“Tal vez mañana” Por Lulú Petite

Un encuentro en un lujoso hotel despierta la inspiración de Lulú
Lulú Petite
22/10/2014 - 22:23

Querido diario: 

Estoy en la habitación de un hotel de lujo en el Distrito Federal.

Ya te he contado por qué no me gusta trabajar en estos hoteles ¿Verdad? ¿No? Pues te cuento: Para empezar el estacionamiento es muy caro. La neta: ¿Doscientos pesos la hora sólo por estacionar el carro? Ni que lo fueran a pulir, cambiar vestiduras y ponerle llantas nuevas. Con esos precios me quedo a dormir en el coche y me sale más caro que la habitación. Además te ponen muchos moños para dejarte pasar con el cliente. Como los elevadores se abren solamente con tarjeta de cinta magnética, te aplican la ley de Herodes, para subir a la recepción a fuerza tienes que pedir que te anuncien y, entonces, el cliente baja por ti, abre el ascensor con su súper llave fresita y sube con su detallito a ponerle Jorge al nene. Está bien, cuidan a sus huéspedes, pero con tantas trabas te juro que de plano no dan ganas de trabajar aquí.

Francamente no es que me incomode lo que hago, pero de eso a que el caballero o damita de la recepción me mire de arriba abajo con aires de superioridad y, en lo que bajan por mí, me pida una identificación que colocarán en un pizarrón magnético en la recepción, hay mucha diferencia. Es como anunciar al adorable personal que estén atentos de la putita para que no la vayan a ver deambulando por los pasillos del respetable cinco letras, fuera del cuarto del pecaminoso huésped que la dejó pasar.

¿Qué necesidad tengo de pasar por tanto protocolo? Si me quieren ver, para eso hay moteles, igual de seguros, con camas donde se coge igual de rico, pero con personal menos paranoico. Por eso no vengo a hoteles de lujo, prefiero atender donde sé a qué le tiro y me siento cómoda. Si al cliente no le gusta, ni modo, ya habrá otros clientes.

Desde luego la cosa cambia si llegas con el huésped y, como hoy se trataba de un cliente que conozco bien, pasó por mí en la tarde y llegamos juntos al hotel. Su habitación estaba reservada, nos registramos y pasamos tomados de la mano. Es muy distinto cuando pasas como huésped que yendo a trabajar. Entonces el personal te atiende, no te fiscaliza.

Tomamos una suite en uno de los últimos pisos. Los muebles en la habitación son bonitos y está muy bien decorada. Desde la ventana hay una vista preciosa a la Ciudad de México. Él es un hombre de negocios. Es casado, pero según él yo le creo que está divorciado. No sé para qué me cuenta mentiras, mientras pague igual me lo cojo casado que soltero. Ya está arañando los sesenta años, me cae muy bien. A veces, cuando viene para acá, me llama y hacemos travesuras. Su idea ahora fue que pasáramos la noche juntos. Desde luego, por noche se cobra más y es un trato que sólo hago con personas que conozco bien.

Hace un rato hicimos el amor. La habitación aún huele a sexo. ¿No te gusta ese olorcito que queda en un lugar después del amor? No sé describirlo, no es el aroma de los fluidos, más bien son feromonas flotando en el ambiente. Realmente no tengo idea de qué sea, pero es un aroma que me inspira.

Él se durmió y yo, aprovechando un rato de insomnio, saqué mi iPad y comencé a escribir ¿Qué mejor momento para escribir de sexo que después de gozarlo?

Hace apenas un rato estaba mi cuerpo desnudo, con los senos contra el cristal y su sexo penetrándome con furia desde atrás. Abajo, lejos, veíamos la ciudad moverse, apenas se podían distinguir los coches y las personas perdidos entre las luces de la noche. No creo que a esta distancia alguien pudiera vernos, pero me calentaba la idea de que eso fuera posible, de que alguien alzara la vista y tratara allá abajo de afinar su mirada para asegurar que aquello que veía acá arriba era una mujer desnuda siendo deliciosamente empalada.

Lo hicimos un rato de pie, después nos tiramos en la alfombra, con mis manos sostenidas sobre mi cabeza, el besándome la cara, los hombros, los senos, las axilas y metiéndome su miembro con entusiasmo.  Continuamos en la cama, primero, boca abajo, con una almohada bajo mi vientre y mis nalgas paraditas recibiéndolo, después lo monté, como una vaquerita glotona que a sentones se clava en el miembro rígido de un hombre con los ojos en blanco. Sentía como entraba y salía de mi cuerpo y me provocaba un concierto de gemidos, me apretaba las tetas, recibía mis besos y caricias, hasta que de pronto, endureciendo cada músculo de su anatomía, gritó con fuerza mientras se vaciaba en el condón, con su sexo palpitando intensamente dentro de mí.

Lo disfrutamos mucho y estuvimos juntos largo rato, charlando, riendo, haciéndonos el amor, dejando que nuestras feromonas saturaran el ambiente. Lo suficiente, al menos, para dejar en el lugar nuestro olor y nuestras huellas.

Hicimos el amor hasta hace un rato que él se durmió y yo tomé el iPad. La noche está oscura, iluminada apenas por las luces de la ciudad, estoy escribiendo en silencio, respirando el aroma de nuestras travesuras. Tentada a meterme a la cama, dormir y, no sé, tal vez mañana, al despertar sorprenderlo con mis labios en su miembro. ¿Quién quita?

Besos

Lulú Petite

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