Su pieza animal

Lulú Petite
21/11/2017 - 05:18
 

Querido diario: Polo tiene una labia impresionante. Vende autos y, sin duda, sabe cómo convencer. Es muy alto y va siempre sonriente, como si trayera puras buenas noticias.

Lo conozco desde hace poco. Me habló una tarde tranquila y de inmediato noté en su voz un tono de encantador de serpientes. Cuando nos vimos fue al grano. Sabe lo que quiere y cómo conseguirlo, o trabajarlo, sería más justo decir.

Como dije, va al grano, pero su peculiar forma de ser hace parecer que le da vueltas a las cosas, de modo que algo en la conversación daba la impresión de charla amena y tendida.

—Estás guapísima—dijo, aflojándose la corbata. Estaba muy elegante. Su traje azul y su camisa blanquísima le daban un aire sofisticado.

Me contó de su día, de su trabajo, de sus clientes. Mientras me acariciaba las piernas, me contó de un almuerzo que tuvo. Mientras buscaba hacerse de mi cintura, me dijo cosas bonitas, elogió mi cuerpo, me lanzó piropos originales e inspirados, quizá ensayados en años de pelear en las trincheras del vendedor. Mientras me robaba un beso, no me dijo nada, su venta ya estaba hecha. Moría de ganas de que me cogiera.

Le ayudé a quitarse el saco y comencé a desabotonarle la camisa mientras él se despedía de sus zapatos quitándoselos con los pies. Sus manos rápidamente encontraron oficio: mi falda y mi blusa.

 

Nos besamos como dos planetas que colisionan. No había nada que agregar. Más pronto que tarde terminamos desnudos, acelerando nuestros movimientos mientras nos adentrábamos al campo de batalla. Sus dedos fríos recorrieron mi boca, mi cuello, mi pecho y fueron bajando hasta dar en el blanco. Cerré los ojos y me fui entregando, lenta pero seguramente, al placer que ejercía su tacto preciso en mí. Húmeda y sedienta, comencé a comérmelo a besos, lamiendo su oreja y dejándole en claro, bajito como en susurros, lo rico que hacía lo que hacía.

Sin más retrasos nos enfrascamos en un revoltijo de abrazos, rasguños, mordiscos, besos y roces riquísimos, haciendo que nuestros cuerpos desnudos se embistieran mutuamente. En una de ésas terminé encima de él y comencé a cabalgarlo deliberadamente, meneándome como batidora y gozándome su pieza enterita, empinada como un asta. Hablando de proporciones, el miembro de Polo es bastante respetable, pero lo que más me gusta es el ángulo que adquiere cuando se prensa y se pone tieso. Además del grosor de su tallo, su textura venosa y robusta.

A medida que nos desatábamos, íbamos acumulando un calor interno que nos obligaba a seguir, como si ya no fuéramos dueños de dos cuerpos, sino de uno sincronizado para el placer. Polo estiró sus manos y tomó mis senos, acomodando mis pezones entre sus dedos. De pronto alzó el torso y lamió la veta entre mis tetas, hundiendo su rostro en mi pecho y moviéndose debajo de mí, empujando firmemente su cadera. Luego me tomó por la cintura y me colocó bocarriba. Abrí las piernas y acomodé una en su hombro. Él dejó caer su peso lentamente, encajando aquella macana tiesa y jugosa en mi umbral, empapado y calientito. Sentí sus bolas rebotar contra mis labios, su empuje consistente y macizo, hundiendo todo el engranaje de su pieza animal.

Estiré el cuello y puse mi rostro de costado,  sintiendo cómo su miembro duro me cosquilleaba por dentro.

Mis tetas se movían como olas al ritmo de sus arremetidas.

—¡No pares! —gemí yo, mordiéndome.

Se sentía como un ferrocarril, con su motor inyectando presión en mí, una y otra vez, sin detenerse. La cama crujía debajo de nosotros. Entonces el aluvión de sensaciones no se hizo esperar más. Lo sentí en él, lo sentí en mí. Fue un baño de irrealidad riquísimo. Apretamos nuestros cuerpos para sostener el momento, hacerlo más intenso. Él gritó en seco, como hacia adentro, apoyando su rostro sobre el mío, mientras que yo me agarré a su cuello y apreté los párpados, con la boca abierta pero la garganta cerrada.

No había nada que agregar, al menos no en ese momento. Después, al revisar el reloj, vi que hacía rato que su hora había termindado, pero yo estaba encantada, así que nos quedamos más tiempo. Te digo: Supo hacer su venta. Sabía lo que quería y lo trabajó.

—El truco del sexo, sobre todo del pagado, es que la chica disfrute. Si los dos alcanzamos el éxtasis, será un mejor negocio tanto para el que paga, como para quien vende.— Me dijo  antes de despedirnos. Debo reconocer que tiene razón.

Hasta el jueves, Lulú Petite

 
 
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