verdadero nombre. Mis clientes saben que escribo estas cosas y a algunos les entra un poco de nervios que alguien vaya a darse cuenta de que hablo de ellos. Eso, claro, jamás ha pasado porque siempre les cambio el nombre y algunos otros detalles, para despistar. De hecho, sobre Pablo he escrito antes. Es un buen cliente. No se anda por las ramas y está muy acostumbrado a lo nuestro.

Quedamos en vernos en el motel de siempre. Él vive y trabaja al sur, por los rumbos del Ajusco y tiene que hacer una travesía para acostarse conmigo. Sólo con eso me siento bastante halagada. En sentido estrictamente fantasioso, nada más romántico que la distancia.

Me esperaba en la habitación con su traje impecable. Generalmente nos vemos cuando sale del trabajo y siempre llega así, de traje. Se ve guapo. Me preguntó cómo me iba. Le resumí lo que podía contarle y me habló un poco de él. Su trabajo lo tiene harto, hace poco llegó un nuevo jefe, muy joven. Nadie lo quiere y varios, incluyendo a Pablo, están pensando en cambiar de trabajo. No sabía qué responder, sinceramente. Está pisando los cincuenta y si a cualquier edad es difícil empezar, a esa es muy atrevido. Sé que lo sabe, sólo quería desahogarse. Aguantar unos años y luego, disfrutar de la jubilación. Dimos por concluida nuestra pequeña charla con un beso. Pablo comenzó a desnudarse y yo acomodé las cosas sobre la mesa de noche.

—¿Lo de siempre? —pregunté.

Pablo asintió sonrojado.

Me recogí el cabello y me apliqué cremita de cacao en los labios. El frío podría resecarlos.

Él estaba del otro lado de la cama, de pie en ángulo con una esquina del colchón. Tomé un condón y gateé hacia él sin dejar de mirarlo con picardía. A Pablo le encanta cómo la chupo.

Primero, lo acaricié con las manos, haciéndoselo divino, chaqueteándolo para que entrara en calor. Rápidamente, su paquete se despertó del letargo y se puso como piedra de obsidiana.

—¿Listo, Pablito? —pregunté gimiendo.

No responde con palabras. Está tan excitado que ni un monosílabo sale de su boca. Le coloco el condón en un tris, mientras él sigue haciendo ruiditos, montándose en la ola de placer que se le viene encima.

Dulce y duro, como un caramelo, me lo llevo a la boca. Primero poso los labios en su cresta, hinchadita y sensible. Él se ríe como si sintiera la cosquilla más extraordinaria y minúscula que le hayan hecho en su vida. Se estremece, aprieta los puños, le flaquean las rodillas. Cara y pecho se le enrojecen. Sus canas son platinadas. Le sonrío mientras prosigo. Entonces lamo la puntita, la cabecita, pasito a pasito, dejándolo bajar por mi paladar, por mi garganta.  

Me acaricia los hombros y repite mi nombre como un mantra. Mi lengua describe la forma de un tornillo en torno a su glande.

—Por favor, no pares —respira extasiado—. Por favor, Lulis, sigue haciéndolo así.

Me pone cuando hablan así. Pablo lo desea. De verdad lo desea. En estos momentos siento que podría obligarlo a hacer cualquier cosa. Lo tengo a mi merced, a mi disposición. Lo hago lentamente, chupando y lamiendo todo. Luego imprimo más energía y se lo mamo rápido, frotándolo circularmente con la mano y chupando duro, como una aspiradora. Me toco el clítoris. Estoy empapada en la entrepierna. Los dedos de Pablo marcan la piel de mi espalda. Está a punto de gritar, pero extrañamente se traga su propio eco y lo comprime, como una granada bajo el agua. Lo siento bombear. Es un pulso de manguera, un torrente espeso y grueso. Mi paladar y mi lengua se comprimen justo cuando acaba. Bañado en sudor y desorientado, se echa sobre la cama. 

En la Roma, le repuse a Joel la cena pendiente y al despedirnos, se inclinó para besarme. No pude resistirme. Lo dejé.

Un beso, Lulú Petite

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