“El hubiera”, por Lulú Petite

El sexo con él era más cosa de caricias: Recorrer mi piel con sus dedos, besarme cada rincón del cuerpo, comerme los labios, acariciar mis pezones y moldearlos con la punta de su lengua, como si bebiera de ellos leche y miel
Lulú Petite
20/01/2015 - 03:00

Querido diario: Dicen que “el hubiera” no existe. Y dicen bien. Aun así, es inevitable imaginar qué habría pasado de tomar decisiones distintas. Los seres humanos somos así, imaginativos. ¿Cómo habría sido mi vida si no me hubiera ido de casa cuando niña? ¿Qué habría pasado si le hubiera hecho caso a aquel galán que tanto me insistió?

Ayer atendí a un hombre que me recordó a un cliente que se enamoró mucho de mí.

Era la época en la que comenzaba a trabajar de prostituta en la agencia de “El Hada”. Era inexperta, nuevecita y estaba jovencísima. Digamos (para evitar caer en cualquier vacío-precipicio- legal), que tenía dieciocho años recién cumpliditos.

Ya mis curvas estaban bien definidas: Era delgadita, atlética, de baja estatura. Vientre plano, cintura estrecha, piel firme, ojos dulces, nalgas redondas y respingadas, piernas bien definidas y esa luz fresca de la post adolescencia. Mis senos, en esa época no eran como hoy, sino incipientes higos dulces y airosos, coronados por dos pezones duros y perfectos, como terrones de azúcar. Mi temperamento, además era de lo más manejable. Siempre con una sonrisa, dispuesta a aprender y dócil como corderita.

Tal vez mi único defecto de importancia, era que en esa época estaba enamorada como personaje de novela cursi, de un barbaján que no resultó muy buen partido.

En esa época conocí a Franz. Un alemán de sesenta y tantos años. La diferencia de edades era abismal, pero fuimos desarrollando mucha afinidad y entendimiento, tanto en la cama como fuera de ella. Era divorciado, sus hijas (ya grandes) vivían en Europa y con su ex mujer no tenía comunicación. En México vivía solo, al frente de negocios muy lucrativos.

En su juventud había sido guapo. Vi sus fotos. Un alemán tremendo, de un metro noventa, piel dorada, cabello rubio, cuerpo atlético y unos profundos ojos azules. Cuando lo conocí esos años habían pasado, los ojos seguían preciosos, pero el poco cabello que le quedaba era cano, había subido de peso y fumaba y tomaba muchísimo.

Era muy bueno en la cama. Tenía una tremenda ‘salchicha Frankfurt’. Una herramienta tan grande que, apenas la veía, me temblaban las piernas. Cogía bien, pero nunca he sido buena con los penes descomunales.

Igual no cogía mucho. El sexo con él era más cosa de caricias: Recorrer mi piel con sus dedos, besarme cada rincón del cuerpo, comerme los labios, acariciar mis pezones y moldearlos con la punta de su lengua, como si bebiera de ellos leche y miel. Me trataba con ternura. Antes y después del sexo acostumbraba bañarme. Lo hacía con toda calma, tomaba una esponja y un pomo de jabón líquido de una marca muy exclusiva, untaba un poco y lo esparcía por mi cuerpo cubriéndolo con una fina capa de espuma blanca, luego con una regadera de teléfono me la quitaba con calma. Mi sexo lo lavaba con un jabón especial, también líquido, que no se consigue en el país. Su pulcritud era exagerada y me encantaba su olor. Si algo puede seducirme de un hombre es que huela rico.

Después de un largo preámbulo, el coito era breve. Me metía su monstro enorme, bombeaba un poco y eyaculaba. Aun así, con él nunca era asunto de pisa y corre, me contrataba por muchas horas, luego por una noche completa, después por días. Entonces me advirtió que se había enamorado.

Llegó un momento en el que lo veía tan seguido que lo nuestro ya era muy cercano a un romance. Prácticamente vivía con él en un hermoso y enorme pent-house de Polanco, con una vista espectacular del bosque de Chapultepec. Tenía muchísimo dinero y era muy espléndido. Me quiso regalar un coche y joyas, pero no acepté obsequios tan caros. Sólo ropa y mi pago.

Un día me dijo que tenía que irse de México. Sus negocios aquí habían terminado y era hora de regresar a Alemania. Entonces me propuso lo que nunca hubiera imaginado: Irme con él. Casarnos, hacernos pareja y empezar de cero una vida distinta al otro lado del Atlántico. Me ofreció pagarme allá la Universidad que quisiera, asegurarme, cuidar de mí y dejarme ir cuando quisiera. Era una oferta generosa, con mucho a favor y pocas condiciones. Me quedé helada y no pude contestar.

Creía que una cosa era la prostitución, coger con alguien un rato y punto, pero ¿renunciar a todo, venderme de plano? Pertenecerle ya era otro boleto. Me dio dos semanas para pensarlo.

Pero ya te dije, estaba enamorada y creía con certeza que la persona con quien estaba era mi príncipe azul. Para cuando el príncipe se volvió sapo ya ni pensaba en el alemán. Hacía rato que ese barco había zarpado. Le dije que no en una despedida cariñosa y triste. Él realmente quería que me fuera a Alemania y yo sabía, sin admitirlo, que habría sido muy inteligente, pero no lo hice.

Pasó el tiempo, se desarrolló mi historia y las decisiones que fui tomando me trajeron, para bien o para mal al lugar donde estoy ahora. Soy feliz y no me quejo, pero cuando algo me recuerda a Franz, mi alemán adorable, no puedo evitar dudar y preguntarme: ¿Y si hubiera…?

 

Hasta el jueves

Lulú Petite 

 

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