Balance, Por: Lulú Petite

Lulú disfruta de un gran momento con un viejo conocido
Lulú Petite
20/08/2015 - 03:00

QUERIDO DIARIO: Me llegó al teléfono un mensaje de texto de un número desconocido:

Sergio: “¡Hola! Soy Sergio ¿Te acuerdas de mí?”

Lulú: “Hola, francamente no me acuerdo, ¿me ayudas a recordar?”

Sergio: “Alto, de lentes, Passat gris, regiomontano. Ya me tenías registrado, pero cambié mi número”

Lulú: “Mhhh, ya creo que te recuerdo, ¿cómo estás? ¿Qué pasó?”

Sergio: “Bien, con ganas de verte ¿se puede?

Lulú: “Claro, ¿Como a qué hora?”.

Sergio: “¿A qué hora te queda bien a ti? Lo más temprano posible”.

Lulú: “Mhh, ¿qué tal a las ocho?”.

Sergio: “Va, me parece muy bien”.

Lulú: “Entonces ¿es un hecho?”.

Sergio: “Claro, es un hecho. A las 8:00 en el Villas”.

Lulú: “Ya estás, allí nos vemos”.

Que dulces son los hombres tranquilos y caballerosos, aunque eso no quiera decir que no se porten mal cuando las circunstancias lo ameriten. Un balance de carácter, como debería haberlo en todos los aspectos de la vida, ¿no?

Sergio es así, muy caballeroso, amable, tal vez hasta dulce, pero es también travieso a su manera. Hasta pecas en la nariz tiene. Y un brillo castaño en los ojos, casi traslúcido. Dos luceros pálidos y encantadores, un arma secreta de los hombres que piden perdón mil veces a sabiendas de que siempre van a ser perdonados.

Hacía mucho que no lo veía. Lo conocí en Monterrey y, cuando iba allá de gira, era uno de los clientes infaltables. Siempre con su sonrisa amable y su charla entretenida, antes y después de ponerme unas cogidas deliciosas. Igual como me escribió de un número de teléfono del Distrito Federal y me agarró fuera de lugar, me sacó de onda, no estaba segura de quién me escribía, pero cuando leí regiomontano, de lentes, alto, de inmediato ‘me cayó el veinte’, me emocioné, de esas veces que sientes cómo te brinca el sexo y una calentura espontánea te hincha el clítoris y echa a volar la imaginación. Era cuarto para las siete y, si nos habíamos quedado de ver a las ocho, tenía un buen rato para arreglarme. Salí emocionada.

Era miércoles en la noche, con esa mirada de doble filo que se gasta, me recibió en la habitación. Después de ponernos brevemente al día, me propinó un largo beso salvaje. Me mordió los labios y su lengua excavó en mi boca. Me encantó ese vigor tan espontáneo e intempestivo, así que le devolví el gesto saltándole encima y rodeándolo con mis piernas abiertas. Luego dimos vueltas por toda la habitación y terminamos apoyados contra la pared.

Su pene tenía vida propia. Podía sentirlo presionando contra mi vagina, intentando romper las capas de tela que nos separaban. Nos desnudamos el uno al otro, como si abriéramos un regalo de cumpleaños. La ropa quedó diseminada por todo el piso. Luego nos dirigimos a la cama dando tumbos, sin dejar de besarnos y arañarnos. Lo ayudé a ponerse el condón y acto seguido estaba penetrándome sin contemplación. Lo hicimos así por un buen rato hasta que me pidió que me volteara. Mordí la almohada cuando empezó a metérmela boca abajo. Su sexo es grande y penetraba profundamente. Él se movía con rapidez y calentura, de modo que la cama temblaba cuando él embestía clavándose entre mis piernas y rozando su cuerpo contra mi piel tierna. Me apoyé en la cabecera de la cama para recibir sus arremetidas. Me dijo que me diera la vuelta y siguió moviéndose frenéticamente hacia afuera y hacia adentro hasta que, en medio de un gemido largo, se vació en el preservativo.

Él se quedó exhausto en la cama mientras yo me daba una ducha. Entonces escuché que prendió la tele. Con la regadera abierta no podía escuchar de qué se trataba, pero por lo que se alcanzaba a oír supuse que era alguna película.

Cuando salí, lo encontré arropado, con expresión tranquila, viendo una película con Mila Kunis, Olivia Wilde y Liam Neeson.

—Ven conmigo —dijo.

Me hizo espacio junto a él y me acosté apoyando la cara en su pecho. Acaricié el parche de vellitos que ahí tiene y cerré los ojos, relajada por la quietud después de la tormenta.

—Ella lo va a dejar —dijo.

—¿Qué?

—La película —continuó él.

—Ah, ¿de qué se trata?

—Pues ni idea. Pero, me da la pinta de que lo va a dejar —no sabía si hablaba del personaje de Kunis o del de Wilde.

Nosotros nos quedamos así, quietos, viendo la película sin realmente verla. Más bien hablamos. Él me preguntaba cosas de mi vida sin indagar mucho. Yo hacía lo mismo. Trabajo y rutinas. Me contó que hacía un par de semanas se mudó de Monterrey al Distrito Federal, no por mucho tiempo, sólo una temporada, asuntos del trabajo. Esperaba en este tiempo acá, verme más seguido. Me preguntó si estaba cómoda.

—Mejor imposible —le contesté.

Sonrió y se inclinó para besarme. Su miembro resucitaba y yo estaba dispuesta. Teníamos tiempo de sobra para revolver las cosas una vez más.

Se siente bien tener esa clase de vínculo con alguien que coge fogosamente y que luego es tan apaciguado y, de una manera extraña, tan cercano e íntimo. Es un tráfico recíproco de sentimientos igual de válidos, no sé si me explico. Así lo veo yo: el sexo también deriva en calma, cordura y estabilidad. El balance, pues.

 

Un beso

Lulú Petite

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