“¿Será que tengo mucha suerte?”, por Lulú Petite

Lulú se lleva una grata sorpresa durante su estancia en la capital de Michoacán
Lulú Petite
19/03/2015 - 04:30

Querido diario:  Imagínate la impresión cuando entras a una habitación y te topas con que el cliente es una mole gigantesca de casi dos metros, espalda ancha y manos enormes. Todo en él es tremendo, como un refrigerador industrial.

Pues así es el gigante que me abrió la puerta en la habitación 8 de un motel en Morelia. Con mi tamaño compacto y el suyo de tiranosaurio, al parecer le llego a algún lugar entre el pecho y el ombligo. Le doy la mano y él se agacha para darme un beso en la mejilla.

Tiene la piel exageradamente blanca, la cabeza rapada, la cara cuadrada, mandíbula de tiburón y una mirada azul y profunda. Tiene varios tatuajes, hechos por un buen artista, el más visible es una calavera en el brazo.

Paso a la habitación y, junto con mi paga, me da un beso suave en los labios. Como una reacción a su beso me agarro de sus brazos musculosos, además huele rico. Es un hombre muy sexoso.

Conversamos un rato, sentados a la orilla de la cama. Es empresario y está en Morelia por casualidad, en visita de negocios. Le va bien y es un espíritu rebelde. Me cuenta de sus tatuajes y de sus proyectos antes de acercarse y regalarme otro beso suave que va subiendo de tono. Como si fuéramos dos amantes que hace mucho no se ven, nos comemos nuestros labios y acariciamos nuestros cuerpos. El tipo besa espléndidamente.

Nos recostamos. Me tiene con la espalda contra el colchón, él a un lado mío, con su torso sobre mi cuerpo para besarme a su antojo, profundamente.

Me cuelgo de su cuello y acaricio su cráneo, rapado para disimular una calvicie que de todos modos es evidente, especialmente porque se le siente una especie de lija de cabello en sienes y nuca, pero frente y coronilla lucen limpios y tersos, como nalgas de bebé. El beso, sin sofocar, ha durado más de lo habitual y sus caricias bravas y precisas me han hecho comenzar a lubricar. Lo disfruto mucho.

Hace poco un cliente me preguntó si tengo mucha suerte o por qué siempre cuento anécdotas sobre lo bien que me cogen perfectos desconocidos. En principio le contesté que no todos eran perfectos y que en éste, como en todos los negocios, hay clientes difíciles. Ya la semana pasada conté sobre algunos de ellos. Aun así, primero, prefiero escoger de lo que me pasa en la semana las dos mejores cosas para contarlas aquí, por eso casi siempre son buenas noticias. Segundo, creo que es normal que los clientes me traten bien.

Una persona que paga lo que yo cobro por una hora de compañía no sólo compra sexo. Generalmente es gente educada, con buena conversación y saben que la clave para que les haga pasar un muy buen rato, es que ellos me lo hagan pasar también a mí, como si fuera su novia. Si así se portan, así me porto yo también. Dando miel, reciben miel.

Y es que el servicio “escort” no se trata solamente de sexo. No es un asunto de meterse a la cama y coger como en otras vertientes de este oficio, el servicio escort es un asunto más emocional, donde el cliente no paga tanto por el contacto físico, como por esa suerte de intimidad que lograría con una pareja. La “experiencia tipo novios” o, como dicen los gringos, “girlfriend experience”.

En estos casos, lo que ofrecemos en el servicio escort es una hora de conversación, intimidad y sexo, en la que la relación va mucho más allá del coito. Además del sexo, aprovechas el tiempo con el cliente en la construcción de afinidades y empatías, de modo que a la hora del amor, la experiencia es más profunda y emocional.

Yo insisto en que es una terapia que da muy buenos resultados. Compartir oídos, besos, caricias y algo parecidísimo al amor, con una mujer joven y bella, mejora mucho  la autoestima y en algún sentido ayuda a superar episodios de depresión. Los clientes salen contentos, con la fantasía de un noviazgo que, fuera de este rollo, les sería muy difícil sostener. Créeme que una terapia de trenzar piernas y besos en la cama puede tener mejores efectos que muchas horas en el diván de un psicólogo.

Al quitarse la camisa revela más tatuajes en pecho y espalda. El hombre es un pergamino. Me desnuda despacio, besando en cada momento la piel que va descubriendo. Mi boca, mi cuello, mis hombros, mis brazos. Lame mis senos con entusiasmo, los estruja mientras come mis pezones y cuando mete la lengua en mi ombligo. Me levanta salvajemente para quitarme los calzones y clavar su cara entre mis piernas, devorar mi sexo. Es bueno con la lengua.

Me encanta verlo, gigantesco, fuerte, brutal, apasionado, pero tratándome con una deliciosa delicadeza salvaje, de esas que hacen del sexo una delicia. Entonces me hago la misma pregunta que mi cliente me lanzó hace unos días: ¿Será que tengo mucha suerte?

Toma un condón del buró y se lo pone en la erección que se levanta potente y lista para penetrarme. Alza una de mis piernas, se la pone en el hombro y me clava su miembro hasta el fondo. Yo grito, entre el dolor y el placer. Un cliente espléndido sin duda.

Hasta el martes

Lulú Petite

 

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