'Es hermoso este hombre', el relato de Lulú Petite

Lulú experimenta las maravillas que la imaginación puede lograr en la intimidad
Lulú Petite
22/10/2015 - 04:00

Querido diario: En el sexo, por amor o por placer, la imaginación puede ser el más potente de los afrodisiacos. ¿A ti cómo te gusta ponerle emoción a los juegos de cama? La creatividad es el límite y cuando a las caricias le pones la sal y la pimienta de la aventura puedes tener verdadero sexo ‘gourmet’.

En la mañana atendí a Adolfo. A decir verdad es guapo, pero él se siente feo. A mí me parece un tipo varonil, de rostro tosco, pero apacible, un poco pasado de peso, pero con un cuerpo grande, no obeso y con mucha potencia física, es ese tipo de hombres a los que nadie se las ‘arma de pedo’ porque se ven curtidos, grandotes y buenos para los trancazos, no del tipo ‘mamado’ de gimnasio, sino estilo montaña. Uno de esos hombres-ropero ideales para cadeneros de antro. Adolfo, además, es muy bueno en la cama, sabe cómo y dónde tocar, qué hacer, cómo moverse y cómo poco a poco ir fabricando los orgasmos que pueden dejar a una mujer muy satisfecha.

Como es muy inseguro de su apariencia, antes de desnudarse prefiere apagar la luz y dejar apenas la más tenue que nos permita saber qué estamos haciendo. Él es así, no le gusta que lo vea desnudo.

Hace unos días, sin embargo, se le ocurrió una idea que resultó divertida. Sacó una mascada, me pidió permiso para ponérmela. No es algo que haría con un cliente que acabo de conocer, pero Adolfo es un buen tipo y lo aprecio bien, así que ¿por qué no?

Y por eso estoy aquí, con los ojos vendados. Así los sentidos se desbordan. Todo sobre la piel es amplificado mil veces y el placer es superior. El gusto se intensifica y puedo saborear la dulzura de sus labios y la sal de su sudor. Los olores son nítidos, como el de su piel pulcra, su cabello fresco, su característico aroma a hombre maduro, fuerte, independiente. También puedo escuchar claramente su respiración y los latidos de su corazón, así como su piel golpeando la mía.

Me gusta sentirme así, indefensa, ciega, pero atenta a sus caricias. Dejándome llevar como un velero a la deriva. Me dejo someter a sus deseos. Honestamente, lo hace muy bien cuando está al mando de la situación, dirigiéndome e indicándome hacia dónde debo ir. Estiro mis brazos y me quedo tendida mientras él acaricia mi cuerpo tramo a tramo, milímetro a milímetro. Lo escucho quitarse las botas y desabrochar su cinturón mientras estampa su boca contra la mía, insertando su lengua en busca de la mía. Luego hace que lo toque, que pase mi mano por su pecho. Es fuerte, abultado, fibroso. También le gusta que acaricie su abdomen y su ombligo y que vaya deslizando mi mano, con lentitud, un poco más abajo, debajo de su ropa interior. Me consigo entonces con una enorme promesa de virilidad erecta.

—Acarícialo —dice, y su voz resuena en mis oídos como si me lo estuviera diciendo dentro de la cabeza.

Lo acaricio, después de todo estoy de ánimo y, así, hago lo que me pida.

—Deja que te desvista —murmura.

Sus dedos desprenden la escasa ropa que me cubre y me va despojando de todo indicio de humanidad. Estoy desnuda, más consciente que nunca de mi cuerpo. Estoy sintiendo la sábana, el colchón, el aire fresco de la habitación, su presencia tan próxima y magnética como un satélite.

De pronto, su cuerpo desnudo se posa sobre el mío. Estoy dispuesta, realmente emocionada por lo que se avecina. El preámbulo es tensión, es ansias.

Entonces me lame. Primero un contacto tímido que tantea mis sentidos. Yo lo esperaba pero no, es difícil de explicar. Estoy muy excitada y estrujo los dedos de mis manos y de mis pies. Siento cosquillas. Él lame otra vez, con más confianza. Sus orejas rozan mis muslos y su barba espesa firma con estilo su habilidad oral. Aunque es un hombre de pocas palabras. Por lo que pasamos directamente a la acción.

Se coloca el preservativo con rapidez y me penetra de misionero, rodando de aquí para allá, divirtiéndonos en cada milímetro de la cama, cuyas orillas me parecen, a ciegas, peligrosas como precipicios. Alcé una pierna y la coloqué sobre su hombro. El cayó sobre mí, abriéndome más. Su pene entró hasta la base. Podía sentir sus testículos rebotando contra mi culo. Lo agarré por el cuello y lo seguí besando, estirando la boca para abarcar toda su boca, dulce y ácida. Me colocó de costado, como una tijera abierta, y se sentó con las piernas extendidas. Abracé su pierna y seguí el ritmo de sus movimientos, de su vaivén, de su balanceo.

Abro más mis piernas y me deshago cuando se mete de lleno, sin contratiempos. Su ingle agita la mía. Nuestros cuerpos suenan, como cuero que golpea cuero. La humedad toma posesión de nuestros núcleos. Somos una sola cosa, una masa de carne que, desde la oscuridad debajo de mi venda, emite olores y sonidos fascinantes. 

Tacto y gusto se confunden cuando comienzo a percibir manchas y formas. Algo se derrama. Somos nosotros. La visión es más clara que nunca.

Me vengo. Me vengo y él se vacía conmigo. Besa mis labios, aprieta mis pezones y siento su miembro bombear y desahogarse en el condón, mientras mi espina dorsal es recorrida por el delirio del orgasmo. Me arranco la venda de los ojos y le doy un beso. Es hermoso este hombre.

 

Un beso

Lulú Petite

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