Me lo guardé... el secreto

Lamí su pecho y me abracé a su cuerpo casi desesperada cuando no lo pude contener más. Me apetecía derretirme sobre su piel, explotar y derramarme sobre su miembro, envuelta en ese calor húmedo que se generaba entre mis piernas
Lulú Petite
21/04/2016 - 05:00

Querido diario:  La noche era disfrutable. Las luces de la ciudad se veían bonitas. Aunque tantito borrosas, por la nata de humo que tiene a la ciudad buceando entre imecas y nadando entre el Hoy no Circula y mañana tampoco.

—Bonita vista, ¿no?

Bajé la vista y encontré a un muchacho sentado en el balcón, con una pierna enyesada y un par de muletas recargadas en la pared. Miraba la ciudad también.

—A pesar de todo —prosiguió— Esta ciudad tiene algo, ¿cierto?

—Sí —dije desapareciendo el fondito de la copa—. A pesar de todo.

El hombre sonrió y me preguntó mi nombre. Antes de que pudiera contestar, Sandra llegó con dos platitos de comida. Había arroz al curry, pollo con ciruelas y la ensalada que había llevado yo. Le dio un plato a él y el otro a mí.

—Ten cuidado con Jerry —dijo Sandra en tono de broma—. Es más travieso de lo que parece.

Jerry sonrió, a lo que Sandra respondió con una caricia en el hombro antes de presentármelo. Era su hermano.

Sandra es psicóloga. La conocí en el gimnasio durante una época en que me dio por tratar de hacer yoga. Lo dejé pronto, pero conservé a la amiga y esa noche celebraba sus 30 años. Se veía muy contenta gobernando su casa, entre puros amigos. Su marido, Jorge, es unos diez años mayor que ella, aunque no lo aparenta, y la obedece como el más encantador de los mandilones.

Empezamos a comer en silencio.

—Mmmm —dijo Jerry—. La ensalada está estupenda.

—Yo la hice —dije orgullosa.

En eso volvió Sandra, arrastrando a su marido. Creo que querían invitarnos a cenar dentro, pero me la estaba pasando bien con Jerry, quien les pidió que se sentaran con nosotros y que me obligaran a explicarles cómo se me ocurrió semejante combinación de ingredientes. Como hacía unos días Jerry se había fracturado la patita, mi amiga estaba en la mejor disposición de consentir a su hermano.

En principio me negué a revelar la receta. —Ultimadamadresmente— les expliqé —para eso son los secretos de cocina. Una receta que pasa de generación en generación directamente de abuelas a nietas no se divulga por la pura presión de un discapacitado temporal, cenando en un balcón.

Decepcionados, los tórtolos se fueron a atender a los demás invitados. Jerry se me quedó mirando con astucia, como si intuyera que mi historia no era del todo cierta.

Esa mañana Sandra me habló. Se la debía. En más de una ocasión me ha ayudado. Siempre que le pido algo me da un sí por respuesta. ¿Qué podía responderle si me llama y me pide que para su fiesta de esa noche lleve una ensalada preparada por mí?

Tenía trabajo y poco tiempo para ponerme a pensar en ensaladas. Me fui pues a atender a mi cliente con aquel compromiso a cuestas. Se trataba de un buen tipo, un cincuentón con un carácter de lo más dulce. Tenía unos hombros divinos, muy masculinos, en los que clavé las uñas para no deshacerme cuando, a horcajadas, me despaché clavándome y a galope.

Era un hombre lampiño con  canas color plomo y un buen carácter monumental. Rugía cada vez que clavaba aquel taladro entre mis piernas, estremeciéndome la médula. Yo me apoyaba en el tope de la cama, haciendo crujir el colchón con mis manos, resistiendo sus embates, convulsionando de éxtasis y gimiendo con sus labios entre mis dientes. Mi cabello rociaba su cara y sus dedos imprimían presión en mis nalgas y caderas, que también acariciaba. Su pubis acariciaba el mío, oprimiendo mi clítoris como un botón que descargaba ondas preorgásmicas por todo mi cuerpo. Lamí su pecho y me abracé a su cuerpo casi desesperada cuando no lo pude contener más. Me apetecía derretirme sobre su piel, explotar y derramarme sobre su miembro, envuelta en ese calor húmedo que se generaba entre mis piernas. Él se vació al mismo tiempo que yo, buscando el aire del que el éxtasis nos privaba por breves segundos. Me sentía en órbita, bañada en transpiración y con la respiración agitada.

Para cuando regresé a la tierra, tomé mi cel y me puse a buscar recetas sencillas de ensaladas, tenía poco tiempo. Él me preguntó si todo estaba bien y le conté lo de mi amiga Sandra.

Él mascó unas palabras, tomó su celular e hizo una llamada dando instrucciones precisas a su interlocutor. Antes de que terminara la hora, llamaron a la habitación. Un muchacho le entregó a mi cliente un paquete grande con una impresionante ensalada para veinte personas con flores de jamaica, arúgula, lechuga, pepinos, almendras, arándanos, queso de cabra y una deliciosa vinagreta de miel. Algo delicioso.

—Simple, ¿verdad? —dijo el cliente. ¿Cómo podía imaginar que el hombre es dueño de un restaurante a unos minutos del motel y que iba a tener conmigo ese acto de generosidad? Dicen que está mal eso de estirar la mano esperando que las frutas te caigan solas de los árboles, pero nadie dijo nunca nada de las ensaladas.

Jerry seguía mirándome, un poquito incrédulo, pero no me venció. No logró que le diera mi falsa receta, eso sí, cuando me pidió mi teléfono ese sí que se lo di. Me cayó bien.

Un beso

Lulú Petite

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