De momentos

Me empalo hasta el fondo e intento quedarme unos segundos quieta para acostumbrarme a tenerle dentro, pero empieza a moverse de manera algo frenética. El anciano gime...
Lulú Petite
19/08/2014 - 03:00

Querido diario: 

—Buenas tardes, le digo al hombre que me abre la puerta.

—Buenas, responde serio.

Es un anciano delgado, casi calvo, de tupidas cejas grises, lentes de pasta negra y una barba de piocha blanca. Viste una camisa blanca de manga corta y un pantalón verde militar fajado arriba del ombligo y sostenido por unos tirantes. Tiene brazos muy delgados, tapizados de canas y ojos grandes y saltones, como de rana. Parece buena persona.

—Si quieres ponerte cómoda, pasa allí —dice señalando el baño con su voz rasposa—, aquí te espero.

Salgo sólo con lencería y tacones. El maquillaje, desde luego, recién retocado. Él me espera recostado en la cama, con una camiseta sin mangas, calzones largos de rayas y calcetines de esos muy apretados, buenos para la circulación.

Me subo sobre él a cuatro patas y me aferra la mandíbula para que me acerque. Deslizo mi mano por su vientre mientras me besa. No lo hace del todo mal. Su barba blanca me raspa pero, aparte de ella, no parece haber mucho más pelo.

—Eres una niña lista, me susurra cuando acaricio su miembro, que no parece tener la menor intención de ponerse duro. No soy fácil de despertar, niña, espero que tengas suerte —conque problemas de erección,  me lo había esperado de un cliente de su edad.

Intento la táctica más habitual, que suele dar buenos resultados; básicamente, me quito el brasier de un gesto, lo tiro sin mirar dónde y le planto mis pechos en la cara.

Lleno de alegría, abre la boca para acogerlos, besa, lame, chupa. Mientras tanto, lo masturbo despacio, arriba y abajo con mi mano, gustoso él me soba las tetas. No lo hace con especial atención a mi disfrute, sino al suyo, pero es lo habitual. Gimo un poco; suele gustarles. Al cabo de unos minutos se nota que ha funcionado; la punta de su pene erecto empieza a brillar con las primeras gotas de líquido preseminal, y yo sigo pacientemente, acariciando sus testículos con la otra mano con cierta dificultad de maniobra para que él siga teniendo acceso fácil a mis senos.

Cuando decide que ya está listo para penetrarme, me ordena sin mucha educación que me aparte. Supongo que quiere ir encima, y supongo mal: se limita a moverse con esfuerzo y a posicionarse en el centro de la cama, y luego se señala el pene como si yo estuviera tardando en hacer lo que se espera de mí.

Así pues, sin pena ni gloria, vuelvo a ponerme sobre él y, tras colocarle el condón no con la boca, como es habitual para mí, sino con la mano (porque había calificado el sexo oral como algo sucio), guío su miembro de tamaño medio con precaución hasta mi abertura.

Eleva trabajosamente las caderas para ayudar. Me empalo hasta el fondo e intento quedarme unos segundos quieta para acostumbrarme a tenerle dentro, pero empieza a moverse de manera algo frenética. El anciano gime. Tenso mi interior para darle mayor placer. Apoya las manos, blancas y venosas, en mis caderas bronceadas, y empiezo a moverme más rápido, con un vaivén de caderas que aprendí hacía ya años y que por lo general vuelve mantequilla los cerebros de los hombres. Funciona.

—¡Ah, niña! jadea. El rostro se le congestiona por la actividad. Acelero el ritmo un poco más, elevando el volumen de mis gemidos. Y de repente, se viene.

Lo sé con el espasmo de su miembro dentro de mí, con las manos que caen inertes a ambos lados, con la exhalación que le desinfla como un globo. Apuro su clímax con unos últimos movimientos circulares. Cuando lo considera suficiente, me ordena que me aparte con un gesto.

Suspirando, me tumbo a su lado. Se queda ahí, recuperando el aliento perdido en un esfuerzo físico que apenas si ha realizado.

Nos quedamos unos segundos tendidos, sin decir nada. De pronto, se levanta en silencio, sus ojos están rojos y llorosos.

—Gracias,  me dice y comienza a vestirse con exagerada prisa. Trato de decir algo, pero me hace una seña con la mano, pidiéndome que calle, como si no quisiera platicar, como si le urgiera escapar. “Gracias”, dice de nuevo antes de salir casi corriendo de la habitación y dejarme semidesnuda y desconcertada.

Así es este negocio. Las personas a quienes atendemos traen a cuestas su maletita de problemas, de gustos, de méritos y de broncas. Son seres humanos con complejas historias de vida, con quienes comparto un rato muy íntimo, su sexualidad, pero a veces es difícil saber qué hay más allá.

No sé qué tendría aquel hombre, pudo ser desde sentimiento de culpa hasta algo mucho más profundo. No lo sabré, pero espero al menos que la haya pasado bien. También de eso se trata esto, de disfrutar el momento. Después de todo, la vida es eso, una consecución de momentos y nuestro deber es hacer felices y memorables la mayor parte de ellos.

Hasta el jueves

Lulú Petite

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