¿Quién se negaría?

Lulú se deja llevar en una cita en la que experimenta una gran variedad de emociones
Lulú Petite
21/08/2014 - 03:00

Querido diario: 

Como la gran mayoría de los hombres con los que trabajo, lo primero que hizo Carlos cuando quedó conmigo fue besarme en los labios. Besaba de forma desconcertante, eran besos incompletos. Como si el beso no hubiera terminado aún e inconscientemente te inclinabas hacia adelante para rematar la tarea.

Me sacó el vestido despacio, sin prisas, y entre besitos en el cuello y caricias en la espalda ni me di cuenta de cuando nos quedamos desnudos... o casi, porque me había dejado puestos los tacones. Sentada sobre el borde de la cama, me agaché para desabrocharme uno, pero me detuvo sujetándome la mano.

—Déjame hacerlo a mí, princesa, me dijo con acento norteño y aguanté una risita, porque algunos acentos mexicanos hacen que me cante el alma. Se arrodilló como el príncipe de Cenicienta ante mí, colocó mi pie sobre su rodilla y me desabrochó el cierre del tobillo despacito, con parsimonia, comiéndose mi pie con los ojos.

Carlos ya me había advertido sobre sus gustos peculiares. Cuando me besó el empeine con la delicadeza de una caricia, me estremecí, especialmente cuando me cubrió de besos el tobillo. Reí descontroladamente al sentir sus labios recorrer con besitos de mariposa la planta del pie.

—¡No!, se me escapó entre balbuceos, y retiré el pie antes de darle una patada involuntaria. La sonrisa de Carlos cuando vio en qué estado me dejaban las cosquillas fue deslumbrante. 

—Perdón, es que...

—No pasa nada, me tranquilizó. Y entonces se metió mi dedo gordo en la boca. El chillido que solté no fue humano. Carlos se rio, pero siguió a lo suyo, y me tumbó en la cama, muerta de nervios.

Es una de las sensaciones más extrañas que he experimentado nunca, y no me provocó exactamente placer sexual, pero se siente sumamente agradable. Le dejé hacer, y al cabo de un rato repitió todo el proceso con el otro pie mientras me deslizó las yemas de los dedos por las piernas, arriba hasta la rodilla y de vuelta a los tobillos. Cuando por fin se puso de pie, tenía la piel de pies y piernas tan sensible que cualquier contacto me causaba escalofríos.

Cuando Carlos me llamó, antes de establecer nada, me dijo que le encantaban mis pies. No me gusta cualquier tipo de extravagancias, pero que me mimen un rato los pies... Bueno, ¿quién se negaría?

—¿Qué quieres que hagamos ahora? pregunté incorporándome. Carlos sonrió. No es un hombre especialmente agraciado, con ese mentón tan cuadrado y el pelo igual de negro y fuerte en la cabeza que en el resto del cuerpo, pero su sonrisa prácticamente emite rayos de sol.

—Ahora, dijo con la voz oscurecida por el deseo, quiero que uses tus bonitos pies para hacer que me venga.

¡Carajo!, eso no es fácil. Se me debió de ver clarita la inexperiencia en la cara, porque Carlos volvió a reírse y se sentó frente a mí.

—Yo... iba a empezar, pero no tenía nada que decir que él no supiera ya. Cogió mis pies y los llevó hacia su miembro.

—No pasa nada. Yo te guío, dijo entregándome un preservativo en su empaque de aluminio.

—El condón no te lo sé poner con los pies, dije sonriendo, y eso le arrancó una carcajada.

—¡Eso puedes hacerlo con las manos!

Le besé mientras abría el paquetito y preparaba su sexo, que de todas formas no necesitaba demasiados previos. Carlos es un hombre cariñoso y me respondió con más besitos ligeros y con caricias, porque aunque le enamoren mis pies no deja de apreciar el resto de mi cuerpo. Me incliné hacia él un poco por lo acogedor del calor de sus grandes manos, hasta terminar la tarea y me volví a sentar en el borde de la cama.

Me agarré bien para no resbalar y, rodeando su miembro con mis pies, empecé a acariciárselo con movimientos vacilantes. Él me guió con sus propias manos. Pese a que me parecía que lo estaba haciendo horrible, él gemía. Tengo las plantas lisas, no endurecidas, porque siempre he tenido cierta reticencia a dejar que mis pies se encallecieran y perdieran su suavidad de bebé. Al final el capricho de delicadita me salió rentable, pensaba mientras seguía con ritmo estable.

Su miembro se sentía muy caliente y suave. Descubrí que le encanta que, al bajar, le acaricie los testículos con los talones, y que juguetee con los deditos sobre su glande. Los gemidos de Carlos eran cada vez más entrecortados, y en un momento dado me detuve y me miró como preguntándome por qué haría semejante cosa.

Y entonces sonreí malévolamente y retomé la masturbación aplicando más presión que nunca, y Carlos gimió y echó la cabeza hacia atrás y se vino llenando el preservativo. Le exprimí las últimas gotas, satisfecha de haber adquirido y dominado una nueva habilidad.

Cuando se recuperó del orgasmo, se puso de pie, se quitó el preservativo, lo ató y lo tiró a la basura. Iba a levantarme también pero me detuvo a medio camino.

—¿Qué, pensabas que tú no ibas a tener tu parte?, antes de que pudiera contestar, me empujó de espaldas a la cama, haciéndome reír, y hundió el rostro entre mis muslos. Una delicia.

Hasta el martes 

Lulú Petite

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