Le cogí cariño

"Él apretó las nalgas y empujó suavecito, exhalando suspiros de placer y repitiendo mi nombre como si le supiera a caramelo"
Lulú Petite
20/10/2016 - 05:00

Querido diario: Conozco a Gerardo desde hace un año. Hace tiempo perdió el trabajo. Antes de eso le iba muy bien, pero las cosas se le cuatrapearon antes de que pudiera meter las manos. De la noche a la mañana pasó de recibir un sueldo muy bueno a no tener con qué llegar a fin de mes. Luego vino el divorcio, los problemas, todo se fue al carajo. Las cosas son así. Su ex mujer mantenía un buen trabajo y arregló que la separación quedara en términos que para ella parecían mejores. Ella se quedó con la casa, él con los coches y ninguno daría pensión al otro ¡Salomónico! Él sería papá de fines de semana y ella, de lunes a viernes.

Perderlo todo es complicado. Los ahorros se van como agua y pronto la esperanza empieza a darse de trancazos con la realidad. Cuando el efectivo escaseó, tomó la decisión de vender sus coches. Uno por uno. Tenía tres carritos de buenas marcas. En eso estaba cuando se enteró de que existía algo, en ese entonces novedoso: Uber. La empresa estaba comenzando. Hoy, dice, hay muchos choferes y los filtros son menos rigurosos, pero en ese momento, las cosas se dieron que ni mandadas a hacer.

Metió un coche, que él mismo manejaba, y poco después se apalabró con choferes para poner los otros dos. Le empezó a ir muy bien y, sacando de aquí, poniéndole allá, levantó otro negocio, un restaurantito en el que también le está yendo de maravilla.

Hoy, se puede dar ciertos lujos. Bien dicen que cuando la noche está más oscura es señal de que empezará a amanecer. Hace dos días estaba en el gimnasio cuando llamó.

—¿Qué onda, Lulis? —dijo con afecto.

Había tenido unos días buenos y, con efectivo en la cartera, se quiso dar un gusto. Una vez le pregunté si no le angustiaba despilfarrar, después de aquella bancarrota, pero no. Si cae dinero, se lo gasta. Quedamos en vernos esa misma noche. Gerardo me había comentado hace unas semanas por Twitter una foto en la que salía usando lencería negra. Había escrito que me quedaba bien y que le gustaría quitármela él mismo. Me acordé de eso y decidí ponérmelo. Cuando recibí la confirmación del número de habitación en el motel, donde siempre nos vemos, salí para allá.

Entré, subí por el ascensor y caminé  hasta su puerta. Iba a tocar cuando él abrió de repente.

—Pásale, amiguita — Siempre me dice así, amiguita, pero con un tono tan cariñoso, que realmente lo empiezo a considerar como un amigo.

Estaba contento a su manera. Tenía prisa por empezar, pero se dio su tiempo. Se bebió un Red Bull y se metió al baño para ducharse. Había tenido un día largo y no le había dado tiempo para bañarse. Lo escuché cantando en la regadera. Mientras tanto, coloqué los condones y el lubricante sobre la mesa de noche, me quité el vestido y me acomodé en la cama para esperarlo con una pose de regalito. Salió con la toalla en la cintura, el cabello brilloso y aplastado hacia atrás como una nutria mojada y silbando alguna melodía que no conozco. Me vio y paró en seco. Detuvo la música como si se le desinflara en los labios.

Se quitó la toalla como con un latigazo. Se aventó de clavado hacia la cama y me envolvió con sus brazos. No sé si se acordaba de la lencería, pero sí me lo quitó con entusiasmo. Le puse resistencia porque sé que eso le excitaba más. No tardó mucho en besarme. Su lengua sabía a enjuague bucal y su cuello y pecho estaban todavía húmedos de la ducha. Rodamos por la cama, restregándonos los cuerpos para entrar en calor. Entonces me dijo que le hiciera lo que le gusta. Se paró sobre la cama y yo alcancé el condón. Me puse en cuatro patas frente a él, mordí el empaque y saqué la gomita. Se la coloqué en la punta de su pene erecto y le bajé el hule con los labios, hasta el fondo. Succioné, gimiendo y hundiendo mi cara en su ingle. Él apretó las nalgas y empujó suavecito, exhalando suspiros de placer y repitiendo mi nombre como si le supiera a caramelo en el paladar. La cabeza de su miembro empujaba en mi garganta. La boca se me hacía agua y quería tragármelo entero. De pronto, Gerardo perdió el equilibrio y cayó de lado en el colchón. Estaba casi ido. Volvió en sí y empezó a reírse.

—Ven aquí, mi amor —dijo suplicante.

Me sequé el mentón con el antebrazo y me encaramé con las piernas abiertas para cabalgarlo con pasión. Su pene me atravesó en vertical. Podía sentirlo en mis entrañas, entrando y saliendo, embadurnándose de mis fluidos. Me agarró las tetas y me pellizcó los pezones. Me taladró a diestra y siniestra, empujando y empujando hasta correrse de lleno y desorientado, gritando.

Gerardo ya se recuperó de la bancarrota, pero ahora que de nuevo están las vacas chonchas, bromea con eso. No le importa ni tiene miedo. Dice que lo bueno de caer, es la oportunidad para levantarse. Se despidió diciéndome un chiste:

—Ya aprendí la lección— dijo —Aquella vez, la mitad de mi lana me la gasté en mujeres, sexo, alcohol, vicios, fiestas, amigos y más mujeres.

—¿Y la otra mitad?

—Ah no, la otra mitad sí me la gasté en puras pendejadas.

Un beso, Lulú Petite

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