'¿Quieres?', por Lulú Petite

Lulú se queda sin palabras después de pasar una tarde muy especial con un ser querido
Lulú Petite
21/01/2016 - 05:00

Querido diario: Tengo los nervios de punta. Ni siquiera sé por dónde empezar. Ahora que lo pienso, esta mañana, cuando me desperté de por sí había algo raro en el aire. Desde bien temprano percibí que el ambiente estaba cargado y que presagiaba uno de esos eventos que trastocan la realidad.

Pasé una tarde fenomenal con Miguel, a quien tenía medio abandonado por el trabajo. Me hacía falta, la verdad. Con mis giras de aquí pa’ allá apenas habíamos tenido tiempo de mensajearnos. Ya era tiempo de verlo bien, con calma y a gusto. Fue como si me leyera la mente. Me despertó el timbre del Whatsapp. Leí: “Te veo en diez minutos. Voy en camino”. Me espabilé con las manos. El cielo estaba despejado, pero era aún temprano y hacía un frío de los mil demonios, ya ves cómo ha estado la condenada semana, tan gélida que nada más falta ver pingüinos. Miguel llegó, como advirtió, diez minutos después.

Me asomé por la ventana y le soplé un beso que atajó de un mordisco, lo dejé pasar al edificio, pero no le abrí la puerta del departamento. Como dicen las de horóscopos de Durango, antes muerta que sencilla. Aun así, rompí el récord olímpico de bañada, vestida y arreglada. Abrí la puerta y lo recibí con un beso sabor a pasta de dientes.

Bajamos, me trepé a su coche y nos pusimos en movimiento. El viento inyectaba vigor en mi rostro. La ciudad parecía un pañuelo. Era un domingo sin tráfico ni caos. Tomamos Paseo de la Reforma y nos metimos al Bosque de Chapultepec, Segunda Sección. Se ve bonita remodelada. Desayunamos en un bufet delicioso y caminamos hasta el Museo de Historia Natural. Un edificio precioso con varias semiesferas conectadas en las que se muestra la historia del planeta y de sus especies. Pasamos horas allí y lo disfruté mucho.

Para variar, Chapultepec estaba hasta el copete de chiquilines camino a la feria o al Papalote y gente haciendo ejercicio. 

Sonriendo me ofreció su palma y nos encaminamos tomados de las manos por un sendero inventado a la dicha de sus pasos. El sol comenzaba a calentar, pero igual hacía fresco. El aire puro de oxígeno vegetal se sentía genial al respirar. Veinte minutos después estábamos en un campo de pasto bajito y limpio bajo la sombra de un cedro inmenso. Era un punto discreto y tranquilo, alejado de las muchedumbres. Nos sentamos descalzos, comiéndonos una bolsa de chicharrón de harina que compramos minutos antes y jugando a ensuciarnos la cara con el polvorón de harina salada.

Miguel me contó que aún se acordaba de que cuando era un niño iba a ese lugar a jugar con sus hermanos.

Hablaba con cierta nostalgia y agitaba su dedo índice  para señalar hacia dónde apuntaba su imaginación. Me gustaba escucharlo hablar larga y tendidamente. Recosté mi cabeza en su regazo y comenzó a acariciarme. Entonces hicimos silencio. No había mucho más que decir. Me besó justo cuando una revoltosa ráfaga de viento nos despeinó.

Nos desnudamos a medias y rodamos por el suelo como animales en celo. Las nubes eran inmensas allá arriba y verlas me apaciguaba mientras él metía dos dedos en mi boca. Luego los deslizó debajo de mi falda y serpenteó tocando mis muslos hasta el punto exacto, el botón que desataba el colapso de mis sentidos. Acarició uno de mis senos sobre la ropa y me le eché. Estaba al tope de sus posibilidades. No me desnudé, ni hicimos el amor, pero el faje estaba como jamás me habría imaginado que lo haría en tan choteado parque y en domingo. ¡Nomás eso me faltaba!

Estábamos gozando de lo más rico cuando de pronto Miguel vio a alguien, como a 20 metros, casi babeando. A carcajadas, nos repusimos, recogimos nuestras cosas, saludé con mi dedo medio al maldito fisgón y nos fuimos corriendo hasta el coche. Recalentados, fuimos todo el camino riéndonos de la travesura. Miguel enfiló en dirección a mi depa y aparcó de un frenazo, dejando el coche torcido en la acera. 

Pudimos haberlo hecho ahí mismo, pero preferimos saltar de a dos los peldaños de las escaleras y ponernos más cómodos en mi habitación.

No había tiempo que perder. Nos encueramos y nos restregamos devorándonos a besos y mordisquitos. Me tendí boca arriba y Miguel me demostró su talento con la lengua. Estaba por explotar, pero en el momento exacto se colocó encima y me arponeó de lo lindo. Hecha su esclava, me recliné sobre la pared, de pie, y me tomó por detrás, jalándome por la cadera hacia él. Su respiración vencida en mi nuca era la evidencia de un sexo delicioso.

Nos duchamos juntos y volvimos a la cama para deshacernos en arrumacos, mirándonos a los ojos.

Y ahí fue cuando todo se empañó. Me dijo que me amaba. Yo me puse como estatua. No sabía qué decir. Sentía lo mismo y quería expresarlo, aunque no sabía cómo. Quería ser sincera ante todo. Tartamudeé tratando de escoger las palabras adecuadas.

—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó.

¡Carajo! ¿Qué se suponía que hiciera?

 

Hasta el martes

Lulú Petite

 

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