Los buenos borrachos

"Su aliento cálido y cítrico entibia mi oreja. Sus manos se deslizan por mi cuerpo, lentamente. Su pulso es tembloroso, aunque seguro"
Lulú Petite
22/03/2016 - 05:00

Querido diario:  El problema de los viernes y sábados por la noche es que buena parte de la clientela está enfiestada. Al menos dos de cada tres llaman ya con varios alcoholes en el organismo. 

Está bien, para eso se inventaron los fines de semana, pero no atiendo clientes ebrios. Son muy difíciles. La mayoría no quieren coger, quieren compañía, fiesta, alguien que les ría la gracia y se tome unas con ellos. 

Hay muchas chicas a quienes les encanta ese tipo de servicios, alcohol y lana. ¡Que viva la pachanga! A mí no. Prefiero a un cliente tranquilo, sobrio, que va a lo suyo sin otros estimulantes que las ganas de hacer el amor. Por eso si, desde la llamada, oigo indicios de que se trata de alguien tomado, no voy. Si veo que lo está haciendo o hay drogas, también me voy. Prefiero dejar al cliente que lidiar con esas situaciones.

Hay pocas excepciones. Olegario, de Guanajuato, es una de ellas. Me habló al teléfono cerca del mediodía.

—Hula, Lulú. Esta noche cena Pancho, ¿no? —soltó.

—¿Quién es? —le pregunté para molestarlo, tengo su número  guardado en la agenda de mi teléfono.

Suspiró y siguió, casi emocionado:

—¿A poco no te acuerdas? Soy yo: Olegario, Olegarito, el güero de Guanajuato.

Me reí, porque con ese apodo lo había guardado en mi celular: “El güero de Guanajuato”, aunque para ser franca, él no es verdaderamente güero. Es más bien pelirrojo y harto pecoso, como irlandés. Lo conozco desde hace tiempo. Es comerciante. Por su trabajo, o tal vez tomándolo de pretexto, tiene muchas reuniones en las que siempre hay alcohol. —Los negocios, chaparrita, si no se cierran con una buena botella, no cuajan— me advirtió alguna vez con sinceridad. Y así es. Le entra al chupe por garrafones. Cuando llegué al motel, estaba vestido de traje, con un vaso jaibolero, refrescos, hielos y una botella de ron en la mesita de noche. Me dijo que me sentara y me ofreció una copa.

—Estoy de guardia —dije cerrándole un ojo. La verdad es que no tomo cuando trabajo, además de que el ron no me gusta ni poquito.

Él sonrió, se echó un traguito y me miró con picardía.

—¡Así me gustan! ¡Profesionales! —dijo bromeando.

Cada quien tiene sus razones, todas respetables, para agarrar la fiesta, pero hay de borrachos a borrachos: hombres atormentados, groseros y cascarrabias que se transforman en ogros cuando el alcohol corre por sus venas. Olegario, no. Siempre anda de buen humor, aparentemente.

Su mujer falleció en un accidente automovilístico hace años y desde entonces se destrampó. Aun así, ebrio todos los días, se las arregla para funcionar y ser una buena persona. Su trabajo va bien. No maneja, porque sabe el riesgo en el que se pondría y pondría a los demás, pero además de eso, no parece tomado más que por su hablar ligeramente atropellado y un ligero tufo a alcohol cuando te acercas a su aliento.

—Los buenos borrachos son a los que no se les nota— le dije cuando nos acostamos.

Él me abrazó y me besó el cuello.

—Los buenos borrachos somos los que sólo caemos, cuando es para recostarnos junto a una mujer hermosa —susurró él.

Su aliento cálido y cítrico entibia mi oreja. Sus manos se deslizan por mi cuerpo, lentamente. Su pulso es tembloroso, aunque seguro. Pellizca mis pezones, duros como botones. Me estremezco y lo aprieto por los hombros. Él me mordisquea el labio inferior y yo me embriago con su lengua. Respiramos como desesperados, buscándonos el oxígeno. Dicen que los borrachos son como la mala cerveza: mucha espuma y poca fuerza, pero Olegario no concuerda con esa descripción. Supongo que si hay algún daño se le ha ido al hígado, porque en el plano sexual está completito y funcionando.

Es un poco triste ver a un hombre con recursos entregarse a la bebida con exceso. Pero no es mi trabajo juzgar. A horcajadas, encima de él, noto una cicatriz entre las pecas de su pecho. En el corazón, podría decirse. Nunca le he preguntado, pero supongo que se la hizo en el accidente, pues él era quien iba manejando y ni bebía.

La sábana va enrollándose en nuestros cuerpos a medida que enloquecemos. Su vientre es un poco abultado, y arropa el mío con un candor que me fascina. Él acopla sus palmas en mis nalgas y hunde las uñas para anunciar lo inminente. Yo gimo con los ojos cerrados y le pido que me lo dé todo. Entonces me pone de a perrito y culmina así, exhausto y perdido, desplomándose sobre mi espalda. Olegario se quedó en silencio, pasmado, sumergido en sus pensamientos. Siempre está de buen humor, sonriendo, contando chistes, conversando de una manera maravillosa, aunque nunca he sabido si así es él o es el alcohol. 

Comencé a vestirme. No pude evitar hacer una mueca cuando Olegario volvió a empinar la copa.

Hasta el jueves 

Lulú Petite

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