Lamía mis pies

"Lo sentí atravesarme como un rayo, descargando toda su contagiosa electricidad dentro de mí"
Lulú Petite
22/06/2017 - 05:00

Querido diario: A Moisés le gustan mis pies. Supongo que tengo un buen par de pies. Cinco dedos en cada uno, pies bien cuidados, tersos y limpios. No me puedo quejar. Pero él los adora a un punto que a veces se me hace exagerado. Es su fetiche. El jueves en la noche no paraba de llevárselos a la boca. No en plan tragón, sino para besarlos, acariciarlos con sus labios, presionarlos contra su nariz aguileña.

—Me encantan —decía.

En este oficio hay que estar preparada para ese tipo de cosas. Así que las cosquillas aprendí a dominarlas. Y después de todo Moisés sabe cómo manipularlos.

Tomó el izquierdo por el empeine suavemente y lo levantó hasta su rostro. Mis dedos sobresalían de sus manotas de gigante. Entonces los olisqueó. Su barbilla tersa acarició mis plantas como un juguete para hacer masajitos ricos. Así pasamos un buen rato, él restregando su rostro contra mis talones.

A Moisés lo conocí hace dos años. Es viudo desde hace cinco y le costó acoplarse a ese estado civil. Lo intentó con algunas mujeres de su trabajo, pero al final encontró refugio en las sexoterapeutas profesionales. Es buen cliente, muy respetuoso y afectuoso. Es algo serio para mi gusto, pero cuando se suelta se suelta.

Mordió de a mentiritas mis dedos, haciendo gruñidos de perro juguetón. No reaccioné y aguanté sus embates. Si algo le excita más que todo es que no me resista y le siga el juego, que lo disfrute. Estábamos completamente desnudos y mientras él se entretenía con mis pies yo me pellizcaba los pezones o me tocaba el clítoris, mordiéndome los labios y mirándolo fijamente a los ojos.

Su miembro empezaba a elevarse como el cuello de una grúa y todo él, su cuerpo, su figura, irradiaba una sensación de imán y atracción carnal que me recorría toda la espina.

De pronto empezó a sobarme dedo por dedo, presionando con un toque exquisito cada nervio de mis pies. Pero lo que es Moisés, no dejaba de verme. Sus retinas se habían clavado en las mías. Sostuvimos esa mirada como si nos dijéramos todo sin necesidad de más.

Entonces me agarró por los tobillos delicadamente y llevó mis pies hasta su entrepierna. Ubicó estratégicamente mis plantas en torno de su pene erecto y empezó a chaquetearse con ellos. Esto le gusta sobremanera y es una señal de que está listo para subirle la temperatura al momento.

Gimió antes de dejarse llevar por el placer, cerrar los ojos y dejar caer su cabeza hacia atrás.   Sus dedos rodeaban mis tobillos y presionaba suavemente mi piel. Ahí fue cuando me soltó y se abalanzó sobre mí. Nos acomodamos en la cama a medida que nos comíamos a besos desesperados y apasionados. Su boca húmeda y dulce atrapó la mía, su lengua le hizo circulitos a la mía y nuestros cuerpos fueron fundiéndose en un abrazo urgido de deseo.

Le alcancé un condón y se lo colocó en un tris. Me alzó una pierna e hizo que la apoyara sobre su hombro. Se inclinó sobre mí y con todo el peso de su torso me penetró sin más preámbulos. Lo sentí atravesarme como un rayo, descargando toda su contagiosa electricidad dentro de mí. Gruñí de placer mientras sus labios besaban mi cuello, que ofrecí como en sacrificio.

Entrelazamos los dedos de las manos y así nos acoplamos. Moisés entraba y salía, agitando en su andar todo lo que nos rodeaba. La cama crujía debajo de nosotros. Su pecho enrojecido y palpitante transmitía el ritmo de sus latidos a través de mi pecho. Nos mordimos los labios al adivinar que se venía una furia de sensaciones inimaginables. Nos juntamos hasta volvernos uno. Podía sentirlo dentro de mí, haciéndose más duro, más grueso, latiendo y pulsando como si tuviera vida.

Me aferré a su espalda cuando empezó a empujarlo y a empujarlo sin dar marcha atrás. Me agarré a él como de un salvavidas y agité mi cadera contra la suya, dejando fluir todo lo que fluía a través de mí. Sentí que me derretía o que algo estallaba en mí. La vista se me puso en blanco. Transpiré frío y la boca se me secó por unos segundos. El tiempo se hizo eterno, como si lo congelaran. Moisés hundió su sexo hasta lo más hondo, agarrándome por la cadera como si estuviera a punto de caerse. Nos hundimos el uno en el otro eternizando el momento como en una foto. Una vez listos, satisfechos y exhaustos, acaricié sus piernas con mis pies. Sonreía como si los imaginara, como si sólo mis pies fueran suficientes.

Hasta la próxima, Lulú Petite

 

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