“Director corporativo”, por Lulú Petite

Lulú toma las riendas de un candente encuentro con un hombre de negocios
Lulú Petite
22/04/2015 - 22:47

Querido diario: La petición del cliente que me había llamado un par de días antes había sido inusual, bastante. Lo había hecho unas cuantas veces, sí, y entraba dentro de mis condiciones, pero aún me sentía extraña los primeros minutos metiéndome en ese papel. Inspiré profundamente un par de veces antes de llamar a la puerta.

 Cuando abrió, su aspecto me sorprendió gratamente. Por teléfono había sonado como un hombre serio y maduro, y tenía ese aspecto: parecía un hombre de negocios, ya sabes, traje de diseñador, camisa preciosa con mancuernillas de buen gusto, zapatos caros e impecables, corbata roja con un nudo muy bien hecho, el cabello plateado, perfectamente peinado y una sonrisa tan pícara como seductora. Si me hubiera dicho que era el director general de una multinacional o el presidente de mi banco, lo creería a pies juntillas; de cualquier modo, no pregunté. Hay cosas que no es necesario saber, pero por el porte, resultaba indudable que era un hombre con muchos recursos. Digamos que un “director corporativo”.

 —Las cosas están en el baño— me dijo tras saludarnos. Le prometí que no tardaría arreglándome.

 La lencería me sentaba de maravilla. El negro siempre ha quedado bien sobre mí, quizá se deba al contraste entre colores, o texturas; mi piel y el satén negro, siendo contenido por él.

 Un ruido me sacó de mi ensoñación. Cogí lo demás y volví a la habitación.

 Mi "director corporativo" me esperaba sentado en la cama, en ropa interior, impaciente. Bajo sus calzones ya se notaba algo más sobresaliente de lo normal. Me paré junto a él y la sobé mientras le robaba un acaramelado beso, despegándome antes de tiempo para dejarle insatisfecho y blandiendo uno de los objetos: una mordaza con una pelotita roja de goma.

 —Levántate e inclínate un poco para ponértela — ordené con voz suave, pero firme— y obedeció al instante. Le abroché la mordaza y mantuve sus ojos fijos en los míos, muy cerquita los dos, mientras daba caricias apenas detectables a su cuerpo, con las yemas de mis dedos y con la punta del pequeño látigo que él mismo había puesto a mi disposición. Era bonito, de cuero, también negro como mi lencería, muy oscuro, firme y versátil en mis manos. Él tenía la piel de gallina.

 Entonces, le bajé los calzones y le empujé a la cama. Se los acabó de sacar con los pies. La tenía dura, sin duda, pero no del todo parada, y protesté al respecto.

 —Vamos, espero más de ti—- le reproché y le di un suave latigazo en los pálidos muslos. Pillado por sorpresa, soltó un gemido amortiguado por la mordaza. Le di otra vez, sintiendo cierto placer al ver la piel enrojecerse un poquito. —¿Piensas que con eso puedes satisfacerme?.

 Gateé sobre él paseando mis manos sobre su piel. Evité a propósito la entrepierna, subiendo por los costados hasta pellizcarle los oscuros pezones. Me había sentado sobre una de sus piernas, y sabía que podía sentir mi humedad. Esperaba que eso le motivara.

 —Ahora, quédate muy quieto, ¡es una orden!— me incliné para posar mis labios en su pecho. Acto seguido, me erguí rápido y le di un latigazo traicionero. Gimió y paseé mi arma por encima de la suya. Las tiras de cuero bailaron en torno a su virilidad, brindándole sin duda sensaciones tan dulces como ásperas, y se retorció bajo mi cuerpo. La cosa sin duda había cambiado: 

Su miembro estaba erguido y reclamando mi atención. Volví a inclinarme y le hice caricias en el glande con mis labios y un saludito de mi lengua. Él, sin contenerse, movió las caderas hacia arriba, y la punta de su pene me dio en la nariz. Me retiré.

 —¿Qué te dije de no moverte?— de nuevo, le di con el látigo en el pecho, y luego en el vientre. Jadeó a través de la mordaza: deslicé las tiras de cuero del látigo hacia abajo y le golpeé muy suavecito en la entrepierna, haciéndole estremecer.—Bueno, en general no te portaste tan mal. Creo que te ganaste el premio.

 Me miró sorprendido, le puse el condón y coloqué mis caderas donde correspondían, le monté y me fui sentando lentamente en su erección, sintiendo cómo me invadía poco a poco y se abría paso por mis paredes vaginales. Mirándolo a los ojos, le acaricié el abdomen, subí hasta sus pechos, puse sus pezones entre mis nudillos y apreté, primero suavemente, luego con fuerza, sin dejar de moverme clavada por su erección. Trató de gritar, entre el placer y el dolor, pero la mordaza lo impedía. Yo llevaba ya rato esperando el momento y mi húmedo sexo le recibió con fuegos artificiales. Ya estábamos los dos muy excitados, y la fricción no tardó en llevarnos a un maravilloso orgasmo que me hizo caer sobre él, presa de los espasmos. Creo que le dejé un moretón en los pezones, tal como me lo pidió al teléfono.

 Nos despedimos con un beso. Él de nuevo impecable, listo para su rutina de jefe, de director corporativo de quién sabe dónde, con sabrá cuántas personas bajo su mando. Yo con el gusto de saber que, al menos por un rato, estuvo bajo el mío. Se me da esto de la dominación y, ¿sabes? Me gusta.

 Un beso

Lulú Petite

 

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