¿Otra vez tú?

Me quedé anonadada cuando vi que quien me abrió esta vez era ¡el mismo cliente que había atendido unas horas antes!
Lulú Petite
20/05/2014 - 03:00

Querido diario: 

Unas horas más tarde, fui al encuentro del segundo cliente de la noche, a otro hotel, otro piso, otro cuarto y las mismas ganas de pasarla bien. El trabajo sexual es cuestión de azar. Lo mismo puedes encontrarte con un cliente adorable que con uno de difícil trato. Generalmente, al llegar al motel respiro profundo, como si cargándome los pulmones de aire fresco (con su correspondiente dosis de IMECAS), llenara mi pecho de esperanza, para que quien me reciba sea un buen cliente.

Quiero decir un cliente buena onda, alivianado, limpio y divertido. No me importa si es guapo. Él paga para que eso me valga gorro y, en verdad, no me importa. Si me trata bien, le voy a corresponder con la misma moneda. Te juro que si ves a algunos de los clientes con los que he tenido los mejores orgasmos, te sorprenderías. Creo que disfrutar del sexo es más una cuestión de actitud que de apariencia. Bueno, pero al grano:

Me arreglé el vestido al salir del ascensor, caminé el pasillo y, como siempre, dando un segundo respiro profundo, inflé de esperanza mis pulmones y llamé con tres golpes en la puerta deseando que se tratara de un cliente agradable: toc,  toc,  toc.

Me quedé anonadada cuando vi que quien me abrió esta vez era ¡el mismo cliente que había atendido unas horas antes!

Además, según él, llevaba prisa, por eso solamente metió su cara entre mis piernas y, después de una eficaz lengüeteada, me provocó un tremendo orgasmo y se fue. Me aseguró que tenía trabajo y se despidió con firmeza, con la promesa habitual, que muchos dicen, de que volvería a llamar, pero sin dejar chance de pensar que lo haría ese mismo día.

¿Qué no le fue suficiente?, ¿de verdad quería más? Estaba sorprendida y sin saber qué decir, pero sinceramente, por mí encantada de que me volviera a devorar de la manera que lo hizo antes y, por si fuera poco, me pagara de nuevo.

—¡Eh!, gruñí bromista, sintiéndome engañada. ¿Otra vez tú?, ¿qué no estarías reunido el resto del día?, reclamé en tono de esposa encabronada.

Él se sorprendió muchísimo.

—¿Disculpa?, respondió con una expresión de: “¡Qué pedo con esta loca!”.

—¡Tú me llamaste!, ¿no es así?, me hizo pasar para que no montara el escándalo en el pasillo.

—Sí, claro que te llamé, creía que era así como funcio...

—¡Sí, pero me llamaste dos veces!, recalqué y ahí ya sí que no supo qué cara ponerme. No decía nada, sólo nos mirábamos fijamente. Muy alto y flaco, los mismos ojos de muchachito desorientado, el mismo pelo negro... El mismo pelo pero… bueno… el pelo…

Entonces me di cuenta de que mi galán de la tarde había llevado un corte reciente y bien perfilado. Este de la noche no tenía el pelo brillante y engomado, sino sedoso, y algo más largo y ondulado. Olía diferente también.

—¿Me lo explicas más despacio, por favor?, preguntó con cuidado al ver mi cara de boba.

—¿Tienes... tienes un hermano?, fue todo lo que se me ocurrió decir, deseando que en ese momento se abriera un agujero en el piso por dónde pudiera escapar. Carajo, ¡trágame tierra!.

Me miró unos segundos más con los ojos muy abiertos, y entonces estalló en carcajadas.

Cuando por fin paró de reír, casi con lágrimas en los ojos, me explicó que, efectivamente, tiene un hermano gemelo con quien se lleva de maravilla. 

—Dicen que existe una conexión natural entre gemelos y sé que en muchas cosas tenemos los mismos gustos, incluyendo para las mujeres, pero nunca pensé que se nos ocurriera llamar a la misma exactamente el mismo día, dijo. Me puse toda roja, pero él más de tanto reír.

—¿Y qué tal mi hermano?, se lo conté sin mucho detalle, algo sonrojada todavía por la cuestión. Escuchó con atención.

—Te ves muy bonita cuando te sonrojas Lulú, me dijo. Se me antoja hacerte muchas cosas, quisiera tomarte en este momento, aquí mismo, al pie de la cama, tumbados en la alfombra, pero me sería imposible no pensar con quién estuviste hace apenas tan poco con mi hermano, que tienes todavía sus caricias corriéndote por las venas, ¿qué te parece si mejor platicamos?.

Me pagó la cita aunque sólo estuvimos charlando por más de una hora. Al despedirnos quedamos en que otro día con menos coincidencias, me llamaría para desquitar. Me pareció encantadora y razonable su propuesta.

Esa noche, cuando me quedé dormida, soñé que estaba en mi cama y en ella, desnudos y hermosos, los dos hermanos. No podía saber quién era cada cual, hasta que uno de ellos me separó los muslos con brusquedad y clavó su lengua entre mis piernas, con una profundidad insólita. Entonces supe que él era el primero. El otro, su hermano, besaba mis labios mientras apretaba con sensualidad mis pezones perfectamente endurecidos.

De pronto estaba yo de a perrito, apoyada sobre la cama en mis rodillas y en las palmas de mis manos. Tenía a un hermano metiéndomela con entusiasmo desde atrás y al otro llenándome la boca con su miembro rígido. Los dos se movían de manera deliciosa y me poseían con energía, pendientes de mis reacciones. Me vine intensamente antes de despertarme con una placentera sonrisa en los labios. Ojalá en verdad pronto llame de nuevo alguno de los dos, o ambos, claro, de uno en uno. ¡Qué rico!.

Hasta el jueves 

Lulú Petite 

 

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