Cómo coger adolorido

"Me tomó por la cadera e impuso el ritmo con el que me penetraba desde abajo, socavando, profundizando su pieza gorda e hinchada entre mis piernas"
Lulú Petite
21/06/2016 - 05:00

Querido diario: Estaba almorzando con Luisa y Carolina cuando recibí la llamada. Me alejé para hablar con más soltura sobre los detalles, colgué y volví con mis amigas. Entonces las escuché hablar sobre lo que habían hecho la noche anterior: después del trabajo se fueron a  un antro en Polanco y ligaron con dos turistas griegos. No lo dijeron, pero sabía que, obviamente habían terminado en la cama. 

No me hizo mucha falta tanta imaginación para anticiparlo. Lo que yo soy por trabajo, ellas lo son por gusto y las felicito, me encanta que sean mis amigas y que vivan su sexualidad en completa libertad, sin perderse un buen orgasmo ni temor al qué dirán. De todos modos, son discretas. De belleza modesta, sin aspavientos ni ropa o modales exuberantes. Simplemente se saben bonitas y se dejan seducir y, cuando llega la hora, no se las dan de puritanas. Van a la cama como quien se come un postre. Para ponerle el dulce a la noche. Lo mejor es que coger, a diferencia de los postres, no engorda.

—¿Y qué tal? ¿Terminaron en casa de alguna de ustedes o en hotel de ellos? —les pregunté en broma.

Luisa se rió, pero Carolina puso la cara que ponen los cachorritos cuando están descubiertos en la travesura.

—¿Por qué crees eso? —preguntó haciéndose la mosca muerta, pero la risa de Luisa las delató. Terminaron confesando que Carolina había terminado empiernada con su griego en su depa, y Carolina se había quedad sin coger, después de que el otro griego se despidió de ella y se fue a su hotel.

Me habría quedado más tiempo conversando con mis amigas, pero recibí una llamada de trabajo y, ni modo, hay que perseguir la chuleta, me despedí de ellas y me fui al motel, donde me esperaba Sergio, mi cliente.

Toqué tres veces la puerta y él gritó:

—Pásale, corazón, está abierto.

Me esperaba boca abajo en la cama y en calzoncillos. Alzó la vista y me echó un vistazo. Sonrió e hizo el amague de levantarse, pero de inmediato en la cara se le dibujó una queja. Se levantó tenso y tieso como una tabla.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí, no es nada. No más un dolorcito en la parte baja de la espalda —dijo acercándose a mí.

Me apretó por la cintura y me dio un beso en la boca.

—Cuánto tiempo tenía sin verte, Lulú —empezó a decir ansioso, entrando en materia.

Sus manos subieron por mi espalda, despojando mi ropa, pero entonces se inclinó para besarme el cuello y…

—Ay —dijo.

—¿Estás bien? —le pregunté al verlo doblarse sobre la cama, como un gancho.

Me aproximé y resultó ser que estaba más acalambrado que carne congelada. Tenía un nudo durísimo en el coxis.

—Relájate —le dije bajito al oído y ayudándolo a acostarse boca abajo en la cama otra vez.

No seré quiropráctica, pero sé dar unos muy buenos masajes y lo hice con mucho cariño y sensualidad. Me desnudé y le apliqué una crema analgésica que cargo justamente para las ocasiones en que al cliente le apetece un buen masaje. Me senté a un lado de él con sumo cuidado y empecé a masajearlo suave, lenta y divinamente. La menta comenzó a penetrar su piel y así se fue relajando, aliviando su dolor. Entonces me contó que ayer en el aeropuerto levantó muy bruscamente unas maletas y el esfuerzo le hizo revivir, como un pellizco del Chamuco, una lesión del nervio ciático que, de cuando en cuando le provoca dolores insoportables en la zona lumbar.

Me abracé a él y apreté mis tetas contra su espalda. Él estiró un brazo hacia atrás y me acarició los glúteos. Mi piel se erizó al instante. Me excitaba ser yo quien lo relajara y excitara de esa manera. Al darse media vuelta, noté que su expresión de dolor había cambiado por una de placer y debajo de su bóxer había una estaca erecta y prensada esperando por mí.

Le bajé la prenda de un jalón y le puse el condón sin más tiempo que perder. Me lo clavé yo solita, con las piernas abiertas cual amazona, dejando descender el peso de mi cadera sobre su miembro venoso.

Los fluidos de mi vagina se encargaron de ir engrasando el palo y sus dedos en mi boca eran como cables a tierra, evitando que me desbocara.

—Despacito —repetía, ansioso, suplicante.

Me tomó por la cadera e impuso el ritmo con el que me penetraba desde abajo, socavando, profundizando su pieza gorda e hinchada entre mis piernas. Me apoyé con las palmas en su pecho y me afinqué para hacerlo entrar más en mí. Sus gemidos competían con los míos, que poco a poco se iban convirtiendo en gritos. Empapados en sudor, cabalgamos por un rato largo. De pronto aceleró el trote y me clavó las uñas en la piel. Yo me vencí sobre su pecho y lo abracé, lamiendo su cuello, sus orejas, dándole besitos en la comisura de los labios. Sentí el estallido líquido dentro de mí.

¿El dolor? Se le pasó. Un buen combo: Sobada más ponchada arregla hasta al más chueco. Conversamos un rato:

—¿Estás de viaje?—pregunté.

—No, ¿Por qué?

—Pues la maleta, el aeropuerto.

—Ah no—me dijo —Fui al aeropuerto a recoger a unos clientes, griegos. Afortunadamente decidieron salir solos ayer y, creo que les fue bien —dijo mirando al techo. ¿Será el mundo tan chico? Me quedé pensando.

Un beso

Lulú Petite

 

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